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Presidencia bicéfala


Hay muchas razones por las cuales un Presidente de la República no debe ser, a la vez, presidente de un partido político. Y viceversa. Excepto si él o ella decide no ejercer a cabalidad las funciones y responsabilidades que le exige cada una de esas posiciones; en ese caso, uno de los dos resultaría irremediablemente perjudicado: o el gobierno o el partido.
Llegué a esta conclusión cuando era Presidente de la República en 1991, después de tres semanas de angustiosa meditación. En esa ocasión, con motivo de la próxima celebración de la Convención Constitutiva del Partido Arnulfista en Penonomé, todos los más altos y representativos dirigentes del partido --entre ellos, lo que luego resultaron ser los dos candidatos a la presidencia del partido en Penonomé, Mireya Moscoso y Francisco Artola-- me ofrecieron un apoyo total si les permitía lanzar mi candidatura a Presidente del Partido Arnulfista. Debo confesar que una iniciativa así resultaba, en lo personal, tentadora y es una distinción muy estimulante al ego; sin embargo, hubo factores mucho más importantes que tuve que sopesar para terminar declinando ofrecimiento que se me hizo en aquella oportunidad.
En efecto, las responsabilidades del Presidente de la República son muy complejas y absorbentes, sobretodo en un sistema presidencialista como el nuestro. El pulso de la nación se puede acelerar, disminuir o detener, al ritmo de sus acciones u omisiones. Así, nuestra Constitución le asigna al Presidente treinta y dos atribuciones específicas que debe ejercer ora él solo, ora en compañía del Ministro respectivo, ora con todos sus ministros en Consejo de Gabinete. Algunas de esas funciones ilustran el papel importantísimo que esta persona desempeña en la vida nacional: como primer administrador, le corresponde coordinar la labor de toda la administración pública y velar por la conservación del orden público; como estadista, le corresponde trabajar en armónica colaboración con el "rgano Legislativo, velar por el exacto cumplimiento de las leyes y diseñar y dirigir la política de nuestras relaciones exteriores; como factor económico de primer orden, le corresponde negociar y contratar empréstitos y organizar el crédito público.
Como se puede apreciar de esta breve enumeración, a título de ejemplo, las acciones u omisiones del Presidente impactan la vida diaria de la nación y de cada uno de los ciudadanos. Ya se trate de la calidad de los servicios públicos; de la tranquilidad y seguridad personal de la población y sus bienes; de los beneficios que podamos derivar de nuestras relaciones con otros países; de la promoción de buenas leyes que redunden en el progreso del país en un ambiente de seguridad jurídica; o del manejo de la deuda pública y la incidencia del costo del dinero en el desarrollo de actividades productivas del sector privado que reduzcan el desempleo, sus acciones u omisiones nos afectan a todos. Cada una de estas funciones, por sí sola, exige una gran dedicación y el más profundo análisis y reflexión que le permita al Presidente tomar sus decisiones sobre la base de la mejor alternativa. Este es un trabajo de todo el día y de todos los días. Para eso es Presidente de todos los panameños, de costa a costa y de frontera a frontera, sin distingos de banderías políticas.
Por su lado, la presidencia de un partido político, a menos que sea un título meramente honorífico como la de algunos monarcas europeos modernos, demanda la presencia permanente de su titular en contacto con los diferentes estamentos del partido y de sus bases. Si el partido dirige el gobierno y está en posición de poder, le corresponde asegurar que los principios doctrinales que lo informan sean promovidos y respetados y, además, que la oferta electoral que propuso a la ciudadanía no languidezca como promesa vacía para convertirse en una frustración ciudadana que castigue al partido en un futuro torneo electoral.
Para lograr ese propósito, el presidente del Partido Arnulfista debe preocuparse porque haya una comunicación fluida y constante desde, y hacia, todos los niveles de la organización. Mantener actualizada la doctrina del partido y defenderla a capa y espada; cuidar el entusiasmo de la militancia política y aumentarla con sangre nueva y genuina, y no oportunista; fomentar la democracia interna y saber tolerar con sincero respeto los diferentes puntos de vista dentro del partido; lograr consensos de opinión para la acción partidista, consciente de que la Voz del Pueblo es la Voz de Dios --- no son actividades que se promueven solamente cada cinco años con vistas a la campaña electoral. Por el contrario, son acciones cuya realización sin descanso ni tregua compete al presidente del partido todo el tiempo, de manera permanente, constante, diaria.
Para eso es presidente de ese grupo de panameños que compartimos la misma ideología y que nos hemos afiliado a un partido político con el propósito de lograr Un Panamá Mejor.
Flaco favor le hace a la nación quien aspire a presidirla, si esa persona no está dispuesta a entregarse en cuerpo y alma a la tarea de gobernar o no dispone del tiempo necesario para hacerlo. Flaco favor le hace al Partido Arnulfista quien aspire a presidirlo bajo iguales condiciones. No hay término medio. No hay espacio para presidencias bicéfalas en el Panamá del siglo XXI, porque no es justo ni con el pueblo que clama por soluciones ni con la membresía del partido que merece respeto.
Por esas consideraciones, y muchas otras, decliné en 1991 a esas aspiraciones. Hoy, diez años más tarde, esas consideraciones mantienen su validez porque se trata de una cuestión de principio y, como tal, no admite dobleces ni excepciones.

101 años de Panamá América

 
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