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¿Por qué Beijing o Taipei?


Un colega de las lides diplomáticas solía recalcar, cuando el grupo de amigos nos reuníamos a comer, y llegado el momento de seleccionar el vino alguno de los asistentes preguntaba si escogeríamos blanco o un tinto, que no había por qué escoger entre uno u otro, sino tomar de los dos. Esta pequeña anécdota viene a cuenta con lo que está ocurriendo sobre el tema de nuestras relaciones con la República de China (Taiwan) y la República Popular de China.
A raíz del reciente viaje de la señora Moscoso, algunas voces, por momentos un tanto destempladas, se han referido al tema para condenar la decisión de la Presidenta de la República de realizar una visita oficial a Taiwan. La virulencia tras esos comentarios sorprende, porque tal pareciera que se hubiera cometido un crimen de lesa patria, cuando el viaje no es sólo justificable sino que, además, está desprovisto de las consecuencias cataclísmicas que le han atribuido sus detractores.
Afirmar que por haber sido la señora Moscoso la primera Jefa de Estado que visita a las nuevas autoridades de la República de China se ha puesto en peligro la neutralidad del Canal o que nuestro país se ha involucrado peligrosamente en el conflicto entre las dos Chinas es absolutamente desporporcionado. También es absolutamente desproporcionado aseverar o siquiera insinuar que por el viaje de la Presidenta, los buques de la China Popular van a boicotear el Canal de Panamá. Y todavía está más fuera de contexto que pueda pensarse que exista algún riesgo para la seguridad del Canal, porque con el viaje presidencial se han ofendido de alguna manera los sentimientos patrióticos de los nacionales chinos residentes en nuestro país y con lazos familiares en el territorio continental chino.
Con mucho respeto por quienes han expresado posiciones contrarias al viaje presidencial, creo que sus apreciaciones, aparte de desproporcionadas asumen consecuencias que las autoridades del país "supuestamente ofendido" no han siquiera pensado.
El conflicto que surgió entre el gobierno comunista encabezado por Mao Tze Tung y el gobierno del general Chan Kai Shek, desplazado a la isla de Formosa (Taiwan), como consecuencia de su derrota militar, tiene más de 50 años y, salvo algunas escaramuzas y amenazas de una reconquista por la fuerza, que nunca se han concretado ni se concretarán, ha sido, principalmente, una batalla retórica.
Por otra parte, creo que quienes ven el conflicto entre las dos Chinas como una batalla entre enemigos irreconciliables pierden de perspectiva el proceso que ya está en marcha y que apunta a un acercamiento entre los dos regímenes. La realidad presente es completamente diferente al mundo que vivieron Chan Kai Shek y Mao Tze Tung. Ellos eran enemigos irreconcilaibles, pero ese es un pasado muy distante.
La República de China (Taiwan) es una realidad económica que no puede ignorarse, especialmente por países como el nuestro. De ella hemos recibido ayudas sustanciales a las que no tenemos por qué renunciar, especialmente, si nadie está tratando de imponernos una ruptura de esas relaciones.
Después de 50 años de distanciamiento, entre las dos Coreas se ha iniciado el acercamiento, primer paso hacia la reconciliación y, luego, hacia la eventual reunificación. Las razones que han motivado a dos enemigos antaño irreconciliables, aparte en este caso de la muerte de la figura que impedía toda aproximación, el mariscal Kim II Sung, son las mismas que llevarán al acercamiento de las dos Chinas: ambas se necesitan mutuamente.
La República de Corea el Norte, empobrecida y sin posibilidades de desarrollarse al nivel de la Corea del Sur, que es una de las potencias industriales del Asia, es la que más ganará con la reunificación, igual que está ocurriendo con la antigua Alemania del Este.
La situación de la China Popular no es, desde luego, igual a la de Corea del Norte, pero sus dirigentes, después de muerto Mao Tze Tung y bajo el liderazgo renovador de Den Siao Ping, hace mucho tiempo que comprendieron que sus posibilidades de alcanzar al mundo desarrollado depende de la transformación de su sistema económico de uno comunista trasnochado a uno de economía de mercado, implantado gradualmente, que les permita integrarse a la nueva realidad del mundo globalizado.
Por otra parte, la República de China (Taiwan) por su extraordinario grado de desarrollo económico, con cuantiosos excedentes financieros disponibles (sus reservas están entre las más grandes del mundo), con los más avanzados adelantos tecnológicos y en busca permanente de nuevos mercados para su siempre creciente producción, y siendo, además, de la misma etnia y raíz cultural, es previsible que intensifique su proceso de acercamiento a la China Popular.
Los diritentes de la China Popular recuperaron Hong Kong y no hubo ningún cataclismo. Los antiguos consulados cambiaron de nombre y el régimen capitalista de la antigua colonia inglesa sigue funcionando como si nada. Ahora, con mucho sentido práctico, aceptan que países como el nuestro sigan manteniendo sus embajadas en Taipei y a la vez abran Oficinas de Intereses Comerciales en Beijing. A su vez, ellos tienen una Oficina de Intereses Comerciales en Panamá y en otros países que mantienen relaciones diplomáticas con Taipei.
Si cabe un poco de futurología, creo que no es aventurado pensar que las dos Chinas están destinadas a la reunificación y no porque la más grande engulla a las más chica, sino porque el comunismo de Mao Tze Tung ya no existe. La China Popular se moderniza y se democratiza desde el punto de vista económico y en ese camino se encontrará cada día más cerca de un acuerdo con el régimen de Formosa.
A nosotros, mientras tanto, nos conviene no plantearnos disyuntivas excluyentes que no están en el horizonte y mucho menos dejarnos llevar de extremismos trasnochados.

101 años de Panamá América

 
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