Presencia de Bolívar
Hoy se cumplen 171 años de la muerte de Simón Bolívar, a siete meses de la fecha en que la humanidad celebra el 218° aniversario de su nacimiento. Entre esos dos aniversarios, que corren de 1783 hasta 1830, se tiende el arco de una vida prodigiosa, sin duda la de mayor calado en la historia de las naciones latinoamericanas. Cabe realzar que en esta fecha no rendimos el tributo de admiración a la vida que fue sino a la vida que sigue siendo. O, en otras palabras, al Bolívar eterno, al Bolívar que es, en suma, el Bolívar actual, que vive en el corazón de nuestros pueblos y que sigue brillando como perenne estrella de libertad sobre la fragante geografía de nuestro Continente.
Muchos se preguntarán en qué consiste la actualidad de su figura. Y no es difícil responder. Sencillamente en que las faenas para las cuales conjugó la luz de su inteligencia visionaria y su revolucionaria vocación libertadora que conformaron su menester de "alfarero de repúblicas", sigue siendo un quehacer inconcluso, designio que no encuentra todavía cabal realización.
La unidad de la América Hispana, la libertad de los pueblos, la necesidad de gobiernos vigorosos y capaces de encauzar los impulsos y las energías que se desbordaban al romperse las coerciones del coloniaje, son los temas que examina en seis de sus trabajos fundamentales.
Son ellos: el Manifiesto de Cartagena, de 15 de diciembre de 1812; la Carta de Jamaica, de 6 de septiembre de 1815; el Discurso ante el Congreso de Angostura, de 15 de febrero de 1819; la Convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, formulada el 7 de diciembre de 1824; el Mensaje al Congreso Constituyente de Bolivia, de 25 de mayo de 1826, y el Mensaje al Congreso de la República de Colombia, de 20 de enero de 1830. Mediaron entre el primero y el último de estos escritos dieciocho años que, considerados en estricta suma cronológica, son menos que el promedio de una vida común, pero que, examinados en su contenido histórico, en la sucesión de hechos que los informan, cobran significación y dimensión sobrehumanamente épicas.
La carta del inglés Mr. Hyslop le ofrece a Bolívar la oportunidad de poner bajo nuevo examen sus experiencias y recoger en un todo orgánico, sus ideas en la Carta de Jamaica. Piensa, como le es suyo, en términos americanos. Y llevado por el ritmo y sentido de su discurso, se percata de que para saber lo que queremos o buscamos, precisa ante todo identificarnos. "¿Qué somos?, se pregunta. Y responde "No somos indios, ni europeos sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado".
No sólo plantea el problema de nuestra identificación, que todavía hoy constituye una cuestión sin respuesta respetable, sino la contradicción de que luchamos en nombre de derechos y concepciones políticas que no sólo no son producto de nuestra propia reflexión sino que tratamos de establecerlos frente a unas masas autóctonas a las cuales les resultan extraños. Con todo, piensa en la América que es una y que su liberación del coloniaje, es tarea de todos.
Ante el Congreso de Angostura Bolívar entrega "el poder supremo que se me había confiado" y ofrece su proyecto sobre la estructura del Estado. Recapitula hechos y experiencias, y reitera en su discurso conceptos que ya ha esbozado antes y que a esa hora se afirman en un diseño de líneas precisas.
La soberanía radica en el pueblo, la libertad es su correlato y su ejercicio proviene de tres poderes, el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Debe haber un poder moral que constituye un "modo efectivo de regenerar el carácter y las costumbres que la tiranía y la guerra no han dado". El gobierno tiene que ser estable, lo cual requiere capacidad para moderar la voluntad general y limitar la autoridad pública... a fin de que haya la menos frotación posible entre la voluntad y el poder legítimo". El mismo resume su concepción: "Un gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar bajo el imperio de leyes inexorables, la Igualdad y la Libertad".
El Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua y la Convención de Contingentes adoptados por el Congreso de Panamá en 1826, constituyen un monumento perenne al Libertador. Como decía Edouard Herriot en ocasión del centenario del Congreso, "Es deber nuestro recordar que aquella obra, aún imperfecta, ha precedido la obra reciente de la sociedad de las Naciones.
A nuestro entender, -concluía el gran estadista francés- la más alta gloria de Bolívar es haber querido estabilizar para siempre la paz, apoyándola en los principios del derecho y de la solidaridad universal del mundo".
La predilección de Bolívar por el Istmo de Panamá se refleja en la Carta de Jamaica cuando decía en 1815, "Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los Griegos."
Esta idea la profundiza en la carta que desde el Cuartel General del Ejército Libertador en Popayán le dirigió el 1 de febrero de 1822 al coronel José de Fábrega al decir:
"No me es posible expresar el sentimiento, gozo y admiración que he experimentado al saber que Panamá, centro del Universo, es regenerado por sí misma y libre por su propia virtud.
La Acta de Independencia de Panamá, es el monumento más glorioso que pueda ofrecer a la historia ninguna provincia americana. Todo está allí consultado, justicia, generosidad, política e interés nacional."
Esta visión universalista de Panamá la reafirma desde Lima el 7 de diciembre de 1824, dos días antes de la Batalla de Ayacucho, al señalar en la Convocatoria del Congreso de Panamá que "Parece que si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado, como está, en el centro del globo, viendo por una parte el Asia, y por la otra el ¡frica y la Europa."
El doctor José De la Cruz Herrera, en su biografía monumental del Libertador, plasmada en tres volúmenes acerca de la Epopeya Bolivariana, se impuso como panameño la tarea de divulgar la vida entera de Bolívar, como obligado tributo que al Padre de la Patria debe Panamá.
Quiso resaltar cuando debe la República panameña al hombre singular que con visión tan exacta y justa comprendió y vaticinó el papel preponderante del Istmo en los destinos de la humanidad.
Bolívar, el Libertador, el pensador, el filósofo, el revolucionario, el estadista, sigue viviendo en los corazones, en las mentes y en los espíritus de las nuevas generaciones del Continente que se nutren del genuino latinoamericanismo del Libertador y de su permanente lección de que "el arte de vencer se aprende en la derrota".
El ideario bolivariano constituye, a nuestro juicio, un código de conducta para los países latinoamericanos en sus relaciones con los Estados Unidos, con la Comunidad Económica Europea, con el Japón, con los países socialistas, con los países africanos, con los países del Asia, con Israel y los Estados ¡rabes y con el resto de la humanidad.
El Aniversario de la muerte del Libertador señala a los pueblos latinoamericanos la necesidad de que se promueva el reencuentro de la América Latina, que debe fomentar por todos los medios la consolidación de una personalidad colectiva, indispensable para ocupar el papel de primera línea que por derecho propio le corresponde en la nueva correlación de las fuerzas mundiales. Este es un compromiso histórico que las nuevas generaciones latinoamericanas reclaman.
Muchos se preguntarán en qué consiste la actualidad de su figura. Y no es difícil responder. Sencillamente en que las faenas para las cuales conjugó la luz de su inteligencia visionaria y su revolucionaria vocación libertadora que conformaron su menester de "alfarero de repúblicas", sigue siendo un quehacer inconcluso, designio que no encuentra todavía cabal realización.
La unidad de la América Hispana, la libertad de los pueblos, la necesidad de gobiernos vigorosos y capaces de encauzar los impulsos y las energías que se desbordaban al romperse las coerciones del coloniaje, son los temas que examina en seis de sus trabajos fundamentales.
Son ellos: el Manifiesto de Cartagena, de 15 de diciembre de 1812; la Carta de Jamaica, de 6 de septiembre de 1815; el Discurso ante el Congreso de Angostura, de 15 de febrero de 1819; la Convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, formulada el 7 de diciembre de 1824; el Mensaje al Congreso Constituyente de Bolivia, de 25 de mayo de 1826, y el Mensaje al Congreso de la República de Colombia, de 20 de enero de 1830. Mediaron entre el primero y el último de estos escritos dieciocho años que, considerados en estricta suma cronológica, son menos que el promedio de una vida común, pero que, examinados en su contenido histórico, en la sucesión de hechos que los informan, cobran significación y dimensión sobrehumanamente épicas.
La carta del inglés Mr. Hyslop le ofrece a Bolívar la oportunidad de poner bajo nuevo examen sus experiencias y recoger en un todo orgánico, sus ideas en la Carta de Jamaica. Piensa, como le es suyo, en términos americanos. Y llevado por el ritmo y sentido de su discurso, se percata de que para saber lo que queremos o buscamos, precisa ante todo identificarnos. "¿Qué somos?, se pregunta. Y responde "No somos indios, ni europeos sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado".
No sólo plantea el problema de nuestra identificación, que todavía hoy constituye una cuestión sin respuesta respetable, sino la contradicción de que luchamos en nombre de derechos y concepciones políticas que no sólo no son producto de nuestra propia reflexión sino que tratamos de establecerlos frente a unas masas autóctonas a las cuales les resultan extraños. Con todo, piensa en la América que es una y que su liberación del coloniaje, es tarea de todos.
Ante el Congreso de Angostura Bolívar entrega "el poder supremo que se me había confiado" y ofrece su proyecto sobre la estructura del Estado. Recapitula hechos y experiencias, y reitera en su discurso conceptos que ya ha esbozado antes y que a esa hora se afirman en un diseño de líneas precisas.
La soberanía radica en el pueblo, la libertad es su correlato y su ejercicio proviene de tres poderes, el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Debe haber un poder moral que constituye un "modo efectivo de regenerar el carácter y las costumbres que la tiranía y la guerra no han dado". El gobierno tiene que ser estable, lo cual requiere capacidad para moderar la voluntad general y limitar la autoridad pública... a fin de que haya la menos frotación posible entre la voluntad y el poder legítimo". El mismo resume su concepción: "Un gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar bajo el imperio de leyes inexorables, la Igualdad y la Libertad".
El Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua y la Convención de Contingentes adoptados por el Congreso de Panamá en 1826, constituyen un monumento perenne al Libertador. Como decía Edouard Herriot en ocasión del centenario del Congreso, "Es deber nuestro recordar que aquella obra, aún imperfecta, ha precedido la obra reciente de la sociedad de las Naciones.
A nuestro entender, -concluía el gran estadista francés- la más alta gloria de Bolívar es haber querido estabilizar para siempre la paz, apoyándola en los principios del derecho y de la solidaridad universal del mundo".
La predilección de Bolívar por el Istmo de Panamá se refleja en la Carta de Jamaica cuando decía en 1815, "Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los Griegos."
Esta idea la profundiza en la carta que desde el Cuartel General del Ejército Libertador en Popayán le dirigió el 1 de febrero de 1822 al coronel José de Fábrega al decir:
"No me es posible expresar el sentimiento, gozo y admiración que he experimentado al saber que Panamá, centro del Universo, es regenerado por sí misma y libre por su propia virtud.
La Acta de Independencia de Panamá, es el monumento más glorioso que pueda ofrecer a la historia ninguna provincia americana. Todo está allí consultado, justicia, generosidad, política e interés nacional."
Esta visión universalista de Panamá la reafirma desde Lima el 7 de diciembre de 1824, dos días antes de la Batalla de Ayacucho, al señalar en la Convocatoria del Congreso de Panamá que "Parece que si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado, como está, en el centro del globo, viendo por una parte el Asia, y por la otra el ¡frica y la Europa."
El doctor José De la Cruz Herrera, en su biografía monumental del Libertador, plasmada en tres volúmenes acerca de la Epopeya Bolivariana, se impuso como panameño la tarea de divulgar la vida entera de Bolívar, como obligado tributo que al Padre de la Patria debe Panamá.
Quiso resaltar cuando debe la República panameña al hombre singular que con visión tan exacta y justa comprendió y vaticinó el papel preponderante del Istmo en los destinos de la humanidad.
Bolívar, el Libertador, el pensador, el filósofo, el revolucionario, el estadista, sigue viviendo en los corazones, en las mentes y en los espíritus de las nuevas generaciones del Continente que se nutren del genuino latinoamericanismo del Libertador y de su permanente lección de que "el arte de vencer se aprende en la derrota".
El ideario bolivariano constituye, a nuestro juicio, un código de conducta para los países latinoamericanos en sus relaciones con los Estados Unidos, con la Comunidad Económica Europea, con el Japón, con los países socialistas, con los países africanos, con los países del Asia, con Israel y los Estados ¡rabes y con el resto de la humanidad.
El Aniversario de la muerte del Libertador señala a los pueblos latinoamericanos la necesidad de que se promueva el reencuentro de la América Latina, que debe fomentar por todos los medios la consolidación de una personalidad colectiva, indispensable para ocupar el papel de primera línea que por derecho propio le corresponde en la nueva correlación de las fuerzas mundiales. Este es un compromiso histórico que las nuevas generaciones latinoamericanas reclaman.