default

Pruebas al canto y remedios en perspectiva


Independientemente de la finalidad (objetiva o personalista) que puedan tener las cautelaciones de bienes ordenadas últimamente por el Contralor General de la República, contra los señores Hugo Torrijos Richa y Ernesto Pérez Balladares, las mismas y sus fundamentos vienen a constituir pruebas notorias de las intimidades de enriquecimientos o beneficios económicos personales que desde hace tiempo se movilizan alrededor de la cosa pública panameña.
Al respecto indicado, Panamá siempre ha sido un país fértil para que a la sombra de los gobiernos nacionales se lleven a cabo millonarios peculados, y cuando menos apropiaciones y percepciones ilegítimas de cantidades considerables de dinero.
Nos parece que esta gravísima situación comenzó a tener relieve público desde 1941 y primeros años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), porque fue entonces cuando las obras canaleras iniciadas por Estados Unidos en esos años para un tercer juego de esclusas, así como los entrenamientos de cientos de miles de soldados estadinenses en la Zona del Canal, de selvas tropicales o subtropicales muy parecidas a las del Pacífico Sur. En aquellos tiempos se produjo en Panamá un gran auge económico, que por razones de impuestos beneficiaba también las arcas estatales. Surgió, entonces, una casta de altos y medianos empleados públicos y comerciantes que se enriquecieron por diversos métodos, con las considerables cantidades de dinero que ingresaban al Tesoro Nacional. A esos distinguidos beneficiarios se les llamaba con ácido humor: "los canalizados", porque tales y fabulosos ingresos canaleros paraban su carrera en los bolsillos de esos empleados o dueños de empresas.
La opinión pública fue testigo de incontables fechorías del aludido jaez, algo que se adelantó bastantes años a circunstancias que se han repetido en la época de la fabulosa dictadura policíaca y en los dos últimos gobiernos, lo que no es necesario detallar mucho, porque ahora mismo los medios periodísticos y televisivos se han encargado de mencionar nombres de personajes de pro, que han tomado parte distinguida en esas andanzas tan viejas como los siete pecados capitales.
No es fácil en todos los casos precisar nombres, pero en el año que está por terminar (2003), se han dado ejemplos varios de estos manejos (¿o delitos?), que tan aterrados nos tienen, porque la casi totalidad de ellos se cubre de una densa capa de procedimientos de distracción, que ya no asustan a nadie en nuestro venturoso terruño.
Desde luego que esta clase de hechos y el funcionamiento catastrófico de la maquinaria estatal, de no pocos años a esta parte, han contribuido mucho al justificado alarmismo de la comunidad nacional, que se siente anonadada por tan innumerables y voluminosos aprovechamientos individualizados. Se ha robustecido, así, una cultura de delincuencia y de actos mafiosos, que parece tener en su favor una suerte de aceptación tácita y de acostumbrado acaecimiento, como si se tratara de algo natural, normal y socialmente aceptable. Es decir, que los mismos niveles de cultura de nuestro pueblo resultan afectados negativamente, pues en ellos se abren paso el conformismo y hasta la admisión indiferente de tales situaciones, como si fueran objeto hasta de una tácita admiración que terminará por apoderarse de muchos sectores sociales.
¿Cuál será el camino de hacerle un alto a tan abominables prácticas y tolerancias? No lo sabemos, pero sí sabemos que cuando la comunidad, como un todo, ha sido penetrada por estos modos de baja conducta y de indiferente admisión de estos últimos, ello significa que estamos bien lejos de iniciar el destierro de fenómenos tan aborrecibles como difíciles de superar, por no decir que imposibles.
A tal respecto, nuestras débiles esperanzas están fincadas en un entendimiento de sectores sociales conscientes de que esas lacras colectivas son fáciles de destruir, entendimiento en que se inicien los trabajos de profilaxis comunales indispensables, pero que se llevan a cabo con pleno conocimiento de tales problemas.
Hay mayores posibilidades de hacer labor de efectos favorables, cuando esa problemática haya sido objeto de un estudio muy detenido de los males señalados, de los rectificativos que sean procedentes y de la entrega de los apóstoles sociales que deben formarse para tan abnegada labor benemérita, profundamente necesaria, infaltable.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América