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Principio de autoridad



El asalto al cuartel Moncada fue el primer intento de Fidel Castro para derrocar a Fulgencio Batista. Hitler produjo su primer golpe con el "Putsch" de Munich y Chávez se lanzó a la búsqueda del poder con el "Caracazo". En estos tres casos se buscó el derrumbe del sistema a través de la toma de un sitio simbólico del poder vigente.
La capacidad de respuesta del régimen de Batista, de la República de Weimar y del gobierno de Carlos Andrés Pérez, impidió que el movimiento de toma se transformara en una avalancha con su consecuente caída. Sin entrar a considerar la legitimidad de cada uno de los sistemas que se pretendían hacer colapsar, queremos resaltar la importancia para la supervivencia de un régimen, que las afrentas y los asaltos a los sitios del poder público no queden impunes.
En nuestro país, los delincuentes enmascarados con uniformes de estudiantes, destruyen impunemente la propiedad pública y privada; causan daños a la integridad física de las personas e, incluso, han llegado a amenazar la vida de los ciudadanos. Lo más trágico es que lo hacen por motivos banales y, en la mayoría de los casos, sin ninguna causa. Es la protesta por la protesta misma; es el nihilismo de los imbéciles que ni siquiera saben que no tienen causa y son sólo "sonido y furia", como diría Shakespeare.
Ante esa acción de los hijos del caos, las autoridades muestran una pasividad pasmosa, rayana en la equivalencia intelectual de quienes producen los destrozos. Para quienes tienen la función de proteger la vida, la honra y los bienes de los ciudadanos y quienes tienen el deber de proteger el orden Constitucional, pareciera dar lo mismo que se queme un tacho de basura que una estación de policía; cuando no se quedan impávidos salen huyéndole a mozalbetes enardecidos por la cobardía de las autoridades.
Mientras todo eso ocurre, el sistema de autoridad se va desmoronando, y el Estado de derecho y la democracia liberal se precipitan hacia la ley de la selva y la demagogia.

101 años de Panamá América

 
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