Procesos amarillos (II)
Es un hecho indiscutible que a través de la historia, por ilógico que parezca, el tema de la justicia no ha sido la inclinación favorita de los hombres de leyes; la justicia real proviene de un orden natural y de ella han sido y siguen siendo partidarios aquellos hombres y mujeres, religiosos o no religiosos, que entienden que la existencia humana tiene un carácter enigmático, transitorio, que sólo cobra sentido cuando se consolidan ideales comunes y se reconocen en forma no rogada los derechos vitales que desde un inicio la naturaleza ha garantizado a todos los habitantes de este planeta -humanos o animales- hoy regentado por un sistema de leyes, hechas por hombres, que implícitamente atenta contra estos derechos inalienables de la mayor parte del género humano, de los animales e, incluso, de la misma naturaleza.
Los hombres de leyes, casi sin excepciones, siempre han sido fervientes defensores del sistema de derecho. Pero derecho y justicia no son sinónimos. La justicia se revela como una cualidad del espíritu altruista a favor de la dignidad humana. El derecho como una manifestación de la voluntad de los intereses mezquinos y absurdos de las elites privilegiadas. Y en este contexto, cuando se ejerce sin escrúpulos, la abogacía se torna en un antiderecho, en un contrasentido, que socialmente se pretende justificar con falacias como las que sostienen que nuestro sistema judicial es un sistema de administración de justicia o que invariablemente derecho y justicia son sinónimos.
Derecho y justicia no son sinónimos, pero sí resultan compatibles. Pero como sucede con el agua y el fuego, se necesita un catalizador para que se haga el milagro de que elementos dispersos se asocien para convertirse en elementos vitales de la existencia humana. Amo el derecho. Amo la justicia. Admiro a los hombres probos, idealistas y de talento. Pero, como regla, no puedo decir ni esperar que estos amores y simpatías vayan a resultar correspondidos en el seno del foro istmeño donde hoy pareciera que sólo abundan los timos, donde escasea la actividad cultural y qué no decir de la escasez de grandes pleitos, de grandes alegatos, a favor del derecho, de la justicia y de la dignidad humana (no conozco de ningún J"accuse del foro panameño que pueda superar o igualarse a los grandes alegatos a favor de la justicia promovidos por no abogados como Émile Zola, Juan Montalvo y otros maestros del discurso escrito y hablado).
Así resulta que es a todas luces equivocada la presunción de que estas públicas reflexiones mías en torno a la inmoralidad que ha venido apoderándose del quehacer abogadil istmeño tengan su origen en una frustración personal causada por un timo ejecutado a través de un proceso amarillo o de cualquier otra patraña tribunalicia. Esta posibilidad es poco realista como la dudosa existencia de megacivilizaciones en la luna o como una imaginaria asamblea legislativa donde las curules se asignen por concurso de méritos. El clamor mío trasciende lo personal. Yo soy lo particular, lo accesorio; la justicia, lo esencial. Y ésta siempre resultará la ofendida, la perdedora, cada vez que en su nombre un legista inescrupuloso cometa una iniquidad.
En verdad, señores, lo que siento es repulsión; no sólo por estas prácticas abogadiles viciosas, perniciosas, sino también por la impunidad de que parecieran gozar quienes en forma abusiva y delictiva han convertido estas prácticas en un modus vivendi, en una telaraña para atrapar incautos y en un modo seguro e irreversible de desprestigiar este hermoso apostolado de las leyes. Y este sentimiento se torna en un pensamiento dañino para existencia de hombres y mujeres dignos, abogados o no abogados, que observan con desazón cómo en nombre del derecho se han cometido y se siguen cometiendo todo tipo de abusos y de actos que dañan el ejercicio lícito de la profesión y la imagen colectiva del gremio abogadil.
En ese sentido, declino la atenta invitación de la Junta Directiva y del Tribunal de Honor del Colegio Nacional de Abogados (CNA) para abordar los temas expuestos en la primera entrega de mi artículo "Procesos amarillos". Esta reunión no es procedente porque equivaldría a constreñir entre cuatro paredes este crónico problema de los procesos amarillos y de otros muchos abusos que abogados inescrupulosos han cometido y siguen cometiendo en perjuicio de personas incautas, de los mismos abogados y esencialmente en perjuicio de una profesión venerable que ahora está de capa caída, desacreditada, gracias a estas aborrecibles tramoyas que paulatinamente han venido convirtiendo en miserias las glorias históricas de nuestro foro.
Mi negativa lleva implícita la propuesta de que los miembros de la Junta Directiva y del Tribunal de Honor abandonen la burbuja de cristal desde donde supuestamente dirigen los destinos del CNA. Que como expiación, vayan a las universidades a hablarle de ética a los futuros abogados, dicten conferencias, hagan debates, escriban artículos de crítica y autocrítica gremial, hagan docencia con sus actos, realicen publicaciones de juristas nacionales y extranjeros; pero que esencialmente coordinen con los tribunales del país el envió puntual de todos los expedientes y resoluciones relacionados con estos procesos amarillos y fraudes afines. No se preocupen por mí. Preocupasen por la justicia, por ejercicio lícito de la profesión y por mejorar la maltrecha imagen del gremio. Eso es lo viable e impostergable. Manos a la obra, señores del CNA.
(samudio@cwpanama.net)
Los hombres de leyes, casi sin excepciones, siempre han sido fervientes defensores del sistema de derecho. Pero derecho y justicia no son sinónimos. La justicia se revela como una cualidad del espíritu altruista a favor de la dignidad humana. El derecho como una manifestación de la voluntad de los intereses mezquinos y absurdos de las elites privilegiadas. Y en este contexto, cuando se ejerce sin escrúpulos, la abogacía se torna en un antiderecho, en un contrasentido, que socialmente se pretende justificar con falacias como las que sostienen que nuestro sistema judicial es un sistema de administración de justicia o que invariablemente derecho y justicia son sinónimos.
Derecho y justicia no son sinónimos, pero sí resultan compatibles. Pero como sucede con el agua y el fuego, se necesita un catalizador para que se haga el milagro de que elementos dispersos se asocien para convertirse en elementos vitales de la existencia humana. Amo el derecho. Amo la justicia. Admiro a los hombres probos, idealistas y de talento. Pero, como regla, no puedo decir ni esperar que estos amores y simpatías vayan a resultar correspondidos en el seno del foro istmeño donde hoy pareciera que sólo abundan los timos, donde escasea la actividad cultural y qué no decir de la escasez de grandes pleitos, de grandes alegatos, a favor del derecho, de la justicia y de la dignidad humana (no conozco de ningún J"accuse del foro panameño que pueda superar o igualarse a los grandes alegatos a favor de la justicia promovidos por no abogados como Émile Zola, Juan Montalvo y otros maestros del discurso escrito y hablado).
Así resulta que es a todas luces equivocada la presunción de que estas públicas reflexiones mías en torno a la inmoralidad que ha venido apoderándose del quehacer abogadil istmeño tengan su origen en una frustración personal causada por un timo ejecutado a través de un proceso amarillo o de cualquier otra patraña tribunalicia. Esta posibilidad es poco realista como la dudosa existencia de megacivilizaciones en la luna o como una imaginaria asamblea legislativa donde las curules se asignen por concurso de méritos. El clamor mío trasciende lo personal. Yo soy lo particular, lo accesorio; la justicia, lo esencial. Y ésta siempre resultará la ofendida, la perdedora, cada vez que en su nombre un legista inescrupuloso cometa una iniquidad.
En verdad, señores, lo que siento es repulsión; no sólo por estas prácticas abogadiles viciosas, perniciosas, sino también por la impunidad de que parecieran gozar quienes en forma abusiva y delictiva han convertido estas prácticas en un modus vivendi, en una telaraña para atrapar incautos y en un modo seguro e irreversible de desprestigiar este hermoso apostolado de las leyes. Y este sentimiento se torna en un pensamiento dañino para existencia de hombres y mujeres dignos, abogados o no abogados, que observan con desazón cómo en nombre del derecho se han cometido y se siguen cometiendo todo tipo de abusos y de actos que dañan el ejercicio lícito de la profesión y la imagen colectiva del gremio abogadil.
En ese sentido, declino la atenta invitación de la Junta Directiva y del Tribunal de Honor del Colegio Nacional de Abogados (CNA) para abordar los temas expuestos en la primera entrega de mi artículo "Procesos amarillos". Esta reunión no es procedente porque equivaldría a constreñir entre cuatro paredes este crónico problema de los procesos amarillos y de otros muchos abusos que abogados inescrupulosos han cometido y siguen cometiendo en perjuicio de personas incautas, de los mismos abogados y esencialmente en perjuicio de una profesión venerable que ahora está de capa caída, desacreditada, gracias a estas aborrecibles tramoyas que paulatinamente han venido convirtiendo en miserias las glorias históricas de nuestro foro.
Mi negativa lleva implícita la propuesta de que los miembros de la Junta Directiva y del Tribunal de Honor abandonen la burbuja de cristal desde donde supuestamente dirigen los destinos del CNA. Que como expiación, vayan a las universidades a hablarle de ética a los futuros abogados, dicten conferencias, hagan debates, escriban artículos de crítica y autocrítica gremial, hagan docencia con sus actos, realicen publicaciones de juristas nacionales y extranjeros; pero que esencialmente coordinen con los tribunales del país el envió puntual de todos los expedientes y resoluciones relacionados con estos procesos amarillos y fraudes afines. No se preocupen por mí. Preocupasen por la justicia, por ejercicio lícito de la profesión y por mejorar la maltrecha imagen del gremio. Eso es lo viable e impostergable. Manos a la obra, señores del CNA.
(samudio@cwpanama.net)