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¡Por un lado llueve y por el otro no escampa!


PARA COMPLEMENTAR mi artículo de la semana pasada: "La incompetencia surrealista de la patria nueva", me ocuparé del rejuego que se traen "la patria nueva" y "la llamada oposición", en torno a la cacareada "concertación nacional", bajo la tutela inspiradora del "Representante General, Especial, Permanente, Residente del Programa del Sistema de las Naciones Unidas para el Desarrollo en Panamá", o sea, "la gran flauta".
Pero antes de entrar en materia, un paréntesis obligado por la última y descarada maniobra de "la patria nueva". Hace un año, o cerca de eso, se destapó "el asunto Solís Palma", quien a los 89 años sigue emplanillado como "asesor" en el MEDUCA. Ese desafuero, viene siendo denunciado, inútilmente, por los medios de comunicación y por muchos otros funcionarios públicos a los que se forzó a dejar sus cargos con base en la llamada "Ley Faúndes". Incluso la procuradora Gómez se manifestó contra la permanencia en planilla del señor Solís.
Todo parecía preparado para la salida del "famoso asesor", cuando el contralor "patria nueva", decidió elevarle "una inocente consulta" al flamante Procurador de la Administración (no se la hizo a la señora Gómez, porque ésta ya había expresado que al caballero de marras debía aplicársele la Ley Faúndes), el mismo que una semana después de consumado por el Gabinete la trapisonda "PYCSA-Oderbrecht" certificó que esa operación es más clara que el agua pura del más puro manantial. El distinguido guardián de los intereses públicos, para sorpresa de nadie, dijo que el "consagrado asesor" es un ser de otra galaxia que por sus méritos y comprobadas virtudes, adquiridos con honores y templadas durante el noriegato, debe seguir chupando de la teta gubernamental, mientras contribuye, con las irradiaciones de su pasado ejemplar, a formar a las nuevas generaciones de panameños.
Ahora, retomo el hilo. Como decía hace siete días, cuando alguien pide a la ciudadanía que le elija para la más alta magistratura de la Nación, y resulta electo, su primera responsabilidad es no defraudar a sus electores y cumplir las promesas que hizo durante la campaña. En otras palabras, debe gobernar en los términos del mandato que le fue conferido. Toda elección es un contrato político. Por una parte, los electores cumplen su parte del trato, por adelantado, al ungir con su voto al presidente; por la otra, el elegido tiene la obligación de cumplir la suya, honrando todas las promesas que hizo para lograr el respaldo popular. Si no lo hace, es culpable de engaño agravado, por burlarse de la confianza de la ciudadanía.
Para que esa elemental regla de ética política opere, el elegido, cosa que no ocurre en el caso presente, debe tener plena conciencia de que es "un mandatario" y no "un mandamás". Mandatario es el que recibe un mandato, una encomienda; su responsabilidad, es cumplirlo, de buena fe, con todas sus capacidades. La condición de "mandatario", impone al infrascrito el deber de rendir cuentas claras a sus mandantes, el pueblo que lo eligió, que incluye, si ese fuera el caso, explicaciones, igualmente claras, sobre aquellas obligaciones que no ha podido o no podrá cumplir. El mandatario, que respete al pueblo, no debe ni puede escamotear esa responsabilidad.
En sistemas como el nuestro, el pueblo, después de votar, bien o mal, en las elecciones pasa a ser un sujeto pasivo sin ninguna participación en las decisiones que toma el gobierno. Pero no es ese el caso de los partidos políticos. Los que resultan triunfadores ejercen el poder, los que no lo alcanzan deben actuar como oposición y convertirse en los defensores y portavoces de la parte del país que no votó por los ganadores de las elecciones. Por tanto, su principal responsabilidad es, utilizando la representatividad que les reconoce la ley y las cuotas de poder político que representan sus diputados en la Asamblea y otros funcionarios electos, fiscalizar las acciones del gobierno, demandarles el cumplimiento de sus compromisos electorales y aportar alternativas para suplir la falta de iniciativa o la incapacidad del gobierno para dar las respuestas que reclama el pueblo.
El gobierno de turno prometió mucho y ha cumplido muy poco o nada. A una verdadera oposición le corresponde, en primer lugar, denunciar sus fallos y, en segundo lugar, demostrar que tiene la capacidad para proponer alternativas. Si no lo hace, tampoco tendrá base para aspirar al poder en las próximas elecciones.
El actual gobierno, al convocar a la llamada "concertación nacional", en la víspera de la consulta sobre la ampliación del Canal, si bien evitó un debate que pudo haberle complicado el panorama del referendo, también quedó retratado de cuerpo entero por su incoherencia e incapacidad, al no poder ofrecer, después de dos años de gobierno, tan siquiera un bosquejo de un "plan nacional de desarrollo". Esa coyuntura debió ser aprovechada por la "llamada oposición" para evidenciar la incompetencia gubernamental. Sin embargo, no tuvieron visión para capitalizarla políticamente. No sólo se prestaron para hacerle el coro al gobierno sino que, además, fueron incapaces de superarlo mediante la presentación de "una propuesta de desarrollo".
En los meses transcurridos desde la pantomima montada en la sede de la Cancillería, a la que concurrieron todos los dirigentes de "la llamada oposición", dizque para lanzar el proceso de concertación, en los que el gobierno los ha bailado como a trompos, aunque tardíamente, a varios dirigentes "opositores", así parece, se les abrieron los ojos. Pero les ha faltado ser consecuentes. Siguen en el jueguecito de no estar y de amagar con estar en la charada del diálogo nacional.
El gobierno no tiene nada que perder y hasta puede ganarles la partida vendiendo la idea de que la oposición, actuando en contra del interés nacional, injustificadamente se niega a participar y a hacer su aporte para encontrar soluciones de largo plazo a los principales problemas del país. Si logra avanzar por esa vía, no se deberá a que el gobierno es más astuto, sino a que la oposición es tan o más incapaz que el gobierno. Si quieren salirse de la trampa que les ha tendido "la patria nueva", deben hacer dos cosas: primera, denunciar, sin paños tibios la incapacidad gubernamental y, segundo, presentar su propio plan de desarrollo, que demuestre que tienen más que ofrecer que la fracasada "patria nueva". De no hacerlo, quedará demostrado que en Panamá, para la desgracia del país, cuando se comparan el gobierno y la oposición, es valido el refrán que sirve de título a estas glosas: "Si por un lado llueve; por el otro no escampa".

101 años de Panamá América

 
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