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Política urbanística para el Casco Viejo


Es un hecho que su desarrollo, en un momento pujante, se ha paralizado. Se había elaborado un plan maestro, con ayuda de urbanistas extranjeros, principalmente de España, cuyo primer paso fue obtener su reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad. Antes, se había requerido un trámite local, su inclusión como Patrimonio Histórico. Se le sujetó a una ley marco.
Todo cuanto se reformara y construyera en su entorno requería de un control riguroso, que procuraba mantener su valor cultural, restaurarlo y rescatarlo.
Una ley de incentivos fue su motor impulsor. Cuanta construcción se hiciera en el área, no pagaría impuestos, tampoco las rentas de los negocios que allí se instalaran. El auge fue tremendo. En dos décadas cobró vida. Las antiguas familias de "intramuros" retornaron a sus raíces, remodelaron caserones y apartamentos y se mudaron o alquilaron. Fue lugar favorito de la bohemia intelectual, del Festival de Jazz de Danilo Pérez, de los pequeños teatros, los exóticos restaurantes y discotecas, los café de media noche y del coctail a luz de la luna. El Casco Viejo vivía en ebullición, pleno de turistas y visitantes que evocaban la historia y los pasos de Estaban Huertas y Victoriano y la epopeya del Canal, por la Plaza de Francia y sus callejones de ladrillos.
Pues, se acabó. De pronto, como al toque de las doce de Cenicienta, cerraron los comercios, cesó la construcción y el turismo se marchó. La ruina ha retornado al lugar. El derrumbe del Arco Chato marcó el sitio de su lápida. Allí yacen sus restos.
El Hotel Decameron desistió de un proyecto, otro en el Club Unión fue rechazado. Los maleantes, piedreros, pordioseros y precaristas han vuelto. Sus calles son lúgubres y oscuras. La vigilancia es nula y la seguridad se deteriora. El Gobierno de Torrijos marcó su sino final. Ha dispuesto construir en su área unas barracas populares. Es como cuando Escipión ordenó destruir a Cartago desde sus cimientos y arar con sal su tierra para convertirla en desierto.
Es un disparate. Como joya turística y de desarrollo, debe seguir el modelo de Cartagena, El Viejo San Juan y Santo Domingo. Hay que ampliarlo hacia Santa Ana y El Chorrillo, indemnizando a quien fuera necesario, no a la inversa, trayendo El Chorrillo al Casco Viejo. Pero aquí hacen las cosas al revés. Hay que redefinirle una política de desarrollo urbanístico. O lo convertimos en una gigantesca casa de inquilinato o rescatamos su riqueza colonial.

101 años de Panamá América

 
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