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Principio del fin, las FARC y el obispo


"Dios me regaló de nuevo la vida para que la ponga al servicio de mi Patria. Hay que apoyar al presidente Alvaro Uribe y a las Fuerzas Armadas". Con esas breves palabras sentenció a muerte, seguramente sin saberlo, el obispo Jorge Enrique Jiménez a las guerrillas de las FARC. El presidente Uribe viene desarrollando una implacable estrategia de guerra a muerte contra "los violentos" de izquierda y derecha, con la decidida ayuda de Estados Unidos que viene gastando en el conflicto una suma que excede los mil millones de dólares.
Con el secuestro del obispo Jiménez, las FARC cometieron su mayor error en la guerra, esto es, poner a la Iglesia abiertamente en su contra en un país abrumador y profundamente católico. Es lo que faltaba al ejército colombiano para ganar la solidaridad y respaldo decidido de su pueblo, que hasta entonces jugaba y sigue jugando el papel de víctima entre dos fuegos ajenos.
El obispo Jiménez es presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) un prestigioso organismo católico, antaño acusado de izquierdista, por abrazar y expresar simpatías por los más pobres y exhortar a favor de la justicia social en el continente, autor de vibrantes pronunciamientos.
En adelante, moverse a sus anchas por las densas ciudades y el agreste terreno montañoso y selvático, será más difícil. Los ojos de la mayoría de los 40 millones de colombianos estará observando y sus voces la estará reportando a las autoridades. Los helicópteros erizados de cohetes, recién dotados por Estados Unidos, a la guerrilla estarán siguiendo, y los satélites y aviones espías le estarán atacando implacablemente los pasos. No hay semana que pase sin que no se reporte decenas de bajas de la guerrilla. Nos recuerda las cifras de Vietnam.
Se dice que la victoria militar no es posible. Esa máxima estuvo vigente hasta hace poco. Ya no es segura. Precisamente, desde Vietnam, el ejército norteamericano ha gastado billones creando una estrategia que le permitiera enfrentar ese incómodo tipo de guerra. La visión nocturna, las miras de precisión láser, las bombas inteligentes, los uniformes antibalas y los devastadores helicópteros son parte del arsenal de hoy. En Afganistán, el nuevo ejército norteamericano y sus aliados hicieron en semanas lo que los rusos no pudieron en años. En Angola, el legendario guerrillero Jonás Sabimbi, murió a balazos a manos del ejército regular, y su guerrilla UNITA tuvo que rendirse. Colombia, si se quiere, es el examen de grado de la nueva estrategia. Las FARC no tienen la más remota idea de lo que se les está viniendo encima, salvo por el acelerado incremento de bajas entre sus filas.
Sin sustento moral para su causa, por su alianza con la narcomafia y el abuso de métodos despreciables de lucha tal como el secuestro; con la suma de poderosos enemigos en su contra, con Estados Unidos a la cabeza, y la inexplicable antipatía de la Iglesia, las FARC se mueven hacia el precipicio. El presidente Uribe está logrando lo que ninguno de sus predecesores en 50 años: Unir al país contra la peor de sus lacras, la guerrilla y el narcotráfico.

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