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¿Por qué Panamá es pobre?




Ex Vicepresidente de la República

La Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa ha tenido el acierto de plantearse no el simple análisis de la pobreza que existe en Panamá, sino la explicación de por qué existe. Sólo si acertamos con esta explicación estaremos en condiciones de poder elaborar una estrategia exitosa para eliminar la pobreza, con esfuerzo y tiempo.
Además, la APEDE tuvo el buen tino de escoger a Carlos Alberto Montaner para iniciar la discusión sobre el tema. Desde Madrid y Miami, es hoy por hoy uno de los escritores con más influencia en América Latina en cuanto a las ideas políticas.
En la conferencia que dictó bajo el título "¿Por qué Panamá es pobre?", Montaner comenzó por recordarnos que según los datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo "los índices de bienestar de los panameños son superiores a la media de los habitantes del planeta". No es mucho, pero es algo que no debemos olvidar: nosotros vivimos mejor que la mayoría de los otros pueblos de nuestro mundo.
Continuó luego eliminando prejuicios y falsas explicaciones, por ejemplo, el prejuicio que explica la pobreza por la raza o la falsa explicación que identifica las grandes dimensiones y la numerosa población de un país como la clave de su desarrollo. Lo importante, no son dichas características, sino las "redes de integración con el resto del mundo" que tiene un país, destaca Montaner, recordándonos los éxitos de Holanda, Bélgica, Dinamarca y más dramáticamente aún de Singapur y de Hong Kong. Tampoco se explica la riqueza de un país por sus recursos naturales, pues países como Holanda y Singapur, poco dotados, no habrían producido la riqueza que han acumulado, y países como Venezuela y Brasil, muy dotados, no tendrían los problemas de pobreza que tienen.

Montaner adopta la explicación culturalista tanto de la riqueza como de la pobreza de los países. Desde su punto de vista, cuatro factores, que todos tienen que ver con la cultura en su sentido lato, se conjugan como causas de la riqueza o pobreza de un país: "primero, el tipo de psicología individual que prevalece; segundo, los valores subyacentes en la comunidad en que ese individuo actúa; tercero, la clase de Estado en el que desempeña su trabajo; y cuarto, el modelo económico dentro del que realiza sus transacciones."
En relación con estos cuatro factores, nos invita a que nos formulemos una serie de preguntas puntiagudas, de las cuales, destacó sólo algunas. Con respecto a las actitudes individuales: ¿Predicamos la ética de la responsabilidad y enseñamos a nuestros hijos y alumnos a colocarse siempre bajo la autoridad de la verdad? Con respecto a los valores de la comunidad: ¿Ejerce la sociedad civil la fiscalización y vigilancia de los actos de gobierno, o se comporta de una manera estricta y honorable dentro del marco de la familia y los amigos y de una manera laxa y complaciente en el terreno de la vida pública, como si no le concerniera directamente lo que sucede en este sector? Con respecto a la clase de Estado: ¿Es confiable e independiente nuestro sistema judicial? ¿Son honrados nuestros funcionarios y políticos y responden por sus actos de gobierno? Con respecto al modelo económico: ¿Funciona el mercado libremente, sin aranceles discriminadores, sin subsidios y sin privilegios fiscales que favorezcan a ciertos sectores en detrimento de otros? ¿Existe una tradición comercial fundada en la confianza y en el cumplimiento de los acuerdos, es decir, en los principios éticos a los que está obligado cualquier empresario, o lo que predomina es la picaresca y la trampa?
En relación con la teoría de la dependencia, de acuerdo con la actual pobreza de nuestros países se explicaría porque los países del "centro", que forman el corazón del sistema, le impondrían a los países de la "periferia" el tipo de producción a la que debían dedicarse, convirtiéndolos en una suerte de satélites empobrecidos cuya principal función ha sido de proporcionar las materias primas. Al tomar conciencia que la economía internacional contemporánea "no está basada en el saqueo de los débiles, sino en el comercio y la colaboración", mucho más sensato que lamentarnos de la codicia de los países presuntamente imperialistas sería reconocer nuestra propia responsabilidad por corregir nosotros mismos, por iniciativa nuestra, todo aquello que obstaculiza nuestro desarrollo humano sustentable. Debemos comenzar por copiar a las economías punteras, porque hay que "imitar primero, innovar después, y, por último crear ex novo". Y en esta perspectiva, hemos de identificar universidades, fábricas y centros de investigación de excelencia que podamos atraer hacia nuestros países.
En resumen, es necesario aportar a la pobreza, en cuanto resultado de una cultura que la suscita y la mantiene, respuestas que equivalen a otra cultura que la vence y la supera.
Comparto el enfoque básico de Montaner, a saber que la riqueza resulta de factores culturales, no de factores raciales o materiales (tales los recursos y la población). Los trabajos de Samuel Huntington en "The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order", especialmente de Francis Fukuyama en "Trust, the Social Virtues and the Creation of Prosperity", y los diversos trabajos publicados en Culture Matters, "How Values shape Human Progress", editado por Lawrence E. Harrison y Samuel Huntington, proporcionan los análisis empíricos y las interpretaciones teóricas que justifican este enfoque. Por mi parte, en mayo de 1997 abordé el tema en dos artículos que publiqué en esta columna de El Panamá América bajo el título de " Las virtudes sociales y la creación de riqueza" y los subtítulos de: "El poder de la cultura en crear la sociedad económica" y "¿Por qué en Panamá no creamos la riqueza que necesitamos?"
Creo, sin embargo, que el tratamiento de Montaner adolece de dos limitaciones que exigen complementos a su explicación. Por una parte, el hecho de rechazar la teoría de la dependencia no nos debe cegar a la interacción internacional que es el entorno actual inevitable de nuestras decisiones nacionales. Este hecho es cada día más patente, a medida que la globalización condiciona el ejercicio de la soberanía nacional y relativiza la autonomía del ámbito nacional. En un contexto en el cual las fuerzas financieras actúan al margen y por encima de las decisiones de los Gobiernos individuales, que las multinacionales tienen ingresos superiores al PIB de varios países juntos, que las instituciones bancarias internacionales influyen decisivamente en las políticas económicas viables y una red de organizaciones paraestatales configuran lo que se conoce como la "gobernanza", que afecta a los Gobiernos individuales, no es realista insistir exclusivamente en que cada país tiene su propia responsabilidad individual por su curso de acción. Debiéramos más bien reconocer la corresponsabilidad que comparten los países individuales junto con los factores internacionales que inciden sobre ellos. El comportamiento de estos factores ciertamente puede ayudar u obstaculizar nuestra capacidad de vencer la pobreza y de crear riqueza.
Por otra parte, el curso de acción que un país adopte es sustentable en la medida en que su población en general acepta, en el menor de los casos tolera y en el mejor apoya, los cambios de actitud individuales, de valores comunitarios, de funciones estatales y de rasgos del modelo económico que se hacen imprescindibles. Y para que la población en general acuerpe la nueva cultura, tiene que sentir que ella participa económica y políticamente. De allí surge inevitablemente la consideración del nivel de la justicia social que se da en la sociedad en cuestión. Este es un tema del que Montaner se mantiene alejado. En su libro "Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano y Español" se encuentran afirmaciones unilaterales acerca de los presupuestos del concepto de justicia social, que debilitaron las tesis de dicho libro e impidieron que propusiera una visión menos polémica en la crítica y más completa en la propuesta.
En su conferencia ante la Asociación de Ejecutivos de Empresas Montaner no volvió al tema. Sin embargo, él ubica el mercado, como instrumento fundamental de la economía, en un contexto ético e institucional que lo orienta y le traza límites, lo cual es un presupuesto básico de la justicia social. Intuyo que Montaner ha evolucionado en su pensamiento y que ahora podría abordar positivamente el tema de los requisitos de justicia social que hay que satisfacer para que la creación de riqueza en una sociedad sea sustentable. De hecho una sociedad en su conjunto no puede salir de la pobreza si se da en ella una excesiva polarización socioeconómica entre una cúpula opulenta y una base miserable. La distribución equitativa de la riqueza es una exigencia de una sociedad próspera y es necesario concebir políticas que la promuevan sin impedir la creación de la riqueza, pues no es posible distribuir la riqueza que no se ha creado.
Añado un comentario relativo a nuestra realidad panameña tal que lo destaqué en el segundo de los dos artículos que publiqué en mayo de 1997. "En Panamá, escribía, ninguno de los objetivos económicos de una política moderna se está logrando: ni crecimiento rápido del PIB, sobre todo por habitante, ni disminución del desempleo, ni mejoría del nivel de vida de la mayoría, ni disminución de la disparidad en los ingresos y reducción de la pobreza crítica. Si Fukuyama tiene razón, esto resulta porque no se está reforzando la sociabilidad en nuestro país. El Gobierno argumenta que dedica la mitad del presupuesto a gastos sociales, pero sus medidas favorecen el predominio del individualismo por encima de la solidaridad. La familia, la escuela y el lugar de trabajo panameños no trasmiten las virtudes sociales, tales como la honradez, la fiabilidad, la cooperatividad y el sentido del deber hacia otros, que generan las virtudes individuales de la ética del trabajo. Seguimos viviendo en una sociedad insolidaria y carente por ello del adecuado nivel de confianza", que para Fukuyama es la clave del funcionamiento exitoso tanto del mercado como de la democracia. Necesitamos un nuevo modelo de desarrollo.
Espero que el prestigio de Carlos Alberto Montaner contribuya a que los panameños caigamos en la cuenta de que se requiere un profundo cambio cultural en nuestras actitudes individuales, en nuestros valores sociales, en el funcionamiento de nuestro Estado y en los rasgos de nuestro modelo económico para que, en el ejercicio de nuestras libertades, podamos superar la pobreza y forjar una sociedad próspera con equidad.
(ariyan@sinfo.net)


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