Promesas y estilo de gobierno
Es posible que a mí, como a muchos panameños, nos llamara la atención el estilo de trabajo realizado en su primer año por el presidente Torrijos: pausado, medido, distante, a veces gris, a veces esquivo, sobre todo en un país donde hacer mucho ruido es lo característico.
Cansada de los numerosos escándalos de corrupción de la administración anterior, de la impunidad con que fueron tratados, de las notables deficiencias en la red vial, de la inseguridad jurídica y del millonario déficit heredado, la ciudadanía se tejió justificadas expectativas con el gobierno actual, sobre todo porque su campaña recogió con exactitud aspiraciones legítimas.
Claro que, está demostrado, los cumplimientos no pueden ir jamás a la velocidad de las promesas, porque estas al fin y al cabo son formulaciones lineales, pensadas y elaboradas "de pitcher a catcher", entre gente afín, mientras que en los cumplimientos intervienen un sin número de factores. Como los heredados, por ejemplo, y como aquellos que son propios de las dinámicas sociales, económicas y políticas.
En su conjunto, los cumplimientos y la forma como se hagan, resumen un estilo determinado por quien es su cabeza principal. Por eso cuando uno habla de determinada época la titula, en muchas ocasiones, con el hombre del jefe de estado de turno. Así se habla en su momento de la época de Harmodio Arias, o del periodo de Ernesto de la Guardia, Arnulfo Arias o Nino Chiari. Mas recientemente del periodo Endara, de Pérez Balladares o el de Mireya Moscoso.
Los cambios recientemente anunciados revelan que Martín Torrijos se toma su tiempo. Analiza situaciones y decide qué, cómo, cuándo y con qué tiempo ejecuta sus cambios. Nada parece apresurarlo, ni siquiera las premuras ni las expectativas que algunos hacen aparecer como urgentes. Esa es la lectura que deja su última movida: el nombramiento y rotación de sus nuevos ministros y funcionarios intermedios. Los cambios no solo fueron muy esperados. Uno diría que hubo incluso quienes le señalaron cómo, cuándo y con quiénes debían hacerse. Indicaciones nada extrañas si se considera que a título de la participación democrática, en ocasiones hay quienes confunden las sugerencias con los dictados, y las últimas medidas de Torrijos parecen indicar que si bien toma en consideración algunos aportes, al final -como es de esperarse- él decide lo que se hará.
Es un síntoma claro, que va delineando un estilo de gobernar: sin premuras ni exaltaciones, ni acomodados al acoso de nadie. Algo así como "tomar el toro por los cachos", porque de hecho su primer año de gobierno estuvo condicionado a la herencia de la administración anterior.
Nadie ignora, por ejemplo, el peso que ha tenido en las acciones del actual gobierno el déficit de 700 millones de dólares, las traumáticas relaciones del viejo gobierno con los proveedores, y que fueron traspasadas a esta administración; el desamparo en que quedaron importantes segmentos de población, y el comprobado maquillaje que sufrieron las finanzas públicas.
Con un escenario así no es nada arriesgado afirmar que resultaban muy estrictas y puntuales las promesas de campaña que se podían cumplir; no es dable, en la honestidad política, obviar elementos tan claros a la hora del balance, en el que algunos parecen dispuestos a lograr la doble ganancia de cuestionar el supuesto incumplimiento y librarse de la responsabilidad que en ella tienen los anteriores conductores del país. Es algo así como meterle a alguien el dedo en el ojo, y luego acusarlo de no ver con claridad las cosas que tiene por delante. Pese a eso es notorio que el país no camina hoy por el sendero de incertidumbres y sorpresas en que estuvo sumergido en el quinquenio pasado.
Hay dos elementos más: las cuestionadas reformas fiscales, que de hecho han representado un brusco viraje en la cosa pública, y el tema de la Caja de Seguro Social. Al final del presente año el crecimiento de la economía que ronda el 6%, los ahorros y las calificaciones internacionales, podrán indicar, muy a contrapelo del disgusto que representa "meterle la mano en el bolsillo a los contribuyentes", si fue efectiva, si y correcta o necesaria. El rumbo que ha tomado el diálogo de la Caja no es indicativo de que el método utilizado por el Gobierno fuera mejor ni peor. A estas alturas aun no hay resultados concretos.
Pero tanto los déficits como las reformas aludidas solo evidencian que el actual gobierno ha ido concluyendo tareas que otros dejaron por hacer, y con las que otros ya no se tendrán que encontrar, porque eran de obligatoria ejecución, como bien lo sabe la clase política local y los más distinguidos empresarios. Todo esto, muy a pesar de que el tiempo efectivo que le va quedando a la Administración Torrijos para realizar sus compromisos se va reduciendo de cinco a tres años: por fuera quedan el año que acaba de concluir y el 2009, que es un año de campaña efectiva, solo cuenta como espacio para entregar el mando, y no en septiembre sino en julio, de acuerdo a las reformas constitucionales.
Cansada de los numerosos escándalos de corrupción de la administración anterior, de la impunidad con que fueron tratados, de las notables deficiencias en la red vial, de la inseguridad jurídica y del millonario déficit heredado, la ciudadanía se tejió justificadas expectativas con el gobierno actual, sobre todo porque su campaña recogió con exactitud aspiraciones legítimas.
Claro que, está demostrado, los cumplimientos no pueden ir jamás a la velocidad de las promesas, porque estas al fin y al cabo son formulaciones lineales, pensadas y elaboradas "de pitcher a catcher", entre gente afín, mientras que en los cumplimientos intervienen un sin número de factores. Como los heredados, por ejemplo, y como aquellos que son propios de las dinámicas sociales, económicas y políticas.
En su conjunto, los cumplimientos y la forma como se hagan, resumen un estilo determinado por quien es su cabeza principal. Por eso cuando uno habla de determinada época la titula, en muchas ocasiones, con el hombre del jefe de estado de turno. Así se habla en su momento de la época de Harmodio Arias, o del periodo de Ernesto de la Guardia, Arnulfo Arias o Nino Chiari. Mas recientemente del periodo Endara, de Pérez Balladares o el de Mireya Moscoso.
Los cambios recientemente anunciados revelan que Martín Torrijos se toma su tiempo. Analiza situaciones y decide qué, cómo, cuándo y con qué tiempo ejecuta sus cambios. Nada parece apresurarlo, ni siquiera las premuras ni las expectativas que algunos hacen aparecer como urgentes. Esa es la lectura que deja su última movida: el nombramiento y rotación de sus nuevos ministros y funcionarios intermedios. Los cambios no solo fueron muy esperados. Uno diría que hubo incluso quienes le señalaron cómo, cuándo y con quiénes debían hacerse. Indicaciones nada extrañas si se considera que a título de la participación democrática, en ocasiones hay quienes confunden las sugerencias con los dictados, y las últimas medidas de Torrijos parecen indicar que si bien toma en consideración algunos aportes, al final -como es de esperarse- él decide lo que se hará.
Es un síntoma claro, que va delineando un estilo de gobernar: sin premuras ni exaltaciones, ni acomodados al acoso de nadie. Algo así como "tomar el toro por los cachos", porque de hecho su primer año de gobierno estuvo condicionado a la herencia de la administración anterior.
Nadie ignora, por ejemplo, el peso que ha tenido en las acciones del actual gobierno el déficit de 700 millones de dólares, las traumáticas relaciones del viejo gobierno con los proveedores, y que fueron traspasadas a esta administración; el desamparo en que quedaron importantes segmentos de población, y el comprobado maquillaje que sufrieron las finanzas públicas.
Con un escenario así no es nada arriesgado afirmar que resultaban muy estrictas y puntuales las promesas de campaña que se podían cumplir; no es dable, en la honestidad política, obviar elementos tan claros a la hora del balance, en el que algunos parecen dispuestos a lograr la doble ganancia de cuestionar el supuesto incumplimiento y librarse de la responsabilidad que en ella tienen los anteriores conductores del país. Es algo así como meterle a alguien el dedo en el ojo, y luego acusarlo de no ver con claridad las cosas que tiene por delante. Pese a eso es notorio que el país no camina hoy por el sendero de incertidumbres y sorpresas en que estuvo sumergido en el quinquenio pasado.
Hay dos elementos más: las cuestionadas reformas fiscales, que de hecho han representado un brusco viraje en la cosa pública, y el tema de la Caja de Seguro Social. Al final del presente año el crecimiento de la economía que ronda el 6%, los ahorros y las calificaciones internacionales, podrán indicar, muy a contrapelo del disgusto que representa "meterle la mano en el bolsillo a los contribuyentes", si fue efectiva, si y correcta o necesaria. El rumbo que ha tomado el diálogo de la Caja no es indicativo de que el método utilizado por el Gobierno fuera mejor ni peor. A estas alturas aun no hay resultados concretos.
Pero tanto los déficits como las reformas aludidas solo evidencian que el actual gobierno ha ido concluyendo tareas que otros dejaron por hacer, y con las que otros ya no se tendrán que encontrar, porque eran de obligatoria ejecución, como bien lo sabe la clase política local y los más distinguidos empresarios. Todo esto, muy a pesar de que el tiempo efectivo que le va quedando a la Administración Torrijos para realizar sus compromisos se va reduciendo de cinco a tres años: por fuera quedan el año que acaba de concluir y el 2009, que es un año de campaña efectiva, solo cuenta como espacio para entregar el mando, y no en septiembre sino en julio, de acuerdo a las reformas constitucionales.