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Previsión contra desastres naturales


Los últimos desastres naturales acaecidos en Coclé y otros puntos del país, con lamentable saldo de siete muertes, centenares de damnificados y millones de balboas en pérdidas materiales, incluyendo la destrucción de puentes y varios kilómetros de vías, fuera de los daños a viviendas y enseres, nos vuelve a recordar que frente a este tipo de siniestro, no hacemos más que reaccionar y no prevenir.
A inicios de la presente década, tuvimos en Bocas del Toro un terremoto de respetable magnitud, que causó daños considerables; y por esa misma época, un tornado derribó una fábrica en Juan Díaz, cuando todos creíamos que Panamá no era zona expuesta a este tipo de fenómeno atmosférico. Y es más, por demasiado tiempo prevaleció la absurda creencia de que nuestro país era una especie de paraíso libre de desastres, por una bendición divina. Pues no es así.
A pocos kilómetros de la ciudad de Panamá, yace bajo las tranquilas aguas del Pacífico, una peligrosa falla, tan pronunciada como la de California. Y unos kilómetros más hacia el oeste, al sur de Chiriquí, hay otra mayor, que se interna en tierra firme. La corteza terrestre panameña semeja la cáscara de un huevo cocido totalmente cuarteado, pudiendo cada una de esas fisuras provocar un desastre en cualquier momento.
En fin, la idea es destacar que no estamos libres de desastres naturales, por lo que procede que, cuanto antes, tomemos medidas para prevenirlos y para hacer frente a sus consecuencias inevitables, una vez acontezcan. En el primer aspecto, se impone ser más rigurosos en la exigencia de estructuras antisísmicas, sobre todo en las construcciones mayores. En el mismo sentido, ha de restringirse las edificaciones en las riberas de ríos y arroyos, y con mayor razón, en la proximidad de los mares, así como al pie y a la orilla de precipicios y pendientes susceptibles de sufrir deslizamientos.
En cuanto a la reacción frente al siniestro, debemos hacer como México, esto es, contar con un fondo anual antidesastres que se vaya incrementando con partidas oficiales cada vez, y cuyo manejo esté a cargo de un organismo gubernamental, a condición de que no se gaste un centavo en planillas ni equipos, y cuya responsabilidad sea administrarlo eficientemente y multiplicarlo, además de usarlo exclusivamente en situaciones de desastres masivos y no en necesidades aisladas.
En la actual tragedia que la aqueja, México lleva consumida la mitad de sus reservas antidesastres, que obviamente no van a alcanzar, y que requerirán ayuda internacional. Pero el hecho es que tienen los fondos y nosotros debemos hacer igual.
Lo que es absurdo, es esperar que el pobre Sistema Nacional de Protección Civil, con sus escasos voluntarios y cuatro vehículos, pueda por sí solo hacer frente a desastres de gran magnitud como el que acaba de azotar a Coclé. Y mucho más absurdo es descansar exclusivamente en la generosidad ciudadana o el auxilio internacional cada vez que sobrevienen. Manos a la obra, mañana será tarde.

101 años de Panamá América

 
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