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Por una mejor cultura telefónica


Alguna vez escribí una crónica intitulada "La Caballerosidad que se perdió". En la misma me refería a la vulgaridad que impera en la sociedad hoy día y la cual se supone de avanzada civilización, la era moderna...
Era que no vacilamos en calificar de indecente por muchas razones, de todas conocidas. Los elogios a la misma fueron generosos pero, tampoco faltaron las críticas resabiosas y la alarma por aquello de los homosexuales. Francamente, no sabíamos de su abundancia, sin contar los solapados.
En esta crónica quiero referirme a otra grosería en el diario acontecer de la existencia. La incultura telefónica.
Panamá es uno de los países que, en proporción a su tamaño y población, cuenta con mayor cantidad de escuelas y maestros. Sin embargo, debemos admitirlo así, los panameños hemos ido perdiendo de manera paulatina, pero firme, la tradicional cultura heredada de nuestros abuelos. Ya no privan en nuestra conducta aquellas maneras corteses que caracterizaban al caballero y a la dama de ayer.
Con inusitada frecuencia nos mostramos ásperos, desabridos y hasta irascibles en las relaciones con los demás. Y es que el Mundo anda a la deriva. En casi todas partes existe ese apartamento de la cortesía y de las buenas maneras que hacen más pasadera la vida y más aceptable nuestro tránsito por este planeta cargado de inconsecuencias, intolerancia y de pesares.
Tomemos como ejemplo una típica conversación telefónica. Suena el teléfono. Se acude presuroso al llamado de la campanilla. ¿Quién habla allí...? pregunta una voz estridente. No media un cortés buenos días, buenas tardes o buenas noches.
Antes de que uno conteste, surge otra pregunta: ¿Está allí Fulano o Fulana? Habla Usted con la familia tal se le dice tratándo de aminorar la mala impresión producida por la pregunta cortante y desafortunada. ¿Qué número es ése? Vuelve a la carga la interlocutora. Se le contesta que el número es tal. Se escucha entonces el golpe seco. Ni siquiera la frase amable por la fina atención, ni mucho menos el "estoy equivocado, perdone usted". Esa es una conversación común y corriente en esta época de sobrada incultura.
Un amigo me contaba que en una oportunidad, en horas del mediodía, sonó el teléfono de su residencia, justo en el momento en que se prestaba a iniciar su almuerzo.
Levantó el auricular y con su acostumbrada cortesía contestó: Haber, diga usted?... De inmediato una voz amable le dice: Señor estamos probando el discado de los teléfonos metropolitanos. Tiene usted el sistema actualizado o el corriente? Mi amigo le contesta que es aquel en el que se marca con el dedo haciendo girar el disco. Muy bien, señor, sería usted tan amable de meter el dedo en el número uno y ver cómo gira? Mi amigo se apresura a cumplir con lo indicado, de prisa, pensando en que la sopa se le está enfriando. Muy bien, pruebe ahora el dos, magnífico. Y así continúa la burla hasta que cuando llegó al nueve el puesto técnico o funcionario del INTEL le dice a mi amigo. Ahora, señor, meta el dedo en el c..... y no deje de girar! Insólito pero de la vida real. "Brevo", así se llama mi amigo le dio convulsiones de la rabia y, claro está el almuerzo se terminó.
Pero todo eso es pasajero y hasta llevadero si ocurre en las horas regulares del día. El colmo es el despertar pasada la medianoche ante el insistente repicar de la campanilla telefónica. Se apresura uno pensando de inmediato la posible enfermedad de algún pariente o desgracia del amigo. Se atiende la llamada y contesta algún infeliz borracho sin más bagaje que su estúpida ignorancia, balbuceando frases incoherentes.
Es entonces cuando comprendemos la tragedia del teléfono!

101 años de Panamá América

 
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