Políticos, mundo de locos
Clientelismo, nepotismo, estatismo, es la sociedad que le vendemos a nuestros hijos. Vivir del Estado es más rentable, y no lo contrario; subyace como creencia en las profundas aguas de la conciencia. Esta es una tendencia que tenemos todos, políticos, apolíticos, izquierdistas, derechistas, neoliberales, no neoliberales. Y es que los políticos latinos no son ni más ni menos corruptos que las sociedades en las que actúan; aquí no hay víctimas ni victimarios, sino una triste situación de complicidades en el que los méritos personales suelen tener menos calado que los enchufes y las palancas.
Esta perversa tendencia de vivir del Estado, de manera directa o indirecta, está incrustada en la psique del político y sus seguidores. Este comportamiento nefasto envilece el aparato de gobierno hasta hacerlo prácticamente inservible, y la palabra servidor público se sustituye por vividor público. El problema no es neoliberalismo, este es sólo un modelo económico, que como en todos los países de Latinoamérica, se acomoda a la cultura, en la que se mantienen ciertas conductas poco provechosas y perniciosas. Y es que, de qué sirve que hablemos de neoliberalismo, si tres monopolios dominan gran parte de la economía: el de las comunicaciones (telefonía), el del transporte (la terminal) y el del combustible. Liberar la economía consiste en abrir el mercado a la competencia para que se ofrezca productos de mayor calidad y de menos costos, no garantizarlo por obra y gracia de Dios a un grupo minúsculo justificados en la seguridad jurídica, cosa que tiene mucho que ver con decisiones donde la influencia política juega su rol. Este es mundo de locos, porque todos dicen mucho y no dicen nada; hoy hablamos mal del gobierno, mañana nos beneficiamos de él.
La esencia de las cosas es que el mundo social y político que nos rodea es producto de un proceso evolutivo de aprendizaje, desde la formación de las repúblicas, atravesando por el poder y dominio de los militares hasta nuestros días, de forma tal que muchas conductas anómalas (como saquear el Estado) se fueron normalizando convirtiéndose en una cultura viviente de la cual a muchos le cuesta desprenderse. Imagínense a un político honesto e inteligente que no ofrece colocaciones ni privilegios tanto para persona, como para empresas, sino una administración pública basada en el mérito y el concurso con salarios razonables y justos. Tal vez lo tildarían de loco o ingenuo. O siendo más concisos dígale a un embajador que gana 10,000 que ahora ganará 5,000, esto es prácticamente un sacrilegio o una bofetada al buen sentido común, pues la cantidad de trabajo y la eficiencia de éstos es inagotable y este emolumento es más que justificable.
Esta perversa tendencia de vivir del Estado, de manera directa o indirecta, está incrustada en la psique del político y sus seguidores. Este comportamiento nefasto envilece el aparato de gobierno hasta hacerlo prácticamente inservible, y la palabra servidor público se sustituye por vividor público. El problema no es neoliberalismo, este es sólo un modelo económico, que como en todos los países de Latinoamérica, se acomoda a la cultura, en la que se mantienen ciertas conductas poco provechosas y perniciosas. Y es que, de qué sirve que hablemos de neoliberalismo, si tres monopolios dominan gran parte de la economía: el de las comunicaciones (telefonía), el del transporte (la terminal) y el del combustible. Liberar la economía consiste en abrir el mercado a la competencia para que se ofrezca productos de mayor calidad y de menos costos, no garantizarlo por obra y gracia de Dios a un grupo minúsculo justificados en la seguridad jurídica, cosa que tiene mucho que ver con decisiones donde la influencia política juega su rol. Este es mundo de locos, porque todos dicen mucho y no dicen nada; hoy hablamos mal del gobierno, mañana nos beneficiamos de él.
La esencia de las cosas es que el mundo social y político que nos rodea es producto de un proceso evolutivo de aprendizaje, desde la formación de las repúblicas, atravesando por el poder y dominio de los militares hasta nuestros días, de forma tal que muchas conductas anómalas (como saquear el Estado) se fueron normalizando convirtiéndose en una cultura viviente de la cual a muchos le cuesta desprenderse. Imagínense a un político honesto e inteligente que no ofrece colocaciones ni privilegios tanto para persona, como para empresas, sino una administración pública basada en el mérito y el concurso con salarios razonables y justos. Tal vez lo tildarían de loco o ingenuo. O siendo más concisos dígale a un embajador que gana 10,000 que ahora ganará 5,000, esto es prácticamente un sacrilegio o una bofetada al buen sentido común, pues la cantidad de trabajo y la eficiencia de éstos es inagotable y este emolumento es más que justificable.