Prisionera de su pasado
Transcurrido el 18 aniversario de la invasión de diciembre de 1989, dos son las tendencias que se perciben a la hora de definir el futuro de la República. Una que en años recientes se pronunció a favor de superar ese pasado, y otra, que, ya sea desde la oposición a la dictadura o desde su defensa, aspira a mantener abiertas las heridas del pasado. En cualquiera de los casos la interrogante que sobreviene es, ¿cómo ayudan, una y otra posición, a la edificación pacífica, democrática y segura de la nación? En el hipotético caso de que esas corrientes, revanchistas ambas, se transformaran en hegemónicas del pensamiento nacional, hacia dónde conducirían, qué consecuencias se derivarían de ellas.
No se trata de dejar las cosas como han estado ahora, porque de hecho es una situación que intoxica al país, y que demanda debates; sobre todo, si existen aún muertes y desapariciones sin castigos, o fosas comunes de restos sin cristiana sepultura. Pero apelar a las revanchas ¿no significaría renovar los puntos emocionales que comprometieron al país en los lamentables sucesos que prohijaron tanto la dictadura como la invasión?
Cualquiera de las posiciones que se adopte, debe considerar responsablemente la necesidad que tiene el país de seguir creciendo y enfrentado temas cruciales como la pobreza, la educación y la consolidación democrática. El punto de la agenda sigue siendo aquel que, mesuradamente y con la mayor visión histórica, sigue propugnado por que "la Patria no siga siendo prisionera de su pasado".