default

Propiedad intelectual, SIDA y medicinas baratas


Estamos viviendo una tercera revolución industrial, donde los activos más importante son el conocimiento y la información. El más relevante y problemático es el derecho de propiedad intelectual, donde la violación de patentes tiene el potencial de destruir importantes avances en materia de medicinas y alta tecnología.
La piratería cuesta más de $200 mil millones en pérdidas a compañías en todo el mundo. En Vietman, el 97% del software es ilegal. La piratería amenaza con acabar con la industria de la música (¿Para qué pagar $20 por un disco compacto cuando lo puedo bajar gratis de Internet?). Ello es injusto para las compañías que han cargado con todos los costos y riesgos.
Pero el argumento es más complicado en el campo de los medicamentos. Como los países pobres no pueden pagar los altos precios de ciertas medicinas, violan las patentes para tener acceso a ellas. Esto sucede en la terapia contra el SIDA. De los 40 millones de casos de esta enfermedad, 30 millones están en África, donde se estima que el 75% morirá. Tragedia demasiado costosa para ser ignorada, y peligrosa para el resto del mundo por riesgos de infección.
La terapia del SIDA cuesta $10,000 por año en Estados Unidos (EU). Pero, el costo de manufactura es sólo $700. ¿No deberían los africanos u otros afectados por esta enfermedad en países pobres tener acceso a la terapia por $700, en vez de los $10,000 que se pagan en países industrializados, y así salvar millones de vidas? El argumento moral es complicado, y muchos piensan que la salud no debe ser supeditada a la rentabilidad. Obviamente, sigue el argumento, la violación de las patentes es justificable bajo principios morales.
Esta solución suena bien en principio, pero podría ser peor que la enfermedad. Si los afectados consiguen medicinas baratas violentando patentes, el sistema actual de investigación y desarrollo de nuevas medicinas simplemente colapsará. Alguien tiene que pagar el precio necesario de estas terapias para justificar la inversión en el desarrollo de esas medicinas. Y decir que la solución está en que los enfermos de países pobres paguen $700 mientras que los de los países ricos paguen $10,000, es un sueño de opio político. Ningún ciudadano con SIDA en un país rico aceptará pagar $10,000 al año en su terapia al saber que hay otros que la obtienen por $700, sólo por haber nacido en un país pobre.
La diferencia entre el precio de venta de la terapia de SIDA ($10,000) y el costo de manufactura ($700) no es evidencia de explotación y avaricia por parte de las compañías farmacéuticas. El grueso del costo de producción de una medicina no está en su costo de manufactura, sino en los de investigación. Traer una medicina exitosa al mercado, en promedio, cuesta $800 millones y 12 años de pruebas clínicas. De cada 100 medicinas que son investigadas en pruebas clínicas, 99 fracasan perdiéndose los $800 millones de inversión. Las pérdidas no son parciales como en otras industrias, aquí se pierde el 100% de la inversión. Por ello, las pocas medicinas que son exitosas tienen que ser lo suficientemente rentables para cubrir los costos de producción, pero también para cubrir dichos costos de las otras 99 que no fueron exitosas.
Si las compañías farmacéuticas no tienen las garantías (patentes inviolables) para recuperar sus costos reales de producción y obtener una ganancia en el proceso, dejarán de invertir tiempo, esfuerzo y dinero en la investigación y desarrollo de nuevas medicinas. Ninguna compañía hace una inversión para que otro use su producto gratis. Y esto es precisamente lo que ocurre con la violación de patentes.
El mejor ejemplo ocurre con la malaria, la tercera mayor causante de muertes en países pobres después del SIDA y la diarrea. Hoy, ninguna compañía investiga la cura de la malaria porque perdería su inversión. Debido a que es una enfermedad de gente pobre en países pobres, las compañías farmacéuticas creen -con algún grado de razón- que si alguien encuentra la cura para este mal, nadie podrá poner un precio de venta que cubra los costos totales de producción. Consecuentemente, y por más increíble que suene, ninguna compañía está interesada en encontrar la cura.
Pero nadie en su sano juicio diría que la solución es darles a garrotazos a los países pobres para que paguen el precio de mercado de la terapia. Lo que se necesita es un sistema internacional de patentes diferente donde los pobres puedan tener acceso a las medicinas baratas que necesitan, sin perjudicar el proceso de investigación y desarrollo de nuevas medicinas, y protegiendo el retorno de la inversión de las compañías.
Una idea compatible con estos dos objetivos -que parecieran ser opuestos- es permitir que gobiernos de países ricos compren las patentes a compañías farmacéuticas que descubran medicinas para el tratamiento de enfermedades endémicas a su precio de mercado. El precio a pagar por las patentes se determinaría estimando el valor presente neto de éstas, tomando en cuenta el costo de capital de la empresa. Es decir, los gobiernos ricos comprarían las patentes por un monto de dinero que sea equivalente a las ganancias que esa empresa dueña de la patente dejaría de percibir en el futuro. Estos métodos financieros se utilizan a diario en los mercados de valores para calcular el precio de compra y venta de instrumentos financieros. Los gobiernos de países ricos, una vez dueños de la patente, permitirían su uso a países pobres en calidad de asistencia económica, evitando así la violación de patentes. Con este nuevo tipo de asistencia económica se protegen las garantías de retorno de inversión de las compañías que se dedican a la actividad de investigación de nuevas medicinas. Al final del día, la medicina más cara es la que no hay.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América