Prensa y represión
Los acontecimientos de estos últimos días en Irán son una nueva demostración de lo que sucede en los regímenes absolutistas, en desmedro de la libertad de prensa.
Las fundadas sospechas de que, a favor del totalitario Mahmud Ajmadineyad, hubo fraude en las últimas elecciones han generado caudalosas manifestaciones públicas que piden nuevos comicios y que están siendo sofocadas con la dureza propia de aquel régimen camorrista y teocrático. Por su parte, el mencionado gobernante que pretende indefinida y dudosa reelección, tratando de ocultar lo que es palpitante prueba de insatisfacción popular ha dicho que “los disturbios son obra de los medios”. ¡Siempre la prensa como chivo expiatorio de los sátrapas!
Por cumplir su trabajo de informar lo que en verdad está ocurriendo en la tierra de los ayatolas, no pocos periodistas sufren arrestos y otras abusivas acciones intimidatorias. Es del caso recordar a esa valiente comunicadora que fue reducida a prisión acusada de querer comprar una botella de vino, después de no tener los papeles en regla y, finalmente, de estar cumpliendo labores de espionaje. Forjados y hasta inverosímiles argumentos esgrimen los autócratas para que no se conozca la verdad y se silencie al periodismo.
Se vuelve pertinente recordar que, en ese país y en los últimos años, se han cerrado 84 periódicos, se prohíbe libros como “Memorias de mis putas tristes” de García Márquez o películas como “Persépolis”, incluso el acceso a más de cinco millones de páginas web. Ese fundamentalismo es tan áspero que prosigue sometiendo a las mujeres a infamantes rigideces que llegan a la esclavitud, entre otras muestras de hechos que no han evolucionado desde hace diez siglos.
Reporteros sin Fronteras y Amnistía Internacional están denunciando la creciente censura que se ha desatado aún más en contra de los periodistas independientes, sobre todo extranjeros, por parte de las autoridades iraníes que les “invitan” a salir del país inmediatamente, cuando no los ponen tras las rejas. Esos intolerantes obstaculizan la cobertura mediática, inclusive con interferencias electrónicas. La orden suprema es que se conozca únicamente la “verdad” que proviene de quienes férreamente detentan el poder religioso y político. Los auténticos defensores de los Derechos Humanos y de la Libertad de Prensa están haciendo oír su voz de rechazo por estos intolerables atropellos.
En este punto, creo necesario mencionar, asimismo, a la Federación Internacional de Periodistas que declaró, terminantemente, que “en Irán la prensa no es libre”.
La paulatina infiltración de Irán en América Latina es una realidad, singularmente en las repúblicas gobernadas por el trivial Hugo Chávez y sus cofrades. ¿Cuáles son los verdaderos propósitos? ¿Será que se pretende en nuestras latitudes aplicar estas malas prácticas o sumarse a la guerra santa y hasta atómica que propugnan los seguidores del tristemente célebre Ayatola Ruhollah Khomeini que dictaba pena de muerte, hasta para extranjeros, acusándoles de infieles?
América Latina y el Caribe deben tomar muy en cuenta estas evidencias incontrastables y evitar que en sus territorios logren afianzarse repudiables procedimientos como los anotados o como aquellos que emanan del stalinismo que intentan implantar los dinosaurios ideológicos que no se resignan a la caída del Muro de Berlín, a pesar de que ya son dos décadas de que terminó la Guerra Fría.