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Protección contra el bioterrorismo


Stanford, California (AIPE)- La fobia del día es bioterrorismo, la utilización de agentes biológicos como las bacterias y los virus para causar muerte y terror. Mucha gente teme que Irak y otros países han desarrollado armas letales de ese tipo, como también que agentes de Osama bin Laden han mostrado interés en aviones de fumigación agrícola dentro de Estados Unidos. La venta de máscaras de gas se ha disparado, lo mismo que las recetas para el antibiótico ciroprofloxacin, el único tratamiento oral que existe para el ántrax.
Esas son respuestas histéricas y sin sentido, pero hay varias maneras en las que el gobierno nacional y las autoridades locales se deben preparar para incidentes potenciales de armas biológicas.
Aunque las bacterias y otros microorganismos pueden enfermar y matar a un individuo, su habilidad de diseminación y de afectar a terceros es limitada. Hay sólidas razones científicas que demuestran que las amenazas de cepas letales como "Andrómeda" pertenecen básicamente al campo de ciencia-ficción. Las bacterias y los virus requieren de anfitriones vivos que los alimenten y los mantengan para poder sobrevivir, por lo cual no pueden matar muy frecuentemente o muy rápidamente a sus anfitriones.
Por más de medio siglo, los laboratorios universitarios y gubernamentales han investigado a los agentes infecciosos que causan enfermedades como el ántrax y la peste bubónica, sufriendo pequeños accidentes parecidos a una guerra biológica en pequeña escala, es decir, accidentes de laboratorio donde por equivocación se dejan en libertad ciertos organismos.
Las consecuencias de tales accidentes nos dan cierta tranquilidad. El Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos, situado en Atlanta, le hace seguimiento a tales sucesos y registró 109 casos de infecciones relacionadas con experimentos en laboratorios desde 1947 a 1973. En ningún caso la infección fue transmitida a algún familiar ni a otra persona con quien se tuvo contacto.
La literatura médica también muestra que han habido muy pocos casos de infección secundaria a otra persona. En 1948-1950 se reportaron seis casos de fiebre Q (enfermedad de parásitos intracelulares llamados Rickettsia) entre los empleados de una lavandería que lavaba los uniformes de científicos que trabajaban con esa bacteria; otro caso fue de un visitante al laboratorio y dos más de familiares de uno de los científicos. Un caso secundario de una enfermedad causada por un virus tipo Ebola se encontró en la esposa del paciente primario, aparentemente transmitido sexualmente dos meses después de salir del hospital en 1967. Por último, tres casos secundarios de viruela fueron reportados por laboratorios ingleses en 1973 y 1978.
También es instructivo repasar los casos de ántrax en las industrias de Estados Unidos. Los trabajadores que están en contacto con ciertos productos animales están expuestos a ciertos riesgos, pero sólo 18 casos de ántrax por inhalación fueron reportados en Estados Unidos desde 1900 hasta 1978. La mayoría de esos casos tuvieron que ver con pieles de cabras, lana o trabajadores en tenerías. El contagio a otra persona nunca ha sido reportado.
Como amenaza a la salud, la mayoría de los agentes biológicos actúan de manera parecida a un tóxico químico, como fue el caso del gas sarín usado por terroristas en el metro de Tokio. Las víctimas fueron quienes estuvieron expuestos directamente al gas. La aparición de los síntomas tarda más que en caso de químicos; por ejemplo, el período de incubación de la peste bubónica es de 2 a 7 días. Y la mayoría de las bacterias pueden ser tratadas con antibióticos, siempre y cuando se identifique el organismo.
Algunos virus como el de la influenza y del resfriado son muy contagiosos y a pesar de que no hay tratamiento con medicinas para la mayoría de los virus, muy infrecuentemente hacen que peligren vidas.
Aunque futuras epidemias mortales y contagiosas son poco probables, la difusión de la infección en el metro o a través del sistema de ventilación de un edificio podría afectar a miles de personas. Entonces, ¿qué podemos hacer para evitar el bioterrorismo?
Primero, hay que ampliar los servicios de inteligencia que recaban información sobre terroristas capaces de lanzar un ataque con armas biológicas. Segundo, hay que entrenar a las policías y a los servicios paramédicos. Los incidentes con armas biológicas requieren una respuesta diferente a los instintos de los trabajadores de emergencias. Es importante que estos no se conviertan en víctimas al tratar de socorrer a otros. Tercero, los hospitales deben estar preparados para recibir a grandes cantidades de individuos contaminados. Y, por último, la policía y las autoridades sanitarias deben estar preparados para responder vestidos con ropa protectora, laboratorios para diagnosis rápidas e inmediato acceso a expertos.
Mucho de lo requerido para combatir el terrorismo es igual a lo requerido en brotes de epidemias: la vigilancia y la planificación son elementos clave. Como decía Luis Pasteur, el padre de la bacteriología, "la suerte favorece sólo a la mente prevenida".
(c)* Médico y biólogo investigador del Hoover Institution, Universidad de Stanford. www.aipenet.com

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