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Por la ética, el civismo y la cultura


En el Panamá de hoy en día vivimos una crisis de valores. Necesitamos a gritos un compromiso ético, es decir una moral consciente y pensada. También una práctica cívica, o sea una moral de convivencia en la comunidad, y además una vivencia cultural de esta ética y de este civismo, en otras palabras estilos de vida y de conducta que expresen y sostengan nuestros valores. Por ello, de diversas fuentes se toman iniciativas para responder a esta crisis.
Así por ejemplo, el Departamento de Filosofía de la Universidad de Panamá inició este año académico una nueva Licenciatura de Filosofía, tica y Valores, que busca preparar universitarios para el profesorado en las disciplinas afines del curriculum de nuestra educación secundaria y que por primera vez integra el estudio de la religión en la casa de Méndez Pereira. Por su parte, la Universidad Católica Santa María la Antigua ha iniciado un Programa de Postgrado en Estudios ticos "diseñado para contribuir a generar una cultura de paz a favor del respeto a la dignidad de la persona y de los mecanismos para promover, rescatar y defender la humanización de nuestra sociedad". A su manera ambos programas pretenden, como lo explica una publicación de la USMA, capacitar promotores en humanización en la nueva situación cultural de nuestra sociedad y de nuestro mundo, formar facilitadores para la educación en los valores éticos y preparar agentes que refuercen la organización, concienciación y divulgación de una cultura con un nuevo sentido de la moral.
Cabe destacar una tercera iniciativa convergente. En efecto, con el aval y el apoyo de la Asociación Panameña de Ejecutivo de Empresas, Luis H. Moreno, dedicado como siempre al bien público, impulsa el Proyecto de una Escuela de tica y Civismo. Su objetivo principal es "promover la cultura ética y cívica caracterizada por el sentido de solidaridad y justicia, responsabilidad y libertad, honestidad y gran respeto por toda la persona y por todas las personas". Tiene como destinatarios especialmente a los empresarios, los profesionales, los sindicalistas, los comunicadores sociales, los empleados públicos y los estudiantes de todos los niveles, pues de ellos depende en buena medida la moralidad de nuestra sociedad civil, la que a su vez condiciona la calidad moral de nuestra vida política.
Este Proyecto, tan ambicioso como positivo, planea actividades múltiples de docencia para informar y formar en temas que involucren la cultura ética y cívica de nuestra población. Contempla actividades de divulgación y de promoción para gestar, mantener y defender una cultura de valores positivos. Plantea actividades de investigación sobre tópicos sociales y culturales que diluciden las causas de la pérdida de valores y las vías para su recuperación, y por último intenta establecer facilidades de documentación gracias a una biblioteca especializada y a una página correspondiente en Internet. El Proyecto prevé una red de las instituciones y personas que se dedican a estas labores en Panamá, de manera que puedan cooperar entre sí y hacer más efectivos sus esfuerzos.
Al felicitar a quienes en la Universidad de Panamá, la Universidad Santa María y la APEDE han tomado tales iniciativas, es de esperar que reciban el apoyo financiero de sus respectivas instituciones y de la sociedad en su conjunto. El apoyo que el Banco Interamericano de Desarrollo ha prestado hasta ahora al Proyecto de APEDE es en este sentido un buen indicio que ojalá se multiplique.
Comparto algunas reflexiones sobre la manera de intentar superar la crisis de valores. No se trata de lamentarnos como si los tiempos pasados hubieran sido un paraíso perdido de valores éticos y cívicos. En efecto, cuándo presenciamos la reacción contra la miseria y la pobreza de quienes las padecen, cuando somos testigos de la manera como las mujeres reivindican su dignidad en igualdad con el hombre, cuando comprobamos cuán hondo ha calado la conciencia de los derechos humanos, cuando apreciamos la riqueza y complejidad de información y de conocimiento de las que disponen nuestro contemporáneos y las exigencias de transparencia y autenticidad que animan a los hombres y mujeres de hoy en día, nos damos cuenta que no estamos viviendo en un infierno de anti-valores.
Ello nos conduce a una primera advertencia. La respuesta a la crisis de valores debe ser fundamentalmente positiva. Necesitamos ofrecerle a los panameños un horizonte que los entusiasme incluso hasta el sacrificio, causas comunes que los congreguen en su dedicación al bien común, un espíritu que los motive a ser responsables y no solamente libres, solidarios y no solamente participantes, generosos y no solamente interesados. Por ello, la ética y el civismo que se enseñen deben mostrarse encarnados en modelos de vida y de actuación que sean atractivos y ejemplares. Y si bien debemos considerar la racionalidad de nuestras normas éticas y cívicas, debemos también reconocer que en el fondo de la conciencia, donde cada persona decide si actuará moralmente o no, la decisión se toma de cara a Dios y que por ello no podemos desvincular la ética y la cívica de la fe religiosa si queremos superar la crisis de valores, aún cuando debamos respetar la pluralidad de convicciones religiosas de nuestra población.
Recomiendo por ello que los programas de las dos Universidades y el proyecto de APEDE incluyan el reconocimiento de personas, grupos e instituciones que hayan demostrado un comportamiento moral válido y beneficioso frente a los desafíos que han tenido que encarar. Deben, además, abarcar la fundamentación religiosa de nuestras opciones de acción y más aún de vida.
Por otra parte, la crisis de valores nos plantea el discutido problema del cambio de valores. Nos debatimos entre el pragmatismo y el idealismo axiológicos. Para los pragmatistas los valores no son más que la sedimentación de las valoraciones, es decir de las evaluaciones concretas. Como éstas son relativas a las circunstancias de tiempo y lugar y cambian sobre todo por motivo de modificaciones en la utilidad de lo que se valora, los valores mismos también son, para ellos, relativos y cambian substancialmente. La solución a la crisis consistiría, puramente y simplemente, en abandonar valores antiguos y acoger nuevos valores. Pero esta relatividad y mutabilidad de los valores deshace su vigencia, pues les deniega la universalidad sin la cual ellos dejan de ejercer sobre nosotros su imperativo categórico. Contradiciendo su carácter universal no podemos rescatar los valores.
Los idealistas, por lo contrario, desvinculan los valores, que serían permanentes, de las evaluaciones concretas, las cuales ellas solas serían susceptibles de cambio. La crisis de valores resultaría del desajuste entre las valoraciones cambiantes y los valores inmutables. La solución de la misma consistiría en reasumir los mismos valores que antes, pero más plenamente captados y, por lo tanto, mejor utilizados como criterios de evaluación. Pero esta concepción del cambio de valores desconoce su humanidad, al denegar su inmersión en la historia, con sus ambigüedades. Tampoco podemos rescatar los valores ubicándolos fuera de los avances y de las regresiones del quehacer humano.
Una concepción humanista integral de los valores, considera que los valores están fundados en la relación entre el hombre y las realidades de su entorno. En la medida en que el hombre con sus particularidades cambia, tanto él como su relación a su circunstancia, los valores resultan cambiantes en su envoltura. Pero en la medida en que el hombre en su componente fundamental permanece idéntico a sí mismo y en su relación al mundo, los valores resultan fundamentalmente invariables en su núcleo. Este núcleo de los valores no es ahistórico, sino transhistórico, pues mantiene su identidad de fondo a través de múltiples modalidades que progresivamente explayan toda su complejidad virtual. La solución a la crisis de valores requiere entonces diferenciar la variedad de las envolturas y la identidad del núcleo e invita así a un doble movimiento, a saber un enraizamiento el más apegado a la continuidad de valores y la exploración la más creativa de la renovación de valores.
En consecuencia, quienes impulsan las iniciativas por rescatar la vigencia de una vida personal y comunitaria impregnada de valores, harían bien, como Jesús se lo recomienda al discípulo del Reino de los Cielos, en actuar como un "dueño de casa que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas" (Mateo, 13, 51) En efecto, entre la continuidad y la renovación de la ética y del civismo se juega la suerte de nuestra cultura moral. (e-mail: ariyan@sinfo.net)

101 años de Panamá América

 
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