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Por los valores


No concibo una persona deshonesta. No somos perfectos y no me refiero a pequeños deslices que podamos tener, sino a la cronificación de la deshonestidad como costumbre. Si en cierto momento cometemos un error, es posible que lo hagamos inconcientemente, pero no quiere decir que adquiramos el vicio y lo hagamos rutina, porque caeremos en la corrupción.

Algún día nos llevamos un lápiz de la oficina para la casa; pero luego serán todos los útiles de oficina que sirvan para la escuela de los niños, sin pensar que eso no lo pagamos y lo compra el jefe. Si se acostumbra y lo hace repetidamente, serán otras cosas de más importancia lo que sustraiga de cualquier lado. Más tarde se prestará para negociaciones deshonestas; luego para recibir coima por un trabajo que debiera ser favor; luego cae en la corrupción porque le parecerá normal.

Igual puede suceder con los funcionarios en posiciones del gobierno donde están a merced de tentaciones y caen en las mismas, viendo normal un dinero que le entra por ayudar a sacar rápido un documento, cuando es su obligación. A medida que asciende en categoría, es más grande la tentación y el compartir se vuelve natural y al aceptar de un corruptor, creen que nadie se enterará. Así vemos crecer fortunas en donde no había nada y nos preguntamos cómo fue; para ese tiempo el corrupto ha perdido la vergüenza y no esconde lo indebido de su actuación.

En Panamá hemos visto este hecho en innumerables ocasiones. Nos quedamos atónitos al ver los cambios en ciertas personas que no pueden ser lícitos. Andan sueltos, sin Dios ni ley, encontrando la aprobación de una sociedad también torcida que acepta estas situaciones como normales. Mientras hacemos esto, queremos enseñarle a los niños el valor de la honestidad sin practicarlo. Seamos congruentes con nuestras actuaciones para evitar desengaños y embarazos.

marisin@cableonda.net

101 años de Panamá América

 
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