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Presunto culpable según los medios


Diego Pastrana fue condenado en la plaza pública antes de que pudiera defenderse. El joven de 24 años fue detenido en España como supuesto autor de la muerte y violación de un bebé de tres años, la hija de su compañera sentimental. Un informe médico que luego resultó ser erróneo le hacía responsable del fallecimiento de la pequeña, de las contusiones que tenía en su cuerpo.

Durante los interrogatorios policiales defendió su inocencia, pero los agentes que le tomaban declaración no le dieron ninguna credibilidad. El informe médico y la acusación contra Diego fueron filtradas a los medios.

Cuando horas más tarde fue trasladado a los juzgados, ya había cámaras de televisión esperando para grabarle y vecinos de la mencionada localidad prestos a llamarle “sinvergüenza”, “bandido” y otras lindezas. Ante el juez, reiteró su inocencia y solicitó un informe del forense para demostrarlo. Mientras tanto, su compañera, que acababa de perder a su hija, le defendía como una persona ejemplar ante los pocos periodistas que le hacían preguntas.

Sin embargo, la fotografía de Diego, el rostro de un hombre abatido y destrozado, ya se había extendido como la pólvora por los medios digitales y los noticieros de televisión.

A la mañana siguiente, su rostro aparecía en la portada de diarios nacionales y regionales junto a titulares que lo calificaban como “asesino” o “monstruo”, sin ‘presuntos’ ni ‘supuestos’ al lado.

Pasadas unas horas, la autopsia del forense revelaba que la niña había fallecido como consecuencia de un traumatismo craneoencefálico que se había producido días antes al caerse de un tobogán y que las marcas que había en su cuerpo eran fruto de una reacción alérgica a una pomada. Diego era absuelto por las autoridades judiciales ese mismo día, pero ya se había convertido en la última víctima de la ‘pena del telediario’, una condena psicológica difícil de borrar.

Su caso deja en evidencia la falta de rigor informativo y la voracidad por la imagen de algunos medios, una enraizada falta de respeto por la presunción de inocencia en la sociedad y la ausencia de un protocolo policial que garantice la protección de la imagen e identidad de los detenidos.

Los responsables de algunos de los diarios que fueron más crueles con Diego se escudaron en que su fuente (el informe de los médicos) les había “traicionado” y justificaron la publicación de su foto, nombre y apellidos en el interés informativo de una “noticia” de tales dimensiones.

No sólo es cuestión de limitar el acceso de los medios a la imagen de los detenidos, sino de respetar la inocencia de las personas hasta que se demuestre lo contrario, y no al revés. El caso de Diego debe instarnos a respetar la inocencia de cualquiera hasta que se produzca el fallo judicial. Mantener la responsabilidad por encima de sospechas es tarea de todos. ¿O hemos olvidado aquellos tiempos en que las hogueras ardían con los cuerpos de “presuntas” brujas?

101 años de Panamá América

 
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