¿Por qué un cementerio en Tocumen?
Dos juicios históricos distintos, aunque enlazados por acciones aisladas, lo son: el golpe militar de 1968 y sus consecuencias en la vida del país, y los métodos criminales que utilizaron algunos militares contra adversarios políticos o supuestos subversivos.
Igual que la presencia histórica y el significado del Dr. Arnulfo Arias no pueden medirse únicamente por los avatares del Movimiento Acción Comunal, que obviamente no fue una Orden Monástica; ni por ese capricho dictatorial de mayo de 1951, cuando el médico y político de un solo plumazo borró la Constitución, vigente de 1946, disolvió una Asamblea donde no conseguía mayoría, e instauró por horas su propia Constitución de 1941, provocando más de veinte muertos y decenas de heridos, saliendo ensangrentado del Palacio de brazos con doña Ana Matilde Linares. Algunos le adjudican al propio caudillo, los dolientes por ejemplo porque me consta, la muerte a balazos del teniente coronel Alfredo Lezcano Gómez, su Edecán en la Presidencia, cuando supuestamente le fue a decir al doctor Arias que el general Remón le conminaba a rendirse. Tanto Omar Torrijos como Arnulfo Arias, que llegaron sin duda ante el trono de Dios con pecados normales en los humanos, fueron ambiciosos y dictatoriales, pero sus obras políticas aún polarizan a los panameños. Mientras nos es difícil conseguir algún folletito de 20 páginas que nos explique qué es el "panameñismo", en cambio el "torrijismo" tiene defensores que han desarrollado sus pensamientos en libros y ensayos numerosos.
Ambos movimientos han sido señalados por sus detractores de no tener verdaderas concepciones ideológicas. Pero otra cosa, sin duda, piensa ese pueblo nuestro de cada día, al que la clase política burguesa-oligárquica, que secuestró la teta de la res-pública desde 1903 hasta 1968, disfrazada de facciones liberales intermitentes; esa masa, años después de fallecidos ambos líderes se divide sus cariños hacia ellos, por encima de todos los demás dirigentes que haya tenido Panamá. Y, si creemos las encuestas de un diario de prestigio nacional, antimilitarista por excelencia, el general le saca al médico veinte cuerpos en cuanto al cariño y admiración sembrados en el corazón del pueblo. Por tal razón, y a pesar de la lepra que contagió al PRD luego del servilismo abyecto demostrado ante Noriega, aún ese pedazo maltrecho de idea torrijista sigue superando al arnulfismo más de tres veces. Y es que los dos caudillos se apartaron de esa clase insensible que medró del comercio de importación, los servicios y también del tráfico de influencias durante todo el siglo.
Pero estos aspectos son harina de otro costal, y deseo aterrizar en el meollo de este artículo: ¿Por qué el cuartel de Tocumen pudo convertirse en un vulgar cementerio clandestino? ¿Debido a qué razones ese destacamento de orden público (una especie de dobermans o linces de aquellos tiempos), fue elegido para enterrar cadáveres de supuestos subversivos? ¿Y quién, qué oficial u oficiales determinaban, sin asco, los que debían ser ejecutados? ¿Por qué las denuncias de desapariciones, las quejas de familiares, interpuestas ante autoridades administrativas o judiciales de aquel tiempo, no eran respondidas? ¿Acaso los ministros, magistrados o fiscales de entonces eran militares atados a disciplina? ¿Supimos acaso de alguna renuncia, para no apadrinar crímenes? Si bien es comprensible y lógico, que igual que en el clero, los militares teníamos férreas disciplinas y obediencias, grabadas con fuego en las academias, ¿también los juristas y autoridades hicieron esos juramentos castrenses? Y una mano negra y una mente tortuosa, psicópata, como actor principal, sobresale en esos dramas. Sin ese testimonio obligante, se andará sólo por las ramas. Esa tortuosidad quedó demostrada en variados crímenes, que incluso rondaron los momentos de la maldecida invasión militar yanqui; la masacre de Howard, los oficiales ahorcados o asesinados por la espalda. Si alguien mandó a matar sin asco a sus ex compañeros, o torturó a otros de nosotros y a nuestras esposas e hijos, ¿que asco o miramientos podría pasar por su cabeza frente a civiles que él consideró subversivos? Pero tal hombre no estuvo solo. Y aunque la disciplina militar era rígida, también existía un lema atendible: "Cuando el superior pierde la razón, el subalterno tiene el derecho de perder el respeto". Y hubo quienes le perdimos el respeto holgadamente, ante el mundo, y cuando ese ser tenía todo el poder. Los crímenes de Tocumen deben investigarse sin pasiones políticas, seriamente. Es justo y necesario.
Igual que la presencia histórica y el significado del Dr. Arnulfo Arias no pueden medirse únicamente por los avatares del Movimiento Acción Comunal, que obviamente no fue una Orden Monástica; ni por ese capricho dictatorial de mayo de 1951, cuando el médico y político de un solo plumazo borró la Constitución, vigente de 1946, disolvió una Asamblea donde no conseguía mayoría, e instauró por horas su propia Constitución de 1941, provocando más de veinte muertos y decenas de heridos, saliendo ensangrentado del Palacio de brazos con doña Ana Matilde Linares. Algunos le adjudican al propio caudillo, los dolientes por ejemplo porque me consta, la muerte a balazos del teniente coronel Alfredo Lezcano Gómez, su Edecán en la Presidencia, cuando supuestamente le fue a decir al doctor Arias que el general Remón le conminaba a rendirse. Tanto Omar Torrijos como Arnulfo Arias, que llegaron sin duda ante el trono de Dios con pecados normales en los humanos, fueron ambiciosos y dictatoriales, pero sus obras políticas aún polarizan a los panameños. Mientras nos es difícil conseguir algún folletito de 20 páginas que nos explique qué es el "panameñismo", en cambio el "torrijismo" tiene defensores que han desarrollado sus pensamientos en libros y ensayos numerosos.
Ambos movimientos han sido señalados por sus detractores de no tener verdaderas concepciones ideológicas. Pero otra cosa, sin duda, piensa ese pueblo nuestro de cada día, al que la clase política burguesa-oligárquica, que secuestró la teta de la res-pública desde 1903 hasta 1968, disfrazada de facciones liberales intermitentes; esa masa, años después de fallecidos ambos líderes se divide sus cariños hacia ellos, por encima de todos los demás dirigentes que haya tenido Panamá. Y, si creemos las encuestas de un diario de prestigio nacional, antimilitarista por excelencia, el general le saca al médico veinte cuerpos en cuanto al cariño y admiración sembrados en el corazón del pueblo. Por tal razón, y a pesar de la lepra que contagió al PRD luego del servilismo abyecto demostrado ante Noriega, aún ese pedazo maltrecho de idea torrijista sigue superando al arnulfismo más de tres veces. Y es que los dos caudillos se apartaron de esa clase insensible que medró del comercio de importación, los servicios y también del tráfico de influencias durante todo el siglo.
Pero estos aspectos son harina de otro costal, y deseo aterrizar en el meollo de este artículo: ¿Por qué el cuartel de Tocumen pudo convertirse en un vulgar cementerio clandestino? ¿Debido a qué razones ese destacamento de orden público (una especie de dobermans o linces de aquellos tiempos), fue elegido para enterrar cadáveres de supuestos subversivos? ¿Y quién, qué oficial u oficiales determinaban, sin asco, los que debían ser ejecutados? ¿Por qué las denuncias de desapariciones, las quejas de familiares, interpuestas ante autoridades administrativas o judiciales de aquel tiempo, no eran respondidas? ¿Acaso los ministros, magistrados o fiscales de entonces eran militares atados a disciplina? ¿Supimos acaso de alguna renuncia, para no apadrinar crímenes? Si bien es comprensible y lógico, que igual que en el clero, los militares teníamos férreas disciplinas y obediencias, grabadas con fuego en las academias, ¿también los juristas y autoridades hicieron esos juramentos castrenses? Y una mano negra y una mente tortuosa, psicópata, como actor principal, sobresale en esos dramas. Sin ese testimonio obligante, se andará sólo por las ramas. Esa tortuosidad quedó demostrada en variados crímenes, que incluso rondaron los momentos de la maldecida invasión militar yanqui; la masacre de Howard, los oficiales ahorcados o asesinados por la espalda. Si alguien mandó a matar sin asco a sus ex compañeros, o torturó a otros de nosotros y a nuestras esposas e hijos, ¿que asco o miramientos podría pasar por su cabeza frente a civiles que él consideró subversivos? Pero tal hombre no estuvo solo. Y aunque la disciplina militar era rígida, también existía un lema atendible: "Cuando el superior pierde la razón, el subalterno tiene el derecho de perder el respeto". Y hubo quienes le perdimos el respeto holgadamente, ante el mundo, y cuando ese ser tenía todo el poder. Los crímenes de Tocumen deben investigarse sin pasiones políticas, seriamente. Es justo y necesario.