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Por amor al amo


Hay libros de ciencia ficción que el tiempo acaba por convertir en realidad. Releyendo Un Mundo Feliz (bella pero traidora traducción de Brave New World) de Aldous Huxley (1932), llamó mi atención el siguiente comentario: ... "En el curso de la próxima generación, creo que los amos del mundo descubrirán que el condicionamiento infantil y la narco-hipnosis serán más eficaces como instrumento de gobierno que las cárceles y los garrotes, y que la avidez del poder puede satisfacerse tan cabalmente si mediante sugestión se hace que la gente logre amar su propia servidumbre".
Si meditamos lo que sucede con nuestra juventud, inmersa como está en los malos ejemplos, la poca educación, la falta de empleo, la pobreza, el alcohol y las drogas, esa cita nos revela -sutil ironía de nuestro tiempo- una nueva forma de esclavitud.
El desaparecido y casi olvidado Leopoldo Marechal, proclamó irónicamente, que la ironía era una de las formas de la caridad porque de ese modo es como los ángeles suelen comunicarse con los hombres. Agregó que no poca de las afirmaciones bíblicas son también alegorías irónicas que demuestran su enseñanza aplicando el sentido contrario de lo que en realidad significan, tal como en nuestro medio utiliza magistralmente el poeta César Young Núñez.
Hoy no existe niño por pobre que sea que no sepa de la existencia de un mundo hecho de imágenes, de espacio virtual y de juegos cibernéticos. Jóvenes que no pueden vivir fuera de la Internet. Son los que analistas de la Sociedad Interamericana de Prensa llaman "aborígenes digitales" para distinguirlos de los sesentones "analógicos" que la rechazan sistemáticamente y de los ocasionales "inmigrantes cibernéticos".
Contrario a la prensa escrita, que incita a la reflexión, la televisión es uno de los productos de la tecnología cuyo poder hipnótico es indiscutible. Pero la cantidad de programas de baja calidad y de mal gusto, donde tanto el buen decir como el respeto humano brillan por su ausencia, no hacen sino confirmar la esclavitud a la que nuestra juventud se halla sometida. Las desgraciadas consecuencias de esta seductora servidumbre tecnológica la leemos a diario en las páginas policiales de los periódicos.
Hasta en las grandes cadenas de noticias extranjeras, vemos como se manipulan intereses que solo buscan declarar su amor por el amo de turno y de paso, incrementar sus ganancias, tanto, como su rating. Existen en los distintos medios de comunicación social honrosas excepciones, pero son tan escasas y tan débiles que si alguno se atreviera a cruzar ese tenue límite, terminaría por hundirse en el abismo del anonimato o de la ruina económica.
En una economía global basada en el gasto en lugar del ahorro, no hay producto que no esté programado para incitar su venta, sea este necesario o prescindible, saludable o no. La manipulación de las encuestas en las campañas políticas y las pegajosas propagandas que ofrecen candidatos como si fueran productos comerciales son dos muestras palmarias de tal aserto. Los resultados del engaño mediático suelen ser tremendamente negativos, especialmente para las pseudo-democracias basadas en poner o quitar candidatos en cada elección, pues casi siempre se termina por comprar un artefacto inútil o por escoger un fiasco.
Es notorio en todo el continente, el generalizado desprestigio de partidos políticos y de candidatos y hasta del mismo sistema electoralista. Precisamente esto se debe a la desinformación que acarrea el engaño del cual ciertos medios de comunicación son copartícipes responsables por prestarse a distorsionar el juicio de quienes, en una democracia representativa detentan el poder real. El engaño al público -no ser lo que se dice y no hacer lo que se promete- es un irrespeto que provoca incredibilidad y frustración. Ambas terminan por abrir las compuertas de la violencia. Un hecho triste del cual en Panamá no estamos exentos.
En la corriente actual del pensamiento único, los simplistas no pueden distinguir entre la nobleza de los medios en pos de un fin que los legitime, del maquiavélico fin que los justifique, aunque dichos medios sean los de la tortura. Poniendo la carreta por delante, todavía añoran un líder a quien la sociedad siga como al flautista de Hamelin en lugar de fomentar una sociedad madura que se haga representar fielmente por sus autoridades electas y que sea partícipe activo del rumbo del Estado.
Es hora que la gente deje de amar al amo que la hipnotiza desde la pantalla fluorescente y vuelva a la inveterada costumbre de reunirse a dialogar, leer y opinar sobre los temas o los acontecimientos importantes para terminar discutiendo cabalmente los asuntos que en verdad le mortifican. También se debe protestar, pues es un derecho constitucional y una obligación ciudadana, pero debemos hacerlo con cordura. Como en el parque Santa Ana solían hacer nuestros líderes históricos: a punta de buena garganta y mejores ideas, opinando y reclamando cívicamente, con profundidad de pensamiento, sin "tranques" ni piedras.

101 años de Panamá América

 
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