¡Presidente, siempre la verdad!
EL MÁS caracterizado de los presidentes de los Estados Unidos de América -Abraham Lincoln- dijo en ocasión memorable: "Diga al pueblo la verdad de los hechos y la nación estará salvada". Y en efecto, así siempre lo hizo. Lincoln no se apartó un solo momento del deber de cumplir con esa máxima de estadista durante su gobierno, a pesar de las muchas dificultades que tuvo que afrontar, entre otras, el conflicto que ensangrentó el suelo norteamericano (la guerra civil) que, al final, como reza la famosa "Oración de Gettysburg", logró consolidar el principio de unidad nacional (material y espiritual) de que aún goza la Gran Nación norteamericana.
No cabe duda de que, en la persona de Abraham Lincoln, se manifestaba una natural combinación de pobreza material y riqueza moral y espiritual que era el fundamento de los aprecios y respeto que crecían día a día alrededor de su nombre. Fue así, poco a poco, con la lentitud privativa de la virtud acrisolada, como se formó una personalidad tan vigorosa. Su ejemplo cuenta, hoy como ayer, entre los mejores valores que pueda exhibir una comunidad de ciudadanos útiles y probos.
Lincoln mantuvo el derecho de todo hombre a ser libre y el 1 de enero de 1863 proclamó la emancipación de los esclavos. Fue, además, firme creyente de que la democracia es cualidad esencial para el desarrollo de una humanidad consciente de su unidad con el Creador, y por lo mismo, también fue instrumento capaz de moldear al hombre hacia ese magnífico destino, en que la felicidad, la justicia y la libertad no dependen de un solo hombre ni de una sola idea impuesta a contrapelo de la opinión mayoritaria de un país.
Más de medio siglo después de Lincoln, el gran filósofo y escritor argentino -José Ingenieros- escribió: "La verdad es la más temida de las fuerzas revolucionarias; los pequeños motines se fraguan con armas de soldados, las grandes revoluciones se hacen con doctrinas de pensadores. Todos los que han pretendido eternizar una injusticia, en cualquier tiempo y lugar, han temido menos a los conspiradores políticos que a los heraldos de la verdad, porque ésta, pensada, hablada, escrita, contagiada, produce en los pueblos cambios más profundos que la violencia. Ella -siempre perseguida, siempre invencible- es el más eficaz instrumento de redención moral que se ha conocido en la historia de la humanidad".
Señor Presidente, Martín Torrijos Espino, el mejor ejemplo es el de Abraham Lincoln: diga siempre la verdad a su pueblo, y tenga a ésta como su mejor amiga, su mejor aliada, sobre todo en función de gobierno. Porque hoy día, el difícil arte de gobernar constituye una escuela de cuyo seno egresan sólo tres unidades de gobernante: el mediocre (anodino, abúlico), el corrupto (perverso, abyecto, canalla) y el estadista (verdadero servidor de la nación). Los mediocres son el común denominador por insignificantes, ineficaces e incapaces, y por aquello de que son muy dados a la mala política de "dejar hacer". Por eso los pueblos sólo los recuerdan cuando por necesidad tienen que repasar la galería cronológica de los que fueron sus mandatarios.
Los corruptos, son aquellos que, una vez elegidos, les dan la espalda al pueblo que los eligió; declaran a la verdad como su peor enemigo y se aprovechan del poder para servirse junto con su familia y sus amigos más allegados (corrupción), condenando infortunadamente a sus pueblos, a una situación cada día más miserable, más paupérrima y más caótica. Ejemplo de ellos hay muchos: Carlos Salinas de Gortari, de México, Jorge Serrano Elías, de Guatemala, Arnoldo Alemán, de Nicaragua; Miguel Ángel Rodríguez y Rafael Angel Calderón, de Costa Rica, Isabelita Perón, de Argentina, y Mireya Moscoso, de Panamá para mencionar sólo algunos. Costa Rica, sin embargo, ha dado una lección contra los corruptos.
Los estadistas son otra clase de gobernantes. Por naturaleza y por vocación de servicio, el estadista no puede dejar de comprender la íntima relación que existe entre lo político y lo social. Y es que en la combinación de ciencia y arte que es la verdadera política, se exhibe la diferencia esencial que hay entre los hombres secundarios y los hombres superiores. Muy pocos son los hombres (y mujeres) que buscan siempre a través de la política, la manera de ennoblecer su vida y materializar sus más puras ilusiones. Pero sí lo hizo realidad Abraham Lincoln en los Estados Unidos de América; Benito Juárez en México; Domingo Faustino Sarmiento en Argentina; Belisario Porras en Panamá; Juan José Arévalo en Guatemala y Alvaro Uribe en Colombia. Todos ellos demostraron vocación de sacrificio trabajando incansablemente por el engrandecimiento de sus respectivas patrias. Sus pueblos fueron el centro de su atención y a ellos dedicaron lo mejor de su talento, de su voluntad y de sus fuerzas.
No cabe duda de que, en la persona de Abraham Lincoln, se manifestaba una natural combinación de pobreza material y riqueza moral y espiritual que era el fundamento de los aprecios y respeto que crecían día a día alrededor de su nombre. Fue así, poco a poco, con la lentitud privativa de la virtud acrisolada, como se formó una personalidad tan vigorosa. Su ejemplo cuenta, hoy como ayer, entre los mejores valores que pueda exhibir una comunidad de ciudadanos útiles y probos.
Lincoln mantuvo el derecho de todo hombre a ser libre y el 1 de enero de 1863 proclamó la emancipación de los esclavos. Fue, además, firme creyente de que la democracia es cualidad esencial para el desarrollo de una humanidad consciente de su unidad con el Creador, y por lo mismo, también fue instrumento capaz de moldear al hombre hacia ese magnífico destino, en que la felicidad, la justicia y la libertad no dependen de un solo hombre ni de una sola idea impuesta a contrapelo de la opinión mayoritaria de un país.
Más de medio siglo después de Lincoln, el gran filósofo y escritor argentino -José Ingenieros- escribió: "La verdad es la más temida de las fuerzas revolucionarias; los pequeños motines se fraguan con armas de soldados, las grandes revoluciones se hacen con doctrinas de pensadores. Todos los que han pretendido eternizar una injusticia, en cualquier tiempo y lugar, han temido menos a los conspiradores políticos que a los heraldos de la verdad, porque ésta, pensada, hablada, escrita, contagiada, produce en los pueblos cambios más profundos que la violencia. Ella -siempre perseguida, siempre invencible- es el más eficaz instrumento de redención moral que se ha conocido en la historia de la humanidad".
Señor Presidente, Martín Torrijos Espino, el mejor ejemplo es el de Abraham Lincoln: diga siempre la verdad a su pueblo, y tenga a ésta como su mejor amiga, su mejor aliada, sobre todo en función de gobierno. Porque hoy día, el difícil arte de gobernar constituye una escuela de cuyo seno egresan sólo tres unidades de gobernante: el mediocre (anodino, abúlico), el corrupto (perverso, abyecto, canalla) y el estadista (verdadero servidor de la nación). Los mediocres son el común denominador por insignificantes, ineficaces e incapaces, y por aquello de que son muy dados a la mala política de "dejar hacer". Por eso los pueblos sólo los recuerdan cuando por necesidad tienen que repasar la galería cronológica de los que fueron sus mandatarios.
Los corruptos, son aquellos que, una vez elegidos, les dan la espalda al pueblo que los eligió; declaran a la verdad como su peor enemigo y se aprovechan del poder para servirse junto con su familia y sus amigos más allegados (corrupción), condenando infortunadamente a sus pueblos, a una situación cada día más miserable, más paupérrima y más caótica. Ejemplo de ellos hay muchos: Carlos Salinas de Gortari, de México, Jorge Serrano Elías, de Guatemala, Arnoldo Alemán, de Nicaragua; Miguel Ángel Rodríguez y Rafael Angel Calderón, de Costa Rica, Isabelita Perón, de Argentina, y Mireya Moscoso, de Panamá para mencionar sólo algunos. Costa Rica, sin embargo, ha dado una lección contra los corruptos.
Los estadistas son otra clase de gobernantes. Por naturaleza y por vocación de servicio, el estadista no puede dejar de comprender la íntima relación que existe entre lo político y lo social. Y es que en la combinación de ciencia y arte que es la verdadera política, se exhibe la diferencia esencial que hay entre los hombres secundarios y los hombres superiores. Muy pocos son los hombres (y mujeres) que buscan siempre a través de la política, la manera de ennoblecer su vida y materializar sus más puras ilusiones. Pero sí lo hizo realidad Abraham Lincoln en los Estados Unidos de América; Benito Juárez en México; Domingo Faustino Sarmiento en Argentina; Belisario Porras en Panamá; Juan José Arévalo en Guatemala y Alvaro Uribe en Colombia. Todos ellos demostraron vocación de sacrificio trabajando incansablemente por el engrandecimiento de sus respectivas patrias. Sus pueblos fueron el centro de su atención y a ellos dedicaron lo mejor de su talento, de su voluntad y de sus fuerzas.