Premio Pulitzer a la OTAN en Belgrado
El periodista nace o se hace, fue una pregunta impactante para los pichones de periodistas a mediados de los sesenta en la Universidad de Chile, interrogante lanzada como al voleo, pero con la eficacia del maestro que había sido el primer corresponsal del Time en América Latina, el viejo Mario Planet.
Dejó que las palabras ronronearan como el gato la madeja una tarde de invierno, sin prisa, ni pausa, pero con el escalofrío de la duda, de la quemante incertidumbre y del viejo juego socrático de sumergirse hasta el fondo de la copa.
Más de algún andamio mental se derrumbó en ese momento, otros se afianzaron, algunos hilos de la memoria viajaron al instante preciso de los primeros teclados sobre la vieja máquina de escribir: una Underwood negra, rigurosa, con apariencia de jefe de personal.
Hoy, varias décadas después, la respuesta sigue siendo la misma y es tan íntima, como la mañana de ese precario invierno en que escuchamos al profesor, maestro, amigo y colega Mario Planet, con un leve tono irónico, inquisidor y de docente lúcido.
El periodista, nace, se hace y muere en la acción, frente a la fría página del computador, en una calle, censurado por el gobierno de turno o en las instalaciones de la televisión Serbia, en Yugoslavia, un escaño en dirección al infierno.
La condena a este acto, reprochable desde todo punto de vista, se ha dejado sentir desde el ministro italiano Lamberto Dini, -quien calificó de terrible acto fuera de los planes de la OTAN- a la Unión Europea de Radio y Televisión, pasando por Amnistía Internacional, la Cadena de TV Holandesa y la Federación de la Prensa Italiana.
Una decena de misiles guiados por láser impactaron el edificio de la televisora Serbia a las 2:30 de la madrugada, cuando aun no se apagaban los brindis y jolgorios por el 50 aniversario del nacimiento de la OTAN en Washington.
Diez periodistas y personal de apoyo resultaron muertos, y otros 20 desaparecidos, fue el resultado de lo que el canciller británico, Robin Cook, calificó con la alegría de un personaje kafkiano, de que "hemos atacado un medio que no era libre".
Matar periodistas no hace ganar las guerras, sostuvo la Federación Internacional de Periodistas (FIP), con sede en Bruselas, mientras que la Unión Europea de Radio y Televisión, lamentó cualquier intento de limitar, distorsionar o destruir el derecho a un completo servicio de información.
Lo absurdo de esa acción queda demostrado, ya que seis horas después, entre ruinas, continuó la televisora brindando sus servicios, que incluyen noticias provenientes del extranjero sobre el conflicto.
El periodista nace o se hace, nos preguntaba Mario Planet, pero en ese minuto nunca pensamos que entrábamos a una profesión de alto riesgo sin paracaídas, con la inocencia del oficio que comenzábamos a tutear con esos primeros debates. Nace, se hace y puede deshacerse en mil pedazos, más allá de su viejo compromiso entre las linotipias, máquinas de escribir o computadoras, o donde quiera que esté ejerciendo con honor a la verdad.
En esos años se nos inoculó el virus de la Etica y de la inconfundible pasión por la verdad, esa que no se rifa en un sorteo por los cargos, puestos o prebendas de ninguna naturaleza. El vicio de la verdad y a enfrentar la vida, de una manera transparente e inequívoca, porque el periodista es un servidor de la comunidad en tiempos de paz, pero también un servidor de su pueblo, en tiempos de guerra.
La kafkiana frase de Cook, de que hemos atacado un medio que no era libre, resume el absurdo de la guerra de la OTAN contra Yugoslavia, donde se ha actuado contra un país soberano sin consultar a las Naciones Unidas. Más de dos mil misiles se han arrojado contra esa pequeña nación de poco más de 100 mil kilómetros cuadrados y 10 millones de habitantes, sin que se hayan obtenido los resultados programados, y muy por el contrario, el problema de los kosovares se ha agravado.
Nadie puede estar de acuerdo ahora ni nunca, con la limpieza étnica, ni creer que sólo ha habido una en la Historia de la humanidad, pero una matanza no justifica, ni enmienda la otra. Los esclavos africanos, desaparecidos por decenas de millones desde la oscuridad de los tiempos, debieran de declarar la guerra mundial a Occidente, si esa fuera la solución a un problema ancestral de odios, pasiones, comercio y vergüenza universal.
Yugoslavia está en ruinas: unos 60 mil millones de dólares en destrucción, Milosevic continúa en el poder, sólo la pobre Albania recibe prácticamente a los albano-kosovares, más de 40 días después de iniciarse el conflicto; Europa y Occidente los observa con recelo y se prepara el Fondo Monetario Internacional (FMI) con el Banco Mundial, para hacer un inventario de la ruina y los despojos, si es que queda algo de los Balcanes, en las próximas semanas.
Los comentaristas internacionales conocedores de la problemática en los Balcanes, comienzan a dudar de la efectividad de los bombardeos, y han puesto en tela de juicio el éxito de la campaña, al exhibir el inútil y reprobable asesinato de periodistas en Belgrado.
Por ello, le hemos otorgado el máximo galardón de la prensa norteamericana a la OTAN, el Pulitzer, así como el Nobel del periodismo de habla inglesa.
Dejó que las palabras ronronearan como el gato la madeja una tarde de invierno, sin prisa, ni pausa, pero con el escalofrío de la duda, de la quemante incertidumbre y del viejo juego socrático de sumergirse hasta el fondo de la copa.
Más de algún andamio mental se derrumbó en ese momento, otros se afianzaron, algunos hilos de la memoria viajaron al instante preciso de los primeros teclados sobre la vieja máquina de escribir: una Underwood negra, rigurosa, con apariencia de jefe de personal.
Hoy, varias décadas después, la respuesta sigue siendo la misma y es tan íntima, como la mañana de ese precario invierno en que escuchamos al profesor, maestro, amigo y colega Mario Planet, con un leve tono irónico, inquisidor y de docente lúcido.
El periodista, nace, se hace y muere en la acción, frente a la fría página del computador, en una calle, censurado por el gobierno de turno o en las instalaciones de la televisión Serbia, en Yugoslavia, un escaño en dirección al infierno.
La condena a este acto, reprochable desde todo punto de vista, se ha dejado sentir desde el ministro italiano Lamberto Dini, -quien calificó de terrible acto fuera de los planes de la OTAN- a la Unión Europea de Radio y Televisión, pasando por Amnistía Internacional, la Cadena de TV Holandesa y la Federación de la Prensa Italiana.
Una decena de misiles guiados por láser impactaron el edificio de la televisora Serbia a las 2:30 de la madrugada, cuando aun no se apagaban los brindis y jolgorios por el 50 aniversario del nacimiento de la OTAN en Washington.
Diez periodistas y personal de apoyo resultaron muertos, y otros 20 desaparecidos, fue el resultado de lo que el canciller británico, Robin Cook, calificó con la alegría de un personaje kafkiano, de que "hemos atacado un medio que no era libre".
Matar periodistas no hace ganar las guerras, sostuvo la Federación Internacional de Periodistas (FIP), con sede en Bruselas, mientras que la Unión Europea de Radio y Televisión, lamentó cualquier intento de limitar, distorsionar o destruir el derecho a un completo servicio de información.
Lo absurdo de esa acción queda demostrado, ya que seis horas después, entre ruinas, continuó la televisora brindando sus servicios, que incluyen noticias provenientes del extranjero sobre el conflicto.
El periodista nace o se hace, nos preguntaba Mario Planet, pero en ese minuto nunca pensamos que entrábamos a una profesión de alto riesgo sin paracaídas, con la inocencia del oficio que comenzábamos a tutear con esos primeros debates. Nace, se hace y puede deshacerse en mil pedazos, más allá de su viejo compromiso entre las linotipias, máquinas de escribir o computadoras, o donde quiera que esté ejerciendo con honor a la verdad.
En esos años se nos inoculó el virus de la Etica y de la inconfundible pasión por la verdad, esa que no se rifa en un sorteo por los cargos, puestos o prebendas de ninguna naturaleza. El vicio de la verdad y a enfrentar la vida, de una manera transparente e inequívoca, porque el periodista es un servidor de la comunidad en tiempos de paz, pero también un servidor de su pueblo, en tiempos de guerra.
La kafkiana frase de Cook, de que hemos atacado un medio que no era libre, resume el absurdo de la guerra de la OTAN contra Yugoslavia, donde se ha actuado contra un país soberano sin consultar a las Naciones Unidas. Más de dos mil misiles se han arrojado contra esa pequeña nación de poco más de 100 mil kilómetros cuadrados y 10 millones de habitantes, sin que se hayan obtenido los resultados programados, y muy por el contrario, el problema de los kosovares se ha agravado.
Nadie puede estar de acuerdo ahora ni nunca, con la limpieza étnica, ni creer que sólo ha habido una en la Historia de la humanidad, pero una matanza no justifica, ni enmienda la otra. Los esclavos africanos, desaparecidos por decenas de millones desde la oscuridad de los tiempos, debieran de declarar la guerra mundial a Occidente, si esa fuera la solución a un problema ancestral de odios, pasiones, comercio y vergüenza universal.
Yugoslavia está en ruinas: unos 60 mil millones de dólares en destrucción, Milosevic continúa en el poder, sólo la pobre Albania recibe prácticamente a los albano-kosovares, más de 40 días después de iniciarse el conflicto; Europa y Occidente los observa con recelo y se prepara el Fondo Monetario Internacional (FMI) con el Banco Mundial, para hacer un inventario de la ruina y los despojos, si es que queda algo de los Balcanes, en las próximas semanas.
Los comentaristas internacionales conocedores de la problemática en los Balcanes, comienzan a dudar de la efectividad de los bombardeos, y han puesto en tela de juicio el éxito de la campaña, al exhibir el inútil y reprobable asesinato de periodistas en Belgrado.
Por ello, le hemos otorgado el máximo galardón de la prensa norteamericana a la OTAN, el Pulitzer, así como el Nobel del periodismo de habla inglesa.