A propósito de lentes e igualdad Solidaridad, una palabra con miopa
LA PALABRA solidaridad proviene del sustantivo latín soliditas, que expresa la realidad homogénea de algo físicamente entero, unido, compacto, cuyas partes integrantes son de igual naturaleza.
La teología cristiana adoptó por primera vez el término solidaritas, aplicado a la comunidad de todos los seres humanos, iguales todos por ser hijos de Dios, y vinculados estrechamente en sociedad. Entendemos, por tanto, que el concepto de solidaridad, para la teología, está estrechamente vinculado con el de fraternidad de todos los hombres y mujeres; una fraternidad que impulsa a buscar el bien de todas las personas, por el hecho mismo de que todas son iguales en dignidad gracias a la realidad de la filiación divina.
En la ciencia del Derecho se habla de que algo o alguien es solidario, sólo entendiendo a éste dentro de "un conjunto jurídicamente homogéneo de personas o bienes que integran un todo unitario, en el que resultan iguales las partes desde el punto de vista de la consideración civil o penal". Dentro de una persona jurídica, se entiende que sus socios son solidarios cuando todos son individualmente responsables por la totalidad de las obligaciones. Para el derecho, la solidaridad implica una relación de responsabilidad compartida, de obligación conjunta.
Entiendo a la solidaridad como sinónimo de igualdad, fraternidad, ayuda mutua; palabra muy cercana a los conceptos de responsabilidad, generosidad, desprendimiento, cooperación, participación. Desgraciadamente, esta conciencia de solidaridad universal suele reducirse a una buena intención, una aberración lejana y sentimental hacia las injusticias sociales, hacia la pobreza o el hambre. Esto aleja a la gente la capacidad de observar las necesidades de los seres humanos que lloran y mueren a nuestro lado todos los días.
Escribo esto inspirada en dos acontecimientos que reflejan en extremo grado la falta de la solidaridad de los panameños. Este es el caso de los lentes que dona el Despacho de la Primera Dama a los niños y niñas que en nuestro país carecen del recurso económico para poder costeárselos, causa que me parece digna y noble y que ha favorecido a muchas familias panameñas y la reacción que ha provocado en un gremio de profesionales. Las críticas, obviamente, son permitidas en un país en donde campea libre y desatadamente la libertad de expresión; pero la indignación demostrada va más allá del verdadero interés en proteger a lo niños y niñas. Se aboga por los intereses del grupo, pero en ningún momento se ofrecen a resolver el problema de una manera solidaria.
Cuando se anunció la creación del Programa Red de Oportunidades, en donde participé en su etapa previa, las reacciones adversas y a flor de piel, no se hicieron esperar. B/. 36.00 era demasiado dinero para gente que no quería trabajar, especialmente los indígenas, y saltó el estereotipo que todos llevamos acunado muy dentro. Vagos fue el término más delicado. Y lo que quedó en evidencia en esta arremetida verbal y mediática es que muchos desconocen que en Panamá hay pobreza extrema y que el programa busca extender la mano para que ese individuo salga de la extrema y ascienda, aunque sea un escalón a un nivel más amable, el de la pobreza; y que paralelo a ese programa está la capacitación, la educación y la oferta de servicios de salud para quienes jamás lo conocieron.
Y es que la pobreza extrema hay que tratarla con seriedad como un problema de Estado y no como un problema gubernamental alejada del sesgo político del momento. Países como México, Chile, Argentina y otros de América Latina han aplicado este programa con óptimos resultados reduciendo los índices de desamparados.
Lo que sucede con los lentes, con el programa a favor de los marginados, con los programas de mejoramiento bucal para las mujeres, con las operaciones de cataratas y otros temas que preocupan a los profesionales agremiados es una forma dolorosa de darnos cuenta que algo pasa con el sentido de solidaridad. Pienso que a lo mejor es que da vergüenza saber que hay pobreza extrema en un país en donde la riqueza, la ostentación y la abundancia están expuestas en una vitrina para todos y todas, pero sin el acceso y que es mejor ampararnos en nuestra secular miopía.
La solidaridad es una palabra de unión. Estamos unidos, incluso cuando no somos conscientes de esa unidad. Nos une el paisaje, nos unen la carne y la sangre, nos unen el trabajo y la lengua que hablamos. Sin embargo, no siempre nos damos cuenta de esos vínculos. Cuando nace la solidaridad se despierta la conciencia, y aparecen entonces el lenguaje y la palabra. En ese instante sale a la luz todo lo que antes estaba escondido.
Juan Pablo II lo expresa claramente. El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas.
La solidaridad es, en sentido estricto, una relación de justicia Sería mentira decir que nos preocupamos por la sociedad, o por los necesitados en general, si cuando se nos presenta la ocasión de ayudar a una sola persona necesitada no adoptamos una verdadera actitud solidaria.
Francisco García-Pimentel Ruiz, en una hermosa monografía, nos indica que la solidaridad favorece el desarrollo; el egoísmo, la pobreza. La solidaridad aprovecha y crea bienes, los distribuye, los comparte, los multiplica; el egoísmo, los corrompe, los hace estériles, los pervierte para hacer de los bienes plataformas de podredumbre, de riquezas desbordantes de inutilidad y vergüenza. Para la solidaridad, homo homini amicus, homo homini frater; para el egoísmo, homo homini lupus.
La teología cristiana adoptó por primera vez el término solidaritas, aplicado a la comunidad de todos los seres humanos, iguales todos por ser hijos de Dios, y vinculados estrechamente en sociedad. Entendemos, por tanto, que el concepto de solidaridad, para la teología, está estrechamente vinculado con el de fraternidad de todos los hombres y mujeres; una fraternidad que impulsa a buscar el bien de todas las personas, por el hecho mismo de que todas son iguales en dignidad gracias a la realidad de la filiación divina.
En la ciencia del Derecho se habla de que algo o alguien es solidario, sólo entendiendo a éste dentro de "un conjunto jurídicamente homogéneo de personas o bienes que integran un todo unitario, en el que resultan iguales las partes desde el punto de vista de la consideración civil o penal". Dentro de una persona jurídica, se entiende que sus socios son solidarios cuando todos son individualmente responsables por la totalidad de las obligaciones. Para el derecho, la solidaridad implica una relación de responsabilidad compartida, de obligación conjunta.
Entiendo a la solidaridad como sinónimo de igualdad, fraternidad, ayuda mutua; palabra muy cercana a los conceptos de responsabilidad, generosidad, desprendimiento, cooperación, participación. Desgraciadamente, esta conciencia de solidaridad universal suele reducirse a una buena intención, una aberración lejana y sentimental hacia las injusticias sociales, hacia la pobreza o el hambre. Esto aleja a la gente la capacidad de observar las necesidades de los seres humanos que lloran y mueren a nuestro lado todos los días.
Escribo esto inspirada en dos acontecimientos que reflejan en extremo grado la falta de la solidaridad de los panameños. Este es el caso de los lentes que dona el Despacho de la Primera Dama a los niños y niñas que en nuestro país carecen del recurso económico para poder costeárselos, causa que me parece digna y noble y que ha favorecido a muchas familias panameñas y la reacción que ha provocado en un gremio de profesionales. Las críticas, obviamente, son permitidas en un país en donde campea libre y desatadamente la libertad de expresión; pero la indignación demostrada va más allá del verdadero interés en proteger a lo niños y niñas. Se aboga por los intereses del grupo, pero en ningún momento se ofrecen a resolver el problema de una manera solidaria.
Cuando se anunció la creación del Programa Red de Oportunidades, en donde participé en su etapa previa, las reacciones adversas y a flor de piel, no se hicieron esperar. B/. 36.00 era demasiado dinero para gente que no quería trabajar, especialmente los indígenas, y saltó el estereotipo que todos llevamos acunado muy dentro. Vagos fue el término más delicado. Y lo que quedó en evidencia en esta arremetida verbal y mediática es que muchos desconocen que en Panamá hay pobreza extrema y que el programa busca extender la mano para que ese individuo salga de la extrema y ascienda, aunque sea un escalón a un nivel más amable, el de la pobreza; y que paralelo a ese programa está la capacitación, la educación y la oferta de servicios de salud para quienes jamás lo conocieron.
Y es que la pobreza extrema hay que tratarla con seriedad como un problema de Estado y no como un problema gubernamental alejada del sesgo político del momento. Países como México, Chile, Argentina y otros de América Latina han aplicado este programa con óptimos resultados reduciendo los índices de desamparados.
Lo que sucede con los lentes, con el programa a favor de los marginados, con los programas de mejoramiento bucal para las mujeres, con las operaciones de cataratas y otros temas que preocupan a los profesionales agremiados es una forma dolorosa de darnos cuenta que algo pasa con el sentido de solidaridad. Pienso que a lo mejor es que da vergüenza saber que hay pobreza extrema en un país en donde la riqueza, la ostentación y la abundancia están expuestas en una vitrina para todos y todas, pero sin el acceso y que es mejor ampararnos en nuestra secular miopía.
La solidaridad es una palabra de unión. Estamos unidos, incluso cuando no somos conscientes de esa unidad. Nos une el paisaje, nos unen la carne y la sangre, nos unen el trabajo y la lengua que hablamos. Sin embargo, no siempre nos damos cuenta de esos vínculos. Cuando nace la solidaridad se despierta la conciencia, y aparecen entonces el lenguaje y la palabra. En ese instante sale a la luz todo lo que antes estaba escondido.
Juan Pablo II lo expresa claramente. El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas.
La solidaridad es, en sentido estricto, una relación de justicia Sería mentira decir que nos preocupamos por la sociedad, o por los necesitados en general, si cuando se nos presenta la ocasión de ayudar a una sola persona necesitada no adoptamos una verdadera actitud solidaria.
Francisco García-Pimentel Ruiz, en una hermosa monografía, nos indica que la solidaridad favorece el desarrollo; el egoísmo, la pobreza. La solidaridad aprovecha y crea bienes, los distribuye, los comparte, los multiplica; el egoísmo, los corrompe, los hace estériles, los pervierte para hacer de los bienes plataformas de podredumbre, de riquezas desbordantes de inutilidad y vergüenza. Para la solidaridad, homo homini amicus, homo homini frater; para el egoísmo, homo homini lupus.