Por culpa del maldito celo
Cada vez son más las mujeres que mueren en casos de violencia intrafamiliar a manos de hombres celosos y enfermos mentales, que no aceptan la realidad cuando se terminó el amor y se rompe con una relación.
Parece que el respeto por el derecho a la vida y la integridad física desde hace mucho tiempo se perdió. No se justifica por ningún motivo que un hombre le quite la vida a su pareja por los celos. Al ser humano hay que tratarlo como persona y no como un objeto de pertenencia, puesto que hay que quitarse de la mente la idea de que “sino eres para mí, no eres para nadie”.
En Panamá, se ha vuelto de moda, arrebatarle la vida a las mujeres que le dicen a su pareja: “hasta aquí llegó contigo, ya no te amo, ya no te quiero, chao contigo”.
Muchas, quizás lo hacen porque están cansadas y fastidiadas del maltrato físico y sicológico, situación que afecta el núcleo familiar de los panameños.
Sin embargo, existen casos y casos en la viña del Señor, porque otras féminas que dejan a los hombres por diversas circunstancias para buscarse a otros, lo cual no es aceptado y en muchas ocasiones mal visto por la sociedad, pero eso tampoco es motivo para que se les quiete la vida.
Muchas de estas mujeres han sido asesinadas al frente de sus hijos y familiares por los celos de sus cónyuges. No obstante, lo curioso del caso, es que hay panameñas que han puesto a las autoridades al tanto de sus problemas con denuncias, pero al momento de las agresiones de nada vale las boletas de conducción, ni de alejamiento.
A pesar de las campañas públicitarias que se han realizado para evitar el maltrato a las mujeres, los casos de violencia persisten en diversas regiones del país.
Pienso que es el momento de legislar en la materia para ver de que manera se puede proteger a las mujeres de la violencia intrafamiliar. También se deben incentivar los valores morales en la familia para que no ocurran estos hechos que lamentar.
¡Mujeres panameñas!, luchen por el derecho a la vida. No dejen que nadie les arrebate sus sueños y mucho menos la alegría de educar y ver crecer a sus hijos, el regalo más precioso que Dios nos ha dado.
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