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Por historia y por derecho


La política es mucho más complicada que la percepción que tiene el común de las personas. Estas, como en principio son sólo espectadores y, eventualmente, votantes pero no aspirantes a cargos de elección, no tienen que ceñirse a las mismas reglas de conducta que la actividad política impone a quienes aspiran a cargos de elección popular o tienen la responsabilidad de dirigir un partido.
El sistema electoral, en una democracia como la nuestra, tiene su punto central de apoyo en los partidos políticos. Si alguien aspira a ser presidente o presidenta, la primera realidad que debe tener presente es que para ser candidato o candidata se requiere contar con un partido que le postule. Y la segunda, es que ese partido debe tener suficiente arrastre para reunir los votos que aseguren el triunfo. El partido político es el eje del sistema. Por tanto, quien no tiene partido político, en términos beisboleros, no puede siquiera pararse en el cajón de bateadores.
Crear un partido político con posibilidades presidenciales es cosa más que seria, como han podido comprobar muchos aspirantes. En los anales de nuestra política pueden contarse por decenas las intentonas que han quedado a la vera del camino.
Si la historia política panameña se revisa con objetividad, hay que reconocer que el arnulfismo ha sido la fuerza electoral dominante. Bajo el liderazgo indiscutible del doctor Arnulfo Arias, desde su creación, sin importar los diferentes nombres que tuvo que adoptar, siempre fue mayoritaria y ganó aún sin concurrir a las elecciones con estandarte propio, como fue el caso de 1989. Esa condición la perdió momentáneamente en las elecciones de 1994, en las que su candidata obtuvo el 30% de los votos. Pero gracias al tesón de su nueva líder, doña Mireya Moscoso, y una campaña que comenzó prácticamente al día siguiente de esos comicios, y que recorrió el país hasta sus más recónditos villorrios, lograron la rotunda victoria electoral que la llevó al solio presidencial que merecidamente ocupa. No hay exageración alguna al afirmar que doña Mireya Moscoso construyó el nuevo y victorioso arnulfismo. La grandeza que alcanzó su partido se le debe a ella, y a quienes la siguieron con dedicación y lealtad. Dudo que alguien se atreva a regatearle ese mérito.
Dada la fuerza electoral con que cuenta el arnulfismo, no hay duda de que quien sea su candidato disputará, con todas las posibilidades de ganarlas, las próximas elecciones. De allí también por qué los verdaderos arnulfistas, y especialmente su líder, consideren su derecho y su deber que su candidato o candidata surja de entre quienes han hecho méritos dentro del partido con su lealtad y militancia. Injusto sería pedirles que procedan de otra manera.
En fechas recientes, a mi juicio de manera desorientada y desorientadora, se ha pretendido que el Partido Arnulfista cambie la que ha sido su línea histórica de conducta. Razón tiene su presidenta para rechazar esas pretensiones. La fuerza y la cohesión de su partido se debilitaría si sus miembros y simpatizantes fueran postergados para premiar conductas precisamente opuestas a los valores que les legó su líder y fundador.
(intercriminis_2@starmedia.com)

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