PRI: ¿Más vale malo conocido?
Ciudad de México / AIPE Las recientes elecciones primarias del PRI deben hacernos reflexionar profundamente. Los 10 millones de votos que el PRI alega haber movilizado para sus primarias son una cifra impresionante. Es cierto que unos 50 millones de mexicanos decidieron no engordarle más el caldo a Labastida y se abstuvieron de sufragar en un proceso en el que todo estaba anunciado de antemano. Sin embargo, esos resultados no se pueden desechar así como así.
Aún si se considera que los "mapaches" del sistema anduvieron el domingo sumamente activos para asegurar el triunfo del "candidato oficial", los votantes enviaron varias señales de gran importancia para toda la oposición. Los mexicanos son extremadamente conservadores. Para un porcentaje importante, "más vale malo conocido que bueno por conocer". Esta actitud conservadora es probablemente explicable por las condiciones de extrema pobreza en que sobreviven 26 millones de mexicanos y otros 40 millones que se encuentran en la pobreza moderada. Para todas esa gente que apenas sobrevive, cualquier cambio en el entorno puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Las estrategias de supervivencia que han desarrollado a un gran costo personal, no se arriesgan por lo que para ellos podría ser un espejismo.
La pobreza y la ignorancia, en gran parte inducidas por el sistema en las dos terceras partes de los mexicanos, facilitan la manipulación política que realiza el PRI en escala masiva. Cualquier pequeño obsequio, regalo o incluso simples promesas hechas a estos millones de mexicanos desheredados les significa una diferencia importante en sus vidas personales. UNY despensa, un desayuno de tamales, una camiseta o unas laminas de cartón o asbesto para sus casas hacen una diferencia sustancial en esas vidas miserables. La amenaza de perder esas pequeñas mercedes electorales, si no responden adecuadamente a la inducción priísta, es una amenaza grave y creíble para ellos.
El corporativismo no ha sido desterrado de México. Los mexicanos que se encuadran en las diversas corporaciones oficialistas siguen todavía siendo un número considerable. Quizás unos diez millones. El poder de las centrales obreras y campesinas esta siendo erosionado por la modernización del país, pero todavía sigue siendo sustancial. Las reformas que se iniciaron durante el sexenio del presidente Salinas disminuyeron ese poder controlador, -ese es el gran pecado que carga Carlos Salinas y que la nomenclatura priísta no le perdonará jamás- pero ese poder no acabó. Todavía esas corporaciones controlan a gran parte de los campesinos y a una parte importante de los obreros industriales mexicanos. Si muchos pobres y miserables votan por el PRI y los mexicanos encuadrados en las corporaciones oficialistas también lo hacen, ¿qué pasa con aquellos mexicanos de la clase media y la clase pudiente?
Los resultados de las primarias priístas nos indican ciertas tendencias que no se pueden echar en saco roto. Una parte importante de la clase media urbana no está encuadrada en las corporaciones priístas, pero también es cierto que un buen número de ellos, los que realizan trabajos burocráticos para el gobierno federal o los gobiernos estatales y municipales sí lo están. Los sindicatos de maestros, los de burócratas, por ejemplo, todavía son capaces de movilizar e inducir votos para el partido de gobierno. El control que ejercen estas corporaciones es sin duda menor al que se observaba en el pasado, pero todavía existe y goza de cabal salud. ¿Y los ricos? Sin duda también están comprometidos con el sistema. Su interés es evitar que el sistema político que los ha favorecido mucho cambie en un sentido más democrático. Si las cosas están bien ahora, ¿para qué cambiar? La coalición pro sistémica en México es todavía muy fuerte, casi invencible, como lo demostró las primarias del PRI.
La oposición deberá considerar seriamente las lecciones del 7 de noviembre, para diseñar una estrategia ganadora en julio del 2000. Si no lo hace, Cuauhtémoc podrá iniciar desde ya su campaña para el 2006 y Fox se tendrá que regresar al rancho a Guanajuato. Lo grave es que México no aguantará otros seis años de más de lo mismo. El futuro de México está verdaderamente en juego.
Aún si se considera que los "mapaches" del sistema anduvieron el domingo sumamente activos para asegurar el triunfo del "candidato oficial", los votantes enviaron varias señales de gran importancia para toda la oposición. Los mexicanos son extremadamente conservadores. Para un porcentaje importante, "más vale malo conocido que bueno por conocer". Esta actitud conservadora es probablemente explicable por las condiciones de extrema pobreza en que sobreviven 26 millones de mexicanos y otros 40 millones que se encuentran en la pobreza moderada. Para todas esa gente que apenas sobrevive, cualquier cambio en el entorno puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Las estrategias de supervivencia que han desarrollado a un gran costo personal, no se arriesgan por lo que para ellos podría ser un espejismo.
La pobreza y la ignorancia, en gran parte inducidas por el sistema en las dos terceras partes de los mexicanos, facilitan la manipulación política que realiza el PRI en escala masiva. Cualquier pequeño obsequio, regalo o incluso simples promesas hechas a estos millones de mexicanos desheredados les significa una diferencia importante en sus vidas personales. UNY despensa, un desayuno de tamales, una camiseta o unas laminas de cartón o asbesto para sus casas hacen una diferencia sustancial en esas vidas miserables. La amenaza de perder esas pequeñas mercedes electorales, si no responden adecuadamente a la inducción priísta, es una amenaza grave y creíble para ellos.
El corporativismo no ha sido desterrado de México. Los mexicanos que se encuadran en las diversas corporaciones oficialistas siguen todavía siendo un número considerable. Quizás unos diez millones. El poder de las centrales obreras y campesinas esta siendo erosionado por la modernización del país, pero todavía sigue siendo sustancial. Las reformas que se iniciaron durante el sexenio del presidente Salinas disminuyeron ese poder controlador, -ese es el gran pecado que carga Carlos Salinas y que la nomenclatura priísta no le perdonará jamás- pero ese poder no acabó. Todavía esas corporaciones controlan a gran parte de los campesinos y a una parte importante de los obreros industriales mexicanos. Si muchos pobres y miserables votan por el PRI y los mexicanos encuadrados en las corporaciones oficialistas también lo hacen, ¿qué pasa con aquellos mexicanos de la clase media y la clase pudiente?
Los resultados de las primarias priístas nos indican ciertas tendencias que no se pueden echar en saco roto. Una parte importante de la clase media urbana no está encuadrada en las corporaciones priístas, pero también es cierto que un buen número de ellos, los que realizan trabajos burocráticos para el gobierno federal o los gobiernos estatales y municipales sí lo están. Los sindicatos de maestros, los de burócratas, por ejemplo, todavía son capaces de movilizar e inducir votos para el partido de gobierno. El control que ejercen estas corporaciones es sin duda menor al que se observaba en el pasado, pero todavía existe y goza de cabal salud. ¿Y los ricos? Sin duda también están comprometidos con el sistema. Su interés es evitar que el sistema político que los ha favorecido mucho cambie en un sentido más democrático. Si las cosas están bien ahora, ¿para qué cambiar? La coalición pro sistémica en México es todavía muy fuerte, casi invencible, como lo demostró las primarias del PRI.
La oposición deberá considerar seriamente las lecciones del 7 de noviembre, para diseñar una estrategia ganadora en julio del 2000. Si no lo hace, Cuauhtémoc podrá iniciar desde ya su campaña para el 2006 y Fox se tendrá que regresar al rancho a Guanajuato. Lo grave es que México no aguantará otros seis años de más de lo mismo. El futuro de México está verdaderamente en juego.