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Producción y educación


Siempre que un país se plantea asuntos sobre el progreso o del buen gobierno -como acontece a diario en Panamá-, políticos, empresarios, "legisladores", economistas y financieros, están de acuerdo en presentar los problemas económicos en primer término. Así, se habla de producción de divisas, de cupo de importación, de tipos de cambio, de medio circulante, de inflación, de recesión, últimamente del TLC, etc.
No cabe la menor duda de que todo eso sirve al hombre, rodea al hombre, es creado y regulado por el hombre. Pero pareciera que el hombre mismo es ignorado, no aparece por ninguna parte. Empero, detengámonos un poco y tomemos más concretamente el caso de la producción, el fenómeno económico por excelencia.
¿Pero qué es y para qué sirve la producción? Según la escuela marxista, es el hecho estructural básico de la vida social. Admitamos que es el fenómeno fundamental de la vida fisiológica del hombre. Peor, en primer lugar, tal fenómeno tiene una causa eficiente, el hombre mismo, y una causa final, el mismo hombre.
Eso quiere decir, más claramente, que la producción se realiza por el hombre y para el hombre.
Ahora bien, la calidad y aún la cantidad de la producción tiene un supuesto indiscutible: la preparación o eficiencia del hombre que produce, es decir, el trabajador. He aquí el gran problema: la grande y difícil tarea de formación humana a que está abocada la escuela, por ser la institución social de mayor responsabilidad y jerarquía en el planeamiento y cumplimiento de la función educativa.
Nos hayamos nuevamente, pues, en frente del hombre y del hombre en su consideración cualitativa, y en presencia de esta pregunta: ¿Será indiferente para el hecho económico de la producción, el que el trabajador sea o no calificado, el que el hombre que produce sea un técnico de su trabajo o un ignorante de su labor? La argumentación es igualmente válida e incontrovertible para todos los demás fenómenos económicos; lo cual quiere decir que lo es para el conjunto de ellos, o sea, para la economía general. Lo cual, a su vez quiere decir, a la educación.
Con todo, la mente de los gobernantes y de los "legisladores", de los políticos y de los financieros -con pocas excepciones- pareciera ser extremadamente alérgica a esta clase de reflexiones.
No obstante, nuestro empeño y esfuerzo a través del periodismo docente, aunque preferentemente dirigido a los educadores y estudiantes, también los alcanza a ellos: para los educadores, porque el problema del hombre es un problema educativo que no se confronta sino en un laboratorio: la escuela. Para los estudiantes, porque su personalidad e inteligencia en pleno proceso de formación y desarrollo, todavía libre de la complicada telaraña de los fenómenos epidérmicos, tiende a ir al fondo de las cosas.
Pero el problema del hombre panameño no podrá afrontarse sino a base de estudio de los factores que han jugado y juegan en la integración actual de la nacionalidad, porque de la conjunción de tales componentes surge la fisonomía del pueblo nuestro.
Lejos de nuestro pensamiento pedagógico el concebir que la producción de la riqueza es menguada faena y despreciable. La riqueza y bienestar social son necesarios para el logro del armónico progreso de los pueblos, pero ellos deben ser el vehículo de oro para la rápida movilización del pensamiento y no del pesado lastre que entorpezca el dilatado vuelo del espíritu.
Y, puesto que de la producción de la riqueza hemos hablado, es fácil comprender que para constituir la prosperidad pública no basta el capital ni las obras materiales construidas si no se capacita el elemento humano para su aprovechamiento; no bastan los recursos naturales si nuestro pueblo es inhábil para explotarlos debidamente. De ahí por que tantas veces hayamos afirmado que la Planificación Integral de la Educación Panameña constituye la base científica de la reconstrucción económica y social del país.
La mejor solución a los graves problemas nacionales es: ¡Educar!

101 años de Panamá América

 
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