Política: Entre el rostro y la palabra
La ética no se declara, ni se retrata, se practica. Quizás la periodo electoral no sea el más propicio para apreciar cómo los políticos se comportan con respeto hacia los demás, expresan sus pensamientos con sinceridad y prometen sólo aquello que realmente pueden cumplir.
No serán estos meses los más indicados para observar el comportamiento ético en la política, pero es ahora cuando hay que exigir con más urgencia un esfuerzo adicional para que todos los contendores se conduzcan con la mayor dignidad posible. Pues de lo contrario, el proceso político podría convertirse en un bazar de falsedades y mentiras, insultos y traiciones.
Hay que recordar que si bien es cierto que las elecciones se hacen para definir quiénes han de ocupar los cargos, las razones para que el electorado se defina por uno u otro candidato deben provenir de lo que representa el aspirante al cargo en materia de programas y políticas. Es decir, los rostros son espacios vacíos que deben llenar las palabras. Aunque algunos no sean capaces de producir más que un slogan que reproducirán en vallas y anuncios, de todos se espera un discurso de buenas razones para atraer votos. En el interés de la ciudadanía, los medios nos convertimos en cajas de resonancia de buenas ideas y proyectos creativos que promuevan los candidatos, pero si ellos se dedican a tirarse lodo, los medios no podrán sino registrar que hay una pelea de lodo.