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Problemas limítrofes


Desde hace algunos meses hemos estado informando de la evolución de la potencial controversia que se gestaba en nuestra frontera con Costa Rica, a partir de que ciudadanos del vecino país procedieron a remover hitos limítrofes con ayuda de equipo pesado, con el objeto de anexar al territorio tico tierras panameñas que vienen trabajando desde hace años.
Al otro extremo, en nuestra frontera con Colombia, aunque no hay remoción de hitos, la inmigración de ciudadanos del vecino país se viene sucediendo con la tolerancia de las autoridades panameñas y de la escasa población de sus nacionales. En Darién siempre ha sido así, con la diferencia de que ahora nuestros vecinos han recrudecido su guerra civil, la cual amenaza con extenderse a nuestro territorio.
Son pues dos problemáticas diferentes que requieren distinto tratamiento. Por lo pronto, nuestros gobiernos los han manejado relativamente bien, propiciando el diálogo cara a cara, lo cual bien podría servir de ejemplo para la solución de problemas internacionales mayores como los de Yugoslavia y Oriente Medio.
Para allanar una diferencia no hay mejor camino que dialogar hasta el cansancio. Y cuando sobrevenga la frustración y el agotamiento por estancamiento o encono, no queda otro que reanudarlo, las veces que fuera.
En cuanto a Costa Rica, tan pronto se agudizó el problema, el canciller Ritter no vaciló en viajar inmediatamente a San José, obviando intermediarios y falsos orgullos. Y como resultado, ya hay un equipo mixto de técnicos reubicando los hitos fronterizos. En otros lares, algo tan sencillo suele requerir años, así como la participación de mediadores y la secuela de víctimas, tipo India y Pakistán.
Todo indica pues que con los ticos, como era de esperar, no hay problemas mayores, salvo el desfase de ambos gobiernos, que no entienden que la integración está ocurriendo de hecho, en sus propias narices, sin su consentimiento y a veces contra él. No es por tanto realista pensar en expulsar de vuelta a ciudadanos de uno y otro país, quienes no hacen sino trabajar la tierra y producir riqueza, como cualquier inversionista extranjero de uno y otro lado.
Lo que cabe por ende, es adoptar la fórmula de México con los guatemaltecos: levantar un censo de los ciudadanos extranjeros en esa situación, legalizar sus explotaciones agrícolas y hacer que paguen los impuestos y contribuciones que corresponda, incluso por el uso de la tierra ajena.
En Darién, en cambio, no hay solución que no derive de la salida al secular conflicto colombiano. Y mientras ello ocurra, no tenemos más alternativa que ir sacando de la marginalidad a nuestra provincia más olvidada y proveyéndole un mínimo de protección, sin descartar un pedido de ayuda internacional, como el que una vez requirió Costa Rica respecto a su frontera norte, a raíz de la guerra nicaragüense.


101 años de Panamá América

 
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