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Pobreza no es igual a delincuencia


En la Encuesta Nacional de Niveles de Vida (ENV), la línea de pobreza se define en función del consumo mínimo alimenticio requerido por las personas, más el consumo de bienes y servicios esenciales, como vivienda, transporte, educación, salud, vestuario y mantenimiento del hogar.
La Línea de Pobreza General se define como el nivel de gasto anual por persona en alimentos para satisfacer los requerimientos mínimos calóricos diarios (línea de pobreza extrema), más un monto adicional para cubrir el consumo de servicios y bienes no alimenticios esenciales como vivienda, transporte, educación, salud, vestuario y los de uso cotidiano en el hogar.
El valor de la línea de pobreza general se estimó en un nivel de consumo de B/. 905 al año por persona; es decir B/. 75 al mes per cápita. Los individuos con un nivel de consumo por debajo de este valor se consideran pobres.
La intensidad de la pobreza, o sea la medida de qué tan pobres son los pobres, es mayor en las áreas indígenas y rurales. En la zona urbana, la proporción de personas pobres es de 15.3%, siendo muy pequeña la proporción en extrema pobreza.
En las áreas rurales, incluidas las indígenas, la incidencia de la pobreza es de 64.9%; observándose que en la población rural no indígena es de 58.7% y que la pobreza es alarmante en las zonas indígenas en donde el 95.4% de las personas viven en condiciones de pobreza, encontrándose el 86.4% en pobreza extrema.
El cuadro planteado anteriormente nos lleva a pensar que de existir una relación directa entre pobreza y delincuencia, la mayor incidencia de delitos cometidos se deberían estar dando en las áreas rurales e indígenas. Pero ocurre todo lo contrario, ya que de alguna forma los valores y costumbres tradicionales al parecer actúan como muros contenedores, aunque algunas veces actos violentos como el suicidio sorprenden los registros en comparación con los que suceden en las urbes.
Aunque parezca contradictorio, pero lógico por su concentración poblacional, los hechos delictivos o la violencia que se vive en el país se dan en la ciudad capital donde los más expuestos son los sectores populares. Barrios como Curundú, El Chorrillo, Barraza, el casco antiguo de la ciudad, sectores de San Miguelito y la ciudad de Colón, que a pesar de vivir en una constante violencia institucional promovida por el abandono y la desidia gubernamental, gran parte de sus habitantes lucha por mantener una vida sana y respetable. A pesar de eso, constantemente vemos como quienes residen en los mismos son expuestos y acosados por las autoridades que dirigen con toda su fuerza operativos en busca de armas, drogas y delincuentes. Nacer y crecer en un barrio popular en un sistema como en el que vivimos los panameños, de una u otra forma, nos marca; muchas veces de eso dependen las oportunidades que se nos pueden presentar en la vida. Sólo aquellos que sabemos lo que es la vida en un cuarto, el baño, servicio y cocina pública, hemos sentido esa marginación que muchas veces intenta pasar disimulada, por lo que el hecho de ser pobre nos acerca a ser percibidos como delincuentes.
El color de la piel, el apellido, la subcultura que se opta son suficientes para que la autoridad se considere dispuesta a interrumpir nuestro transitar. Esto no ocurre en los barrios clase mediera o alta, pues la intromisión en el espacio individual, público y privado, en esos casos, puede acarrear graves consecuencias.
Aunque pobreza no es igual a delincuencia, siguen los operativos "mano dura" que alcanzan a muchos inocentes; siguen las violaciones contra ciudadanos decentes que por ser estigmatizados, son retenidos por la autoridad al considerárseles presuntos sospechosos. Pobreza no es igual a delincuencia porque muchos nos hemos superado honradamente logrando un cambio en nuestra condición de vida, y otros que aún se mantienen en los barrios luchan a diario abrazados a sus valores por no caer ni verse atrapados en los tentáculos de quienes son verdaderos delincuentes, los de "saco y corbata" que viven entre muros y pisos donde los operativos ni sueñan con llegar.

101 años de Panamá América

 
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