Prioridades
Como ciudadanos panameños que somos (pluralidad ficticia que sustituye a la arrogante primera persona, sobre todo al escribir), nos han interesado permanentemente los problemas nacionales, que son también problemas del funcionamiento de la sociedad panameña. Si la sociedad de la China o de Africa del Sur marcha eficiente o desastrosamente, no nos atañe demasiado ni nos interesa mucho, porque vivimos en Panamá, y es natural que nuestra preocupación está casi totalmente monopolizada por la marcha de la sociedad local. Como sabemos que, en términos generales, el panameño lee poco, somos conscientes de que nuestros artículos no acaparan, sino en reducidos espacios, la atención ciudadana, por razones que no vamos a deslindar aquí. Pero sí intentamos incursionar, con propósitos informativos y orientadores, en el vasto universo de la lectura del panameño, a razón de un artículo semanal, que en varias ocasiones hemos tenido oportunidad de llevar al público, en algunos órganos de la prensa escrita del país, lo que siempre hemos agradecido.
Dado que hemos vivido buena parte del siglo XX panameño, nuestra condición de graduado universitario y de profesor de Derecho, por espacio de 35 años en Panamá, nos ha permitido disponer de un mínimo de conciencia y procurar que nuestra participación en la prensa panameña sea de algún beneficio público, desde el punto de vista de la problemática nacional.
Nos hemos percatado, así, de que la marcha de la sociedad panameña actual padece de acumulación y agravamiento progresivos de sus problemas generales. Sin ser alarmista, ni pesimista, hemos llegado a la conclusión de que las deficiencias globales de nuestro país se han venido incrementando, en forma persistente, sin que nuestro medio social haya producido fuerzas internas que orienten la rectificación necesaria y oportuna de las enormes carencias con que estamos llegando al centenario republicano, por indicar algún pasaje en el tiempo y en el espacio.
Hemos advertido, igualmente, que la prensa diaria nacional, por muy atendibles y explicables motivaciones, intenta captar la atención pública, lo que es algo legítimo. Ante todo, se trata de empresas que requieren de un funcionamiento económico rentable, sin el cual no podrían existir. Simultáneamente, la prensa, en general, debe ser orientadora y nos parece que el periodismo local trata de hacerlo.
Para consumo nuestro y comunicación de expresiones personales, sabemos que la problemática panameña colectiva debería tener un orden racional de tratamiento; es decir, una prioridad de presentación de asuntos nacionales, los que afectan, atañen, preocupan y hasta llevan a la desesperación a vastos sectores sociales del país. Debido a ello, parece aconsejable que la referencia a nuestros problemas esté orientada por un orden de prioridades, conforme a los requerimientos y para beneficio de la sociedad. Poco hacemos, y tal vez poco podemos hacer, para que, si bien fuese de consumo personal, exista un orden de prioridades, conforme a la mayor o menor relevancia de los problemas y la oportunidad de su examen. Compete a los gobiernos adoptar, en sus respectivos períodos, y para su uso propio, un ordenamiento prioritario, conforme a la mayor o menor relevancia de los problemas y la oportunidad de su examen y medidas resolutorias.
Cualquier observador superficial del funcionamiento de la sociedad patria percibe que en las últimas décadas las dificultades y deficiencias colectivas (léase problemas nacionales, nombre que suena mejor), han alcanzado un nivel de verdadero escándalo, de innegable caos y de angustiosa crisis. Como si todo se hubiera coordinado para hacer explosión cerca del centenario. La delincuencia satura todo el ámbito social y territorial. El hambre y la pobreza críticas azotan a más de medio millón de habitantes. Los servicios públicos elementales, (privatizados o no) son deficientísimos (luz, agua, teléfono, correos y telégrafos, etc.). La salud pública y privada no responden al clamor de las víctimas enfermas. El proceso educativo, en todos los niveles, anda por el suelo, y quienes tienen y han tenido la responsabilidad de reformarlo y encauzarlo por buena senda, siguen estando en la luna de Valencia. ¿Para qué confirmar con lo que todos sabemos por experiencia diaria y aplastante?
La situación exige prioridades para una acción general rectificadora, que seguramente no vendrá de la clase de gobiernos que hemos tenido la enorme paciencia de tolerar per secula seculorum. Existen agencias sociales, como los medios de comunicación, como los grupos cívicos, como las sociedades de profesionales y técnicos, las cooperativas, los sindicatos, etc., que podrían ayudar al país a plantear los problemas, en búsqueda de mejoras y soluciones, con cierto mínimo de prioridades. Pero si todos clamamos al mismo tiempo, o cuando a cada quien le viene en sus reales ganas, por la razón que sea, no hacemos más que echarle leña al fuego, a la vida colectiva caótica que estamos padeciendo. Debemos convenir en que en el aspecto que estamos revisando, hipotéticamente procedería que pensáramos en una ordenación de problemas según sus prioridades, cuando por milagro, no sabemos de quién o de quiénes, podamos revisar colectivamente cómo estamos y cómo podríamos hacer algo. Existen muchas situaciones que aconsejan seguir por este camino, pero cómo no deseamos abrumar al lector, ponemos punto... por hoy.
Dado que hemos vivido buena parte del siglo XX panameño, nuestra condición de graduado universitario y de profesor de Derecho, por espacio de 35 años en Panamá, nos ha permitido disponer de un mínimo de conciencia y procurar que nuestra participación en la prensa panameña sea de algún beneficio público, desde el punto de vista de la problemática nacional.
Nos hemos percatado, así, de que la marcha de la sociedad panameña actual padece de acumulación y agravamiento progresivos de sus problemas generales. Sin ser alarmista, ni pesimista, hemos llegado a la conclusión de que las deficiencias globales de nuestro país se han venido incrementando, en forma persistente, sin que nuestro medio social haya producido fuerzas internas que orienten la rectificación necesaria y oportuna de las enormes carencias con que estamos llegando al centenario republicano, por indicar algún pasaje en el tiempo y en el espacio.
Hemos advertido, igualmente, que la prensa diaria nacional, por muy atendibles y explicables motivaciones, intenta captar la atención pública, lo que es algo legítimo. Ante todo, se trata de empresas que requieren de un funcionamiento económico rentable, sin el cual no podrían existir. Simultáneamente, la prensa, en general, debe ser orientadora y nos parece que el periodismo local trata de hacerlo.
Para consumo nuestro y comunicación de expresiones personales, sabemos que la problemática panameña colectiva debería tener un orden racional de tratamiento; es decir, una prioridad de presentación de asuntos nacionales, los que afectan, atañen, preocupan y hasta llevan a la desesperación a vastos sectores sociales del país. Debido a ello, parece aconsejable que la referencia a nuestros problemas esté orientada por un orden de prioridades, conforme a los requerimientos y para beneficio de la sociedad. Poco hacemos, y tal vez poco podemos hacer, para que, si bien fuese de consumo personal, exista un orden de prioridades, conforme a la mayor o menor relevancia de los problemas y la oportunidad de su examen. Compete a los gobiernos adoptar, en sus respectivos períodos, y para su uso propio, un ordenamiento prioritario, conforme a la mayor o menor relevancia de los problemas y la oportunidad de su examen y medidas resolutorias.
Cualquier observador superficial del funcionamiento de la sociedad patria percibe que en las últimas décadas las dificultades y deficiencias colectivas (léase problemas nacionales, nombre que suena mejor), han alcanzado un nivel de verdadero escándalo, de innegable caos y de angustiosa crisis. Como si todo se hubiera coordinado para hacer explosión cerca del centenario. La delincuencia satura todo el ámbito social y territorial. El hambre y la pobreza críticas azotan a más de medio millón de habitantes. Los servicios públicos elementales, (privatizados o no) son deficientísimos (luz, agua, teléfono, correos y telégrafos, etc.). La salud pública y privada no responden al clamor de las víctimas enfermas. El proceso educativo, en todos los niveles, anda por el suelo, y quienes tienen y han tenido la responsabilidad de reformarlo y encauzarlo por buena senda, siguen estando en la luna de Valencia. ¿Para qué confirmar con lo que todos sabemos por experiencia diaria y aplastante?
La situación exige prioridades para una acción general rectificadora, que seguramente no vendrá de la clase de gobiernos que hemos tenido la enorme paciencia de tolerar per secula seculorum. Existen agencias sociales, como los medios de comunicación, como los grupos cívicos, como las sociedades de profesionales y técnicos, las cooperativas, los sindicatos, etc., que podrían ayudar al país a plantear los problemas, en búsqueda de mejoras y soluciones, con cierto mínimo de prioridades. Pero si todos clamamos al mismo tiempo, o cuando a cada quien le viene en sus reales ganas, por la razón que sea, no hacemos más que echarle leña al fuego, a la vida colectiva caótica que estamos padeciendo. Debemos convenir en que en el aspecto que estamos revisando, hipotéticamente procedería que pensáramos en una ordenación de problemas según sus prioridades, cuando por milagro, no sabemos de quién o de quiénes, podamos revisar colectivamente cómo estamos y cómo podríamos hacer algo. Existen muchas situaciones que aconsejan seguir por este camino, pero cómo no deseamos abrumar al lector, ponemos punto... por hoy.