Pobreza y estabilidad democrática
En el escrito inmediatamente anterior, terminaba con una referencia a la relación, a mi juicio indisoluble, que existe entre la superación de la pobreza crítica y la estabilidad de los regímenes democráticos. Bajo un verdadero sistema democrático se concretan, por ejemplo, y de forma casi inmediata, los derechos civiles y políticos, en los términos que los estatuyen la Declaración Americana de los Derechos Humanos y la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Pero no ocurre igual con la pobreza crítica, pues ni siquiera en el largo plazo está garantizado que por la sola existencia de la democracia, los pueblos que la padecen puedan superar la pobreza crítica o alcanzar el desarrollo sostenible.
La democracia es, sin duda alguna, el sistema político que ofrece las mejores oportunidades para alcanzar el desarrollo. Por consiguiente, cuantos esfuerzos y acciones emprendamos para asegurar su permanencia son contribuciones correctamente encaminadas a producir las condiciones que permitan superar el subdesarrollo.
Para afianzar la democracia no sólo basta con que tengamos la voluntad de vivir bajo este sistema. También es necesario superar las amenazas y factores que pueden desestabilizarla.
Todavía en tiempos relativamente recientes la principal amenaza contra las democracias provenía de los desorbitados apetitos de poder y de riqueza de los cabecillas militares. Sólo baste recordar que así como América es hoy, casi absolutamente, tierra de democracias también lo fue de dictaduras.
La posibilidad de intentos dictatoriales, aunque no puede reputarse como inexistente, es bastante remota. La principal amenaza contra la estabilidad de las democracias americanas no proviene de los cuartelazos, sino de la capacidad de los gobiernos democráticos para dar las respuestas que reclaman los pueblos. Para las masas cada vez mayores que viven en la pobreza crítica muy poco significado tienen los valores de la democracia si el alimento sigue escaseando en sus hogares o sus hijos son diezmados por las enfermedades.
En la reciente Cumbre de las Américas, los Jefes de Estado instruyeron a los cancilleres para que, con ocasión de la próxima Asamblea General de la OEA, preparen una Carta Democrática Interamericana que refuerce los instrumentos interamericanos destinados a promover y fortalecer la democracia. Y actualmente el Consejo Permanente de la Organización adelanta la preparación de un borrador para la consideración de los ministros de Relaciones Exteriores.
La aprobación de una Carta Democrática Interamericana, sea que esta se haga durante la próxima asamblea de la OEA o en un momento posterior cuando se superen las preocupaciones expresadas por algunos países sobre sus alcances específicos o el método idóneo para su adopción, por cuanto en ella se abordarían aspectos normados en la Carta de la OEA, es trascendental, pero igualmente lo es la renovación de los compromisos asumidos por los Estados Miembros del Sistema Interamericano para avanzar hacia la erradicación de la pobreza crítica.
No hay que olvidar que es la propia Carta de la OEA la que de manera rotunda declara que "la eliminación de la pobreza crítica es parte esencial de la promoción y consolidación de la democracia representativa y constituye responsabilidad común y compartida de los Estados Americanos".
La vigencia de la democracia depende, en gran medida, de que adoptemos salvaguardas jurídicas para defenderla, pero, sobre todo, de que nos empeñemos con igual ahínco para asegurar la efectividad de sus resultados en beneficio de nuestras poblaciones marginadas.
La democracia es, sin duda alguna, el sistema político que ofrece las mejores oportunidades para alcanzar el desarrollo. Por consiguiente, cuantos esfuerzos y acciones emprendamos para asegurar su permanencia son contribuciones correctamente encaminadas a producir las condiciones que permitan superar el subdesarrollo.
Para afianzar la democracia no sólo basta con que tengamos la voluntad de vivir bajo este sistema. También es necesario superar las amenazas y factores que pueden desestabilizarla.
Todavía en tiempos relativamente recientes la principal amenaza contra las democracias provenía de los desorbitados apetitos de poder y de riqueza de los cabecillas militares. Sólo baste recordar que así como América es hoy, casi absolutamente, tierra de democracias también lo fue de dictaduras.
La posibilidad de intentos dictatoriales, aunque no puede reputarse como inexistente, es bastante remota. La principal amenaza contra la estabilidad de las democracias americanas no proviene de los cuartelazos, sino de la capacidad de los gobiernos democráticos para dar las respuestas que reclaman los pueblos. Para las masas cada vez mayores que viven en la pobreza crítica muy poco significado tienen los valores de la democracia si el alimento sigue escaseando en sus hogares o sus hijos son diezmados por las enfermedades.
En la reciente Cumbre de las Américas, los Jefes de Estado instruyeron a los cancilleres para que, con ocasión de la próxima Asamblea General de la OEA, preparen una Carta Democrática Interamericana que refuerce los instrumentos interamericanos destinados a promover y fortalecer la democracia. Y actualmente el Consejo Permanente de la Organización adelanta la preparación de un borrador para la consideración de los ministros de Relaciones Exteriores.
La aprobación de una Carta Democrática Interamericana, sea que esta se haga durante la próxima asamblea de la OEA o en un momento posterior cuando se superen las preocupaciones expresadas por algunos países sobre sus alcances específicos o el método idóneo para su adopción, por cuanto en ella se abordarían aspectos normados en la Carta de la OEA, es trascendental, pero igualmente lo es la renovación de los compromisos asumidos por los Estados Miembros del Sistema Interamericano para avanzar hacia la erradicación de la pobreza crítica.
No hay que olvidar que es la propia Carta de la OEA la que de manera rotunda declara que "la eliminación de la pobreza crítica es parte esencial de la promoción y consolidación de la democracia representativa y constituye responsabilidad común y compartida de los Estados Americanos".
La vigencia de la democracia depende, en gran medida, de que adoptemos salvaguardas jurídicas para defenderla, pero, sobre todo, de que nos empeñemos con igual ahínco para asegurar la efectividad de sus resultados en beneficio de nuestras poblaciones marginadas.