Política vs poses de fuerza
Se sabe que la política es el arte de hacer posible lo necesario, y que antes de asumir tal o cual posición se miden las posibilidades, no solo teóricas, sino, sobre todo, prácticas, considerando las fuerzas que aportan los componentes de un escenario políticamente determinado.
En principio la huelga de educadores comenzó como una propuesta reivindicativa, pasando luego a una medición de fuerzas con el Estado, cerrando las puertas a toda posibilidad de solución temprana, más aun cuando la contraparte, es decir el Estado, pasó de los cincuenta balboas inicialmente propuestos a los sesenta y cinco y luego a los noventa balboas en que se detuvo el proceso negociador. Y si es eso, un proceso negociador, donde las partes están dispuestas a poner y a deponer, a hacer concesiones, además de lo propuesto por el gobierno, qué es lo que aportaron los educadores.
Tal comportamiento en la dirección magisterial es lo que lleva a preguntarse qué es lo que realmente buscaban quienes estuvieron detrás de la huelga. Si un número considerable de educadores optó por respaldar la huelga fue porque creyó que su dirección había contemplado y calculado las posibilidades de triunfo, no las de un desgaste que podría dejar a los propios educadores sin conquista alguna.
Al final del camino, la huelga parcial, porque se supo y evidenció que no eran todos los educadores quienes la respaldaron, careció también de simpatías entre una opinión pública que en otro momento no dudó ni un segundo en dar su apoyo a quienes tienen la responsabilidad de forjar a los futuros dirigente del país.
El arte de la política no consiste en liquidar hasta el último de los cartuchos con que se cuente sino en saber cuándo terminar, cuándo se ha conquistado lo políticamente posible, y cuánta fuerza preservas para nuevas batallas. Así como concluyó la huelga educativa, es dudoso que el movimiento magisterial guarde energía para nuevos retos.
En principio la huelga de educadores comenzó como una propuesta reivindicativa, pasando luego a una medición de fuerzas con el Estado, cerrando las puertas a toda posibilidad de solución temprana, más aun cuando la contraparte, es decir el Estado, pasó de los cincuenta balboas inicialmente propuestos a los sesenta y cinco y luego a los noventa balboas en que se detuvo el proceso negociador. Y si es eso, un proceso negociador, donde las partes están dispuestas a poner y a deponer, a hacer concesiones, además de lo propuesto por el gobierno, qué es lo que aportaron los educadores.
Tal comportamiento en la dirección magisterial es lo que lleva a preguntarse qué es lo que realmente buscaban quienes estuvieron detrás de la huelga. Si un número considerable de educadores optó por respaldar la huelga fue porque creyó que su dirección había contemplado y calculado las posibilidades de triunfo, no las de un desgaste que podría dejar a los propios educadores sin conquista alguna.
Al final del camino, la huelga parcial, porque se supo y evidenció que no eran todos los educadores quienes la respaldaron, careció también de simpatías entre una opinión pública que en otro momento no dudó ni un segundo en dar su apoyo a quienes tienen la responsabilidad de forjar a los futuros dirigente del país.
El arte de la política no consiste en liquidar hasta el último de los cartuchos con que se cuente sino en saber cuándo terminar, cuándo se ha conquistado lo políticamente posible, y cuánta fuerza preservas para nuevas batallas. Así como concluyó la huelga educativa, es dudoso que el movimiento magisterial guarde energía para nuevos retos.