default

Por qué nos suicidamos


Nuestros periódicos, los diarios que día a día nos informen de nuestra vida comunitaria, señalan repetidos hechos de suicidio entre nuestra población. Los cómputos oficiales del presente año, según pude informarme, son alarmantes. La cifra oficial, aunque podría variar el verdadero número de casos, es aterradora.
El quitarnos la vida se está convirtiendo en parte de algo cotidiano e igualmente está formando parte importante de la sociología académica. Y dentro de ella se aduce, por consiguiente, causas subjetivas y objetivas igualmente generales: falta de una buena herencia, enfermedad, pobreza, desempleo, y muchas otras más.
Pero viendo las cosas desde otro punto de vista, más que libros especializados, estudios y más estudios sobre el delicado tema, lo que considero se debería hacer es una investigación sagaz y objetiva, capaz de insinuarse con tacto y fineza dentro de la intimidad de cada caso de suicidio. Si tal cosa se hiciera entre nosotros, probablemente quedaría en evidencia que nuestro lujo de suicidios no se debe principalmente a causas sicopatológicas, ni a simples contradicciones amorosas, ni a la práctica del espiritismo, ni a simples actos de desesperación. No quiero decir que estos motivos no ejerzan presión sobre nuestra sociedad; lo que sospecho es que no son ellos los únicos que elevan de modo tan alarmante el negro récord de suicidios al que estamos llegando.
Buena parte de nuestros suicidas, desde hace algún tiempo, dejan papeles escritos diciendo que se matan por estar “aburridos de la vida”. Otros no se toman siquiera la molestia de dar explicaciones de ninguna clase. Pero si se les pudiera tomar en cuenta después de muertos, creo probable que nos darían la misma explicación.
La gente se está matando en Panamá, principalmente, por aburrimiento de la vida. Es decir, por aburrimiento de la vida panameña. Entonces tendríamos que preguntarnos: ¿Qué es lo que tiene hoy la vida panameña que resulta tan trágicamente aburrida?
El aburrimiento es aquella pasión del ánimo en que caemos cuando el medio no nos ofrece oportunidades para satisfacer nuestro más íntimo anhelo, para ejercitar nuestra más peculiar aptitud o para atender nuestros más imperiosos deberes. El aburrimiento es así. Este es amplio, y se extiende desde una gran variedad de causas externas que van desde lo concreto de la pobreza hasta las más sutiles formas de limitación, de carencias. Bien es cierto que la pobreza total, la miseria absoluta, llevan a menudo a la desesperación suicida; pero lo que conduce al aburrimiento de la vida es esa pobreza relativa, disimulada, vergonzante, de aquel empleado a quien no le han reajustado su salario de acuerdo al costo de la vida; del profesional que ha tenido que suspender la ayuda doméstica, convirtiendo su hogar en un pandemonio; del catedrático que se ha quedado sin salario, pero con la obligación de vestir decentemente y de acuerdo a su labor; del obrero a jornal precario y del campesino que no logra poner cobija nueva en los camastros de sus familias en el bohío que le espera cada noche.
Y a partir de esas formas más delicadas de impecunia, que obedecen al cruce en nuestra vida actual de la depresión económica del mundo con nuestro desvalimiento económico peculiar como pueblo, existe toda una jerarquía de carencias que hacen de nuestra vida panameña algo brutalmente enemigo de todos los intereses del alma y del espíritu.
Todavía no ha llegado el momento sombrío en que se comiencen a suicidar personas distinguidas y de ejecutorias patrióticas comprobadas; personas hacendadas que aún no han llegado a la miseria, pero que ven amenazado su patrimonio; aquél gran personaje al cual calificábamos de estar bien armado de serenidad cristiana y de vitalidad moral, o aquel funcionario que está al borde de tener agotadas sus defensas económicas. Si ello comienza a suceder, y si pudiéramos entonces adentrarnos en lo más íntimo de esas muertes, ¡qué elocuente y tremenda impugnación podríamos componer contra la miseria esencial de la vida panameña!
Decíamos con anterioridad que la libertad en general es algo más que poder votar y organizar mítines, y que es ella la condición social que permite a cada hombre realizar en actividad lo mejor de sí mismo. Antes podíamos aturdir el aburrimiento con la actividad utilitaria eficaz que nuestra actividad económica nos permitía.
Hoy nos está matando la inactividad, y ésta nos quema el espíritu y nos lo hiende con todas sus aristas. La gente se está suicidando en Panamá por hambre de una actividad positiva para él, su familia y toda la sociedad. Podemos buscar juntos la fórmula que nos permita encontrarle soluciones a este desequilibrio que a todos nos afecta.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América