Populismo y paternalismo
Hace unos días conversaba con una persona a quien quiero mucho y ella me comentaba que antes las familias pobres vivían y comían como mejor pudieran; los viejos trabajaban y mantenían a sus hijos y su mujer. Me decía que ahora el Gobierno regala bolsas de comida, cosa que no es potestativo de él, porque esta costumbre negativa viene de otras administraciones. Hablábamos sobre la forma en que los panameños nos hemos acostumbrado a que nos den todo sin tener idea de cómo se consiguen, los esfuerzos que cuestan lograrlo y el valor de lo que conseguimos.
Esto es lo que llamamos paternalismo, sistema que heredamos del militarismo y que les era necesario para mantener en silencio a la gente y conseguir, así, el apoyo para un gobierno que no gozó de popularidad al principio. Fue así como se les dio prebendas a los trabajadores en el Código de Trabajo; fue así como le enseñaron a los pobres que ellos tenían derechos por el sólo hecho de ser pobres y no por ser panameños, por ser seres humanos. Les enseñaron que ellos eran pobres por culpa de los ricos y, por lo tanto, tenían que odiarlos en vez de mostrarles la conveniencia de trabajar honradamente para igualar la posición de los otros y salir de la pobreza viviendo dignamente.
Es peligroso el populismo que quieren imitar algunos sectores del actual gobierno porque, quieran o no, las fuentes de trabajo son las que dan posibilidades a los pobres. Si un rico construye un edificio que un pobre no puede hacer, se necesita tener presente que con la plata y con el riesgo del rico, se crean plazas de trabajo.
No podemos ignorar también que los políticos cometemos el error de prometer durante las campañas electoreras, digo, electorales, que después no podemos cumplir. Aquéllos que creen en nuestras promesas, se desilusionan ante la falta de cumplimiento y la gente habla mal de los políticos y los partidos, a tal extremo que éstos han llegado a debilitarse en tal forma que no tienen ya, la importancia que anteriormente tenían.
Mientras esto sucede, la sociedad civil no cree en los políticos. Ya no vemos la fortaleza de los partidos ante la formación de los gobiernos, ante la planificación de los programas de gobierno, ante la presentación y aprobación de leyes. Esa debilidad es peligrosa, porque perdemos el terreno que habíamos ganado en tiempos pasados; porque la sociedad civil se contagia de los defectos de los políticos y los imita en muchas ocasiones para reflejar en los partidos su posición de falta de credibilidad y la pasividad que muchas veces muestran.
Un gobierno con grandes defectos es criticado por el pueblo; pero ese gobierno necesita que ese pueblo le preste o le regale ideas, innovaciones y no sólo críticas destructivas. Sin embargo, ese gobierno debe escuchar, no sólo oír; debe ver, no sólo mirar; debe participar de las inquietudes del pueblo y no ser sólo espectador; debe gobernar con el pueblo y no a espaldas de éste. Si el gobierno tiene voluntad de ayudar a dar una mejor vida a sus gobernados, ganará el apoyo de la gente. Gobernar no es encerrar las posibilidades en un pequeño grupo, sino ampliar las posibilidades para que beneficien a más gente.
No es con tendencias populistas, no es resaltando la pobreza de las personas ni la falta de alternativas como un gobierno alcanza una popularidad que le permita hacer leyes o tomar decisiones que sólo un presidente o una presidenta fuerte puede llevar a cabo. Si la popularidad de la actual gobernante y su carisma atrajeron tantos votos para llevarla a la Presidencia, ella debe aprovecharla para gobernar lindamente, con todas las oportunidades que está en condiciones de utilizar.
Ojalá que se enderecen algunas situaciones y los políticos reaccionemos antes que sea tarde.
Esto es lo que llamamos paternalismo, sistema que heredamos del militarismo y que les era necesario para mantener en silencio a la gente y conseguir, así, el apoyo para un gobierno que no gozó de popularidad al principio. Fue así como se les dio prebendas a los trabajadores en el Código de Trabajo; fue así como le enseñaron a los pobres que ellos tenían derechos por el sólo hecho de ser pobres y no por ser panameños, por ser seres humanos. Les enseñaron que ellos eran pobres por culpa de los ricos y, por lo tanto, tenían que odiarlos en vez de mostrarles la conveniencia de trabajar honradamente para igualar la posición de los otros y salir de la pobreza viviendo dignamente.
Es peligroso el populismo que quieren imitar algunos sectores del actual gobierno porque, quieran o no, las fuentes de trabajo son las que dan posibilidades a los pobres. Si un rico construye un edificio que un pobre no puede hacer, se necesita tener presente que con la plata y con el riesgo del rico, se crean plazas de trabajo.
No podemos ignorar también que los políticos cometemos el error de prometer durante las campañas electoreras, digo, electorales, que después no podemos cumplir. Aquéllos que creen en nuestras promesas, se desilusionan ante la falta de cumplimiento y la gente habla mal de los políticos y los partidos, a tal extremo que éstos han llegado a debilitarse en tal forma que no tienen ya, la importancia que anteriormente tenían.
Mientras esto sucede, la sociedad civil no cree en los políticos. Ya no vemos la fortaleza de los partidos ante la formación de los gobiernos, ante la planificación de los programas de gobierno, ante la presentación y aprobación de leyes. Esa debilidad es peligrosa, porque perdemos el terreno que habíamos ganado en tiempos pasados; porque la sociedad civil se contagia de los defectos de los políticos y los imita en muchas ocasiones para reflejar en los partidos su posición de falta de credibilidad y la pasividad que muchas veces muestran.
Un gobierno con grandes defectos es criticado por el pueblo; pero ese gobierno necesita que ese pueblo le preste o le regale ideas, innovaciones y no sólo críticas destructivas. Sin embargo, ese gobierno debe escuchar, no sólo oír; debe ver, no sólo mirar; debe participar de las inquietudes del pueblo y no ser sólo espectador; debe gobernar con el pueblo y no a espaldas de éste. Si el gobierno tiene voluntad de ayudar a dar una mejor vida a sus gobernados, ganará el apoyo de la gente. Gobernar no es encerrar las posibilidades en un pequeño grupo, sino ampliar las posibilidades para que beneficien a más gente.
No es con tendencias populistas, no es resaltando la pobreza de las personas ni la falta de alternativas como un gobierno alcanza una popularidad que le permita hacer leyes o tomar decisiones que sólo un presidente o una presidenta fuerte puede llevar a cabo. Si la popularidad de la actual gobernante y su carisma atrajeron tantos votos para llevarla a la Presidencia, ella debe aprovecharla para gobernar lindamente, con todas las oportunidades que está en condiciones de utilizar.
Ojalá que se enderecen algunas situaciones y los políticos reaccionemos antes que sea tarde.