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"Poseían todo en común"


Si hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que año tras año en esta cincuentena pascual que vuelve a impactarme es el capítulo 4, versos 32 al 37 de los Hechos de los Apóstoles. "En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor".
El autor de los Hechos, a lo largo de la narración, intercala varias síntesis de la vida y las costumbres de la primitiva comunidad cristiana. Se nos presenta la imagen de la comunidad de bienes entre los cristianos, seguramente algo idealizada. Lo que más se subraya es el motor que impulsaba a tenerlo todo en común: tenían un solo corazón y un alma sola como fruto de una misma fe en Cristo resucitado.
Qué tristeza da ver que entendamos por religión tantas otras cosas culturales, rubricistas, canónicas, casuísticas, carismáticas y que el sentido de comunidad y desprendimiento y compartir nos resulta difícil.
Se me ocurre que todos los cristianos católicos y no católicos, cada uno desde su ángulo, pretendemos ser la verdadera Iglesia de Jesucristo a la cual le prometió que estaría con ella todos los días hasta el fin del mundo. A la cual prometió que las fuerzas del infierno no podrían contra ella y pienso que si no vivimos el ideal presentado en esta descripción de lo que fue la primera comunidad cristiana, estamos bien lejos de aspirar a la pretensión de verdadera.
Hoy cuando se ha convertido en moda en hablar de corrupción y de transparencia piensa uno que los que por el bautismo contrajimos el compromiso de seguir a Cristo y tratar de ser como El (Eso significa ser cristiano) si intentáramos reproducir una sociedad que se acercara al capítulo 4 de los Hechos versos 32 y siguientes, estaríamos bien errumbrados.
En el cristianismo recién estrenado todos tenían "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre". Y todos sentían el fervor neófito y novicio del mandamiento del amor. Se reunían por casas, para revivir litúrgicamente la vida, mensaje y obra, muerte y resurrección de Jesús, que alimentaba su mente y su corazón. El paso de los siglos fue completando y diversificando las teologías y las espiritualidades hasta un pluralismo enriquecedor, pero con tendencias dispersivas.
Históricamente, a lo largo de los siglos de nuestra era cristiana, han surgido grupos de cristianos que inspirados por el capítulo 4 de los Hechos, han querido reproducirlo en su actualidad contemporánea. Eso explica tantas comunidades de monjes, frailes, religiosos y religiosas, y grupos de seglares que han querido vivir en común emulando el ejemplo de la primera comunidad cristiana. Todo tenerlo en común. Es decir, las antípodas de todo egoísmo. Que es el ir contra corriente, característica típica del cristianismo, y que por eso viéndolo bien, no lo hace tan popular. Miremos más, bien lo que nos une que lo que nos separa, no sólo entre los grupos eclesiales, sino también con otras confesiones cristianas. Y dentro de cada comunidad religiosa o familia espiritual, fomentemos lo común, respetando lo personal. Vivamos la máxima agustiniana: "En lo necesario, unidad, en lo opinable, libertad, pero en todo, caridad, amor.
Todos tenían y pensaban lo mismo, pienso yo que se referían según S. Agustín, en las cosas necesarias, en lo fundamental respecto a Dios y de los mandamientos. En una comunidad es poco menos que imposible que todos piensen lo mismo. Pareciera una hipérbole. Lo más que podemos hacer es escuchar lo que piensa cada uno y tratar de llegar a un consenso. Cosas tan sencillas como en un sitio "X" sobre a qué hora quieren la misa. ¿Temprano? ¿Tarde? ¿A media mañana? ¿A las 5 de la tarde?, no a las 6, no a las 5:30, del sábado, no mejor el domingo a las 8:00, no a las 9:00, mejor a las 10, pero no a las 11, porque estamos esperando la lotería, y a las 12 es muy tarde. El perezoso quiere y no quiere. "Piger vult et non vult".
Si hay unión cordial como consecuencia de que pensaban lo mismo, comunicaban también lo material. Compartir, verbo más difícil de digerir.
En un movimiento eclesial, cuyo nombre omito, tienen la práctica del despego a los bienes y me contaron esta anécdota, por la mamá de una joven que tomó en serio este ideal cristiano. Decía la Sra., cuando me levanté en la mañana no encontré a mi hija, fui a su cuarto y para sorpresa mía, no había un solo traje en su estante y faltaba la maleta. Sin poderse explicar lo sucedido, comenzó a llamar por teléfono a parientes y amistades con resultado negativo. Perpleja sí, pero tranquila en el fondo, puesto que no existían premisas que fundara la sospecha de algo peor, la madre esperaba. "Que una madre no se cansa de esperar". Efectivamente, desde el balcón la contempló que venía feliz. Luego, le contó que había vendido todas sus pertenencias y el valor de ellas se lo había entregado al primer pobre que encontró. La mamá obviamente discrepó de esa manera de actuar censurándola por su precipitación y sobre todo, haciéndole ver que no se podía entender literalmente ese pasaje de los Hechos, y que ella era la que había pagado por esa ropa, pero como la hija se sentía feliz, para qué seguir discutiendo. Sonó el teléfono de parte de unas amistades que viajaban al Norte y que tenían que deshacerse, por motivo de sobrepeso en el avión, de sus valiosas pertenencias, concretamente trajes y otras prendas de vestir y se las ponían a disposición, quedando el estante nuevamente lleno como estaba antes. Sucedido. El capítulo 4 de los Hechos, haciendo hoy día los mismos efectos que entonces. Si queremos que nuestra fe sea atractiva, tenemos que acercarnos a ese ideal.

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