Preocupados o ¿entrometidos?
Los límites que observan, o traspasan, los representantes diplomáticos, al opinar sobre situaciones internas del país donde están acreditados, dependen de varios factores: Uno, del grado de poder político del país que representan (algunos se sienten y actúan como procónsules); dos, de la manera en que el país donde está acreditado interpreta el ?principio de no intervención? que, aunque es generalmente aceptado ha perdido mucho de su significado y vigencia, los países defienden con diferentes grados de intensidad; y, tres, de las reacciones, favorables o adversas, de la comunidad nacional.
Las recientes manifestaciones del embajador Eaton sobre la justicia panameña, hechas con el deliberado propósito de producir efectos, tanto nacionales como internacionales, son un buen referente para examinarlas bajo los tres factores antes mencionados. El representante norteamericano, por serlo de una nación que ejerce un poder global por su condición de primera potencia política y militar, es obvio que como mucho de sus predecesores (algunos, en el pasado, han ido más lejos) se siente con derecho a emitir opiniones, que no se atrevería ni siquiera a pensar ?en alta voz?, en países como México o Brasil.
Frente al hecho consumado de las declaraciones, nuestras autoridades tienen dos conductas posibles: La primera, rechazarlas y recordar, cortés pero firmemente, al ?señor embajador?, los límites dentro de los cuales debe enmarcar su conducta; la segunda, reaccionar tibiamente; que sería un estímulo para que ese embajador, en particular, u otro cualquiera, se atrevan a cometer el mismo ?desliz?. La advertencia debe ser específica para indicar que si bien podríamos hasta agradecer ?legítimas preocupaciones?, expresadas privadamente y con el debido comedimiento, su ventilación pública no contribuye al buen clima de las relaciones bilaterales.
Un buen ejemplo de la actitud que correctamente corresponde asumir, son las declaraciones del recién electo presidente de la Corte Suprema de Justicia, el magistrado Harley James Mitchell. Y la Cancellería debiera imitarle. Y advertir al embajador en cuestión que ?sus preocupaciones? sobre la Justicia panameña pueden ser positivas ?y bien recibidas?, según cual sea la vía que escoja para expresarlas. Si son generales, bien puede exponerlas, ?como amigo?, mediante una gestión personal directa ante el Canciller; si son específicas y relacionadas con un caso concreto, entonces, debe hacerlo, observando rigurosamente las formalidades de las prácticas diplomáticas.
En cuanto a la conducta que han observado ciertos sectores de la sociedad panameña, son oportunas algunas consideraciones adicionales. Ningún bien nos hacen las reacciones ambivalentes, aupadas por intereses sectarios. No comparto, por ejemplo, que por intereses políticos particulares, se estimen como correctas actitudes que se considerarían intolerables si sus autores fueran diplomáticos de otros países.
Matizar los principios, por temor reverencial o para acomodarlos a aspectos circunstanciales implica el riesgo de comprometer valores más trascendentes, como son el respeto a la condición soberana de los Estados, que todas las naciones, grandes o pequeñas, tenemos el derecho y el deber de defender. ¡Ahora y siempre!