Presidencialismo tradicional, un peligro
En los últimos dos períodos presidenciales hemos asistido al ejercicio del poder político de forma autocrática. Es un hecho que los gobernantes de los últimos dos períodos han demostrado una concepción del poder presidencial caracterizado por un hermetismo intelectual y una carencia de principios. La construcción democrática del país se ha detenido y, en el peor de los casos, ha retrocedido. El presidencialismo que nos gobierna enferma a la Nación y destruye aquella cierta idea que todos nos hacemos de lo que debiera ser la República, en detrimento de un sistema político que permita la coexistencia pacífica y armónica de los ciudadanos en igualdad de condiciones y bajo principios de solidaridad, equidad, tolerancia, respeto de los derechos ajenos y el reconocimiento de méritos.
La concepción de una democracia republicana que permita la participación del ciudadano en la toma y ejecución de las decisiones, está definitivamente descartada dentro del sistema vigente. En efecto, el presidencialismo panameño permite que el poder político sea ejercido de la manera que más le complace, a quien llega al Palacio de las Garzas, descartando la debida separación de los poderes públicos. Según la persona, tendremos un mejor o un peor gobierno, sin posibilidades de rectificar la actuación, sin posibilidad de revocar el mandato; imposibilidad que se ha manifestado con mayor profundidad frente a los bochornosos escándalos que nacen y giran alrededor de las instituciones públicas y de nuestros gobernantes, del nepotismo y la corrupción, donde se ha hecho imposible un cambio de cualquier tipo, como si durante cinco años los dirigentes fueran inamovibles luego de haber recibido, no un mandato, sino conquistado un reino. De esta realidad podríamos extraer inicialmente dos conclusiones: La primera es que la crisis del presidencialismo panameño pone en riego la existencia de la República y, sobre todo, de la democracia, entendida como un sistema de gobierno que permite la participación del pueblo en la toma y ejecución de las decisiones, las cuales se han venido tomando y ejecutando, no sólo sin la opinión del pueblo, sino en contra de ella. La segunda consiste en que los abusos del poder rompen la disciplina republicana, destruyen sus valores y permiten el desmantelamiento de la estructura política conscientemente, en especial, a favor de intereses contradictorios con la verdadera razón de existir del Estado Republicano. La confianza y la credibilidad de las instituciones son las principales víctimas de tal situación.
La inconsistencia del discurso oficial, la ausencia de moral política, el caos y la cacofonía, la instalación de la Asamblea en medio de los carnavales en Santiago de Veraguas, en contradicción abierta con la Carta Magna, son manifestaciones de aquel sistema arcaico que se alimenta como ave de rapiña, de los restos de la Nación. Peor aún, la profunda crisis del presidencialismo panameño se refleja en la proliferación desmedida de privilegios, en la creciente corrupción, en el nacimiento de los falsos "subsidios" aprobados a favor de grandes empresas o de grupos limitados de personas, por la aprobación de la discriminatoria e inconstitucional reforma tributaria
Las estructuras nacionales que deberían estar dirigidas al bienestar común, ahora están encaminadas a la satisfacción de intereses individuales o de un minúsculo grupo de individuos afectos al gobierno de turno, lo que representa un retroceso del desarrollo histórico. La Revolución Francesa de 1789 se dio para la eliminación de los privilegios de la aristocracia, aquí en Panamá los estamos restaurando. ¡Aprendamos la lección!
La miseria humana prolifera, se multiplica y se expande, carcomiendo nuestra ya debilitada creencia en un Panamá mejor, propulsada, sobre todo, por la demagogia y el oportunismo que se recicla. Esperamos, finalmente, que el próximo torneo electoral nos permita tener mejores y distintos gobernantes que propongan más que su compasión, un verdadero cambio, un proyecto de Nación distinto al que hemos venido sufriendo. Necesitamos estadistas comprobados con ánimos de cambio que rompan el continuismo y el monopolio del bipartidismo, necesitamos que nos regresen al siglo XXI. El progreso no se detiene, el atraso tiene su costo y los excluidos no esperan. Reducir la fractura social pasa necesariamente por la transformación de la República, por la aplicación de una cierta disciplina republicana y por la igualdad de oportunidades. Busquemos a quien se comprometa en hacerlo.
El 17 de marzo recién pasado, la Presidenta dio otro paso en contra de la neutralidad del país, al firmar junto con los presidentes de El Salvador, Honduras y Nicaragua un comunicado de apoyo a la posición política del Presidente Bush con respecto a Irak. En su decisión, la Presidenta no tomó en cuenta que Guatemala y Costa Rica, países de nuestra subregión no firmaron el documento. No le dio importancia al hecho de que ninguno de los países grandes latinoamericanos, incluyendo los dos que representan a nuestra región en el Consejo de Seguridad, apoyó la posición norteamericana. No valoró el hecho de que los dos países vecinos de los EU, México y Canadá, con los cuales tiene las relaciones comerciales más fuertes e incluso un tratado de libre comercio, no han compartido su política en este caso. No prestó atención a la más alta autoridad espiritual, por lo menos del mundo occidental, S.S. Juan Pablo II, quien se ha pronunciado contundentemente contra esta guerra. El coraje moral de los Obispos de EU al considerar que la guerra en Irak no satisfacía las exigencias de una guerra justa, no la impresionó. Y no le preocupó el daño que la postura norteamericana le hace a la Organización de las Naciones Unidas, aunque para una país pequeño como el nuestro es una de las pocas garantías que tenemos de no vivir internacionalmente bajo la ley de la selva, sino en un entorno que posee jirones de civilización.
Con estos actos la Presidenta y sus ministros de Relaciones Exteriores han desechado de manera cada vez más manifiesta el compromiso de orientar la política exterior de Panamá hacia la neutralidad activa de todo nuestro país. Lo han hecho sin siquiera sentir la necesidad, puesto que se trata de una política de Estado avalada por todos los partidos políticos del país, de reunir a los partidos y proporcionarles una explicación.
Debemos tener claras las consecuencias de esta grave incoherencia de la política exterior del Gobierno. Habiendo eliminado constitucionalmente todo ejército y, aunque tuviéramos un ejército, no teniendo la economía para dotarnos de armamento moderno para defender nuestro Canal y nuestro país militarmente, sólo quedan dos caminos para lograr nuestra seguridad: o nos declaramos neutrales y practicamos la neutralidad, mientras nos esforzamos diplomáticamente porque el hecho sea reconocido por la comunidad internacional, o podemos caer en la tentación de colocarnos bajo la protección militar de alguna gran potencia, al costo de nuestra real independencia y soberanía, y en condiciones en las cuales puede renacer una voluntad de remilitarización parcial o total. Quienes no trabajen a favor de la neutralidad están buscando, aún si ésta no su intención, una condición de dependencia militar de otro Estado que nos proteja, comprometiendo así nuestra soberanía, e igualmente están preparando la opinión pública para que tolere alguna forma de remilitarización.
Para continuar siendo una República realmente independiente y desmilitarizada, tenemos que trabajar para llegar a ser una República verdaderamente neutral.
(ariyan@sinfo.net)
La concepción de una democracia republicana que permita la participación del ciudadano en la toma y ejecución de las decisiones, está definitivamente descartada dentro del sistema vigente. En efecto, el presidencialismo panameño permite que el poder político sea ejercido de la manera que más le complace, a quien llega al Palacio de las Garzas, descartando la debida separación de los poderes públicos. Según la persona, tendremos un mejor o un peor gobierno, sin posibilidades de rectificar la actuación, sin posibilidad de revocar el mandato; imposibilidad que se ha manifestado con mayor profundidad frente a los bochornosos escándalos que nacen y giran alrededor de las instituciones públicas y de nuestros gobernantes, del nepotismo y la corrupción, donde se ha hecho imposible un cambio de cualquier tipo, como si durante cinco años los dirigentes fueran inamovibles luego de haber recibido, no un mandato, sino conquistado un reino. De esta realidad podríamos extraer inicialmente dos conclusiones: La primera es que la crisis del presidencialismo panameño pone en riego la existencia de la República y, sobre todo, de la democracia, entendida como un sistema de gobierno que permite la participación del pueblo en la toma y ejecución de las decisiones, las cuales se han venido tomando y ejecutando, no sólo sin la opinión del pueblo, sino en contra de ella. La segunda consiste en que los abusos del poder rompen la disciplina republicana, destruyen sus valores y permiten el desmantelamiento de la estructura política conscientemente, en especial, a favor de intereses contradictorios con la verdadera razón de existir del Estado Republicano. La confianza y la credibilidad de las instituciones son las principales víctimas de tal situación.
La inconsistencia del discurso oficial, la ausencia de moral política, el caos y la cacofonía, la instalación de la Asamblea en medio de los carnavales en Santiago de Veraguas, en contradicción abierta con la Carta Magna, son manifestaciones de aquel sistema arcaico que se alimenta como ave de rapiña, de los restos de la Nación. Peor aún, la profunda crisis del presidencialismo panameño se refleja en la proliferación desmedida de privilegios, en la creciente corrupción, en el nacimiento de los falsos "subsidios" aprobados a favor de grandes empresas o de grupos limitados de personas, por la aprobación de la discriminatoria e inconstitucional reforma tributaria
Las estructuras nacionales que deberían estar dirigidas al bienestar común, ahora están encaminadas a la satisfacción de intereses individuales o de un minúsculo grupo de individuos afectos al gobierno de turno, lo que representa un retroceso del desarrollo histórico. La Revolución Francesa de 1789 se dio para la eliminación de los privilegios de la aristocracia, aquí en Panamá los estamos restaurando. ¡Aprendamos la lección!
La miseria humana prolifera, se multiplica y se expande, carcomiendo nuestra ya debilitada creencia en un Panamá mejor, propulsada, sobre todo, por la demagogia y el oportunismo que se recicla. Esperamos, finalmente, que el próximo torneo electoral nos permita tener mejores y distintos gobernantes que propongan más que su compasión, un verdadero cambio, un proyecto de Nación distinto al que hemos venido sufriendo. Necesitamos estadistas comprobados con ánimos de cambio que rompan el continuismo y el monopolio del bipartidismo, necesitamos que nos regresen al siglo XXI. El progreso no se detiene, el atraso tiene su costo y los excluidos no esperan. Reducir la fractura social pasa necesariamente por la transformación de la República, por la aplicación de una cierta disciplina republicana y por la igualdad de oportunidades. Busquemos a quien se comprometa en hacerlo.
El 17 de marzo recién pasado, la Presidenta dio otro paso en contra de la neutralidad del país, al firmar junto con los presidentes de El Salvador, Honduras y Nicaragua un comunicado de apoyo a la posición política del Presidente Bush con respecto a Irak. En su decisión, la Presidenta no tomó en cuenta que Guatemala y Costa Rica, países de nuestra subregión no firmaron el documento. No le dio importancia al hecho de que ninguno de los países grandes latinoamericanos, incluyendo los dos que representan a nuestra región en el Consejo de Seguridad, apoyó la posición norteamericana. No valoró el hecho de que los dos países vecinos de los EU, México y Canadá, con los cuales tiene las relaciones comerciales más fuertes e incluso un tratado de libre comercio, no han compartido su política en este caso. No prestó atención a la más alta autoridad espiritual, por lo menos del mundo occidental, S.S. Juan Pablo II, quien se ha pronunciado contundentemente contra esta guerra. El coraje moral de los Obispos de EU al considerar que la guerra en Irak no satisfacía las exigencias de una guerra justa, no la impresionó. Y no le preocupó el daño que la postura norteamericana le hace a la Organización de las Naciones Unidas, aunque para una país pequeño como el nuestro es una de las pocas garantías que tenemos de no vivir internacionalmente bajo la ley de la selva, sino en un entorno que posee jirones de civilización.
Con estos actos la Presidenta y sus ministros de Relaciones Exteriores han desechado de manera cada vez más manifiesta el compromiso de orientar la política exterior de Panamá hacia la neutralidad activa de todo nuestro país. Lo han hecho sin siquiera sentir la necesidad, puesto que se trata de una política de Estado avalada por todos los partidos políticos del país, de reunir a los partidos y proporcionarles una explicación.
Debemos tener claras las consecuencias de esta grave incoherencia de la política exterior del Gobierno. Habiendo eliminado constitucionalmente todo ejército y, aunque tuviéramos un ejército, no teniendo la economía para dotarnos de armamento moderno para defender nuestro Canal y nuestro país militarmente, sólo quedan dos caminos para lograr nuestra seguridad: o nos declaramos neutrales y practicamos la neutralidad, mientras nos esforzamos diplomáticamente porque el hecho sea reconocido por la comunidad internacional, o podemos caer en la tentación de colocarnos bajo la protección militar de alguna gran potencia, al costo de nuestra real independencia y soberanía, y en condiciones en las cuales puede renacer una voluntad de remilitarización parcial o total. Quienes no trabajen a favor de la neutralidad están buscando, aún si ésta no su intención, una condición de dependencia militar de otro Estado que nos proteja, comprometiendo así nuestra soberanía, e igualmente están preparando la opinión pública para que tolere alguna forma de remilitarización.
Para continuar siendo una República realmente independiente y desmilitarizada, tenemos que trabajar para llegar a ser una República verdaderamente neutral.
(ariyan@sinfo.net)