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Política y elecciones


La proximidad del día en que se despejarán las incógnitas electorales promueve algunos apuntes con respecto a la disputa electoral que se inició unos cuantos meses antes de terminar el año pasado, porque ciertas personas se adelantaron al formular ante el público sus aspiraciones presidenciales o legislativas.
Se ha profundizado, en esta ocasión, la tendencia carnavalesca o carnestoléndica, lo que ha formado un paisaje tripartito en cuanto al espectáculo, pues primero tuvimos el carnaval Centenario (o el Centenario carnestoléndico). Después vino el carnaval señalado por el calendario, en el mes de febrero último, que siempre es lo acostumbrado en la materia, entre Calle Arriba y Calle Abajo. Y en tercer escalón ha estado el carnaval eleccionario que tiene sus bemoles.
Observamos un signo de progreso en este último, ya que la murga electrónica ha reemplazado a la murga tradicional, formada ésta por un cantante, una trompeta y uno o dos instrumentos adicionales, más un truck escandaloso para circular por nuestra alegre y confiada ciudad, en donde los crímenes al estilo sicario, los robos a la luz del día, el exceso juvenil, la delincuencia, la inseguridad ciudadana, han disminuido su ocurrencia. Parece que la murga electrónica es la causa de tales disminuciones. Esta última resulta estruendosa, con los modernos aparatos, fácilmente transportables a ciertos cruces estratégicos de calles en las tardes veraniegas. El personal asistente es predominantemente de jóvenes, hombres y mujeres, estas últimas en blusa corta, pantalones bajos y ombligo a la vista. Único signo de avance y modernización.
Desde otro ángulo, los debates televisados de cansados duelos presidenciales han sido bastante pobres, y los protagonistas han escurrido el bulto a causa de su facundia oratoria, su evasiva ante los problemas nacionales y su afán de paseos callejeros para dar la mano al pueblo y darse un recíproco y pasajero ósculo de factura electoral con damas jóvenes y algunas nada jóvenes. De todos modos esta búsqueda algo pasiva del voto (algún candidato dijo hacerlo usando los zapatos del pueblo, una metáfora original, pero no muy elegante) será superada por la tradición popular panameña, que encuentra en el acto de votar una emoción que le complace, tal vez porque el espectáculo sólo se produce quinquenalmente y con la exclusiva mecánica popular.
Ha estado ausente, por completo, como es usual, el ingrediente ideológico, porque la partidocracia dominante desde hace unos diez años resulta enemiga de la problemática intelectual, lo que produce en las elecciones nacionales un vacío realmente lamentable, ya que la maquinaria social sin la gasolina de una serie de postulados ideológicos y planteamientos de problemas nacionales, es como un automóvil con escaso combustible que adelanta muy poco y termina por detener su marcha, quedando varado en la aridez de las arengas o en un atajo de desprestigio y claudicación.
Pero lo más característico del presente carnaval eleccionario ha sido un torno de falso optimismo propagandístico, como si todo el mundo creyera que la problemática del país tendrá solución desde el mismo instante en que el triunfador electoral sea anunciado falsedad que es producto flotante del bombardeo propagandero que hemos padecido en las últimas ocho semanas.
¿Cuál es el verdadero porvenir que los partidos políticos existentes le tienen deparado a nuestro pueblo? La respuesta no es difícil, porque está a la vista la realidad de la política panameña, si reducimos el lente de observación, desde la invasión norteamericana (1989) hasta la fecha. Es decir, la actuación de todos los partidos vigentes de modo legal está pregonando que la chapucería permanente de la mal llamada "clase política" (que no es clase y tampoco es política, sino conjunto de conocidas fracciones oligárquico-plutocráticas), seguirá imperando en Panamá, a menos que fuerzas colectivas nuevas se levanten, como una suerte de ave fénix, hasta hoy inéditas hacia fuera, pero reales a lo interno del panorama nacional; se amalgamen y se decidan a una actuación que despliegue, paradójicamente, todo lo que hasta ahora nos ha faltado, en gran parte, como nación y como pueblo: una lucha permanente para que en nuestra sociedad impere la justicia social que tanto necesitamos, a fin de que todo nuestro pueblo, sin excepciones y sin exclusiones, perciba su parte de una riqueza nacional que provenga de nuestro propio trabajo y que cada nacional o habitante contribuya a su facturación y a su reparto equitativo. Parece una quimera, pero sería una realidad si una cuarta parte del pueblo nos dedicáramos honestamente a construirla, porque convenceríamos a los demás de que no hay otro camino.

101 años de Panamá América

 
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