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Publicidad perniciosa


Es realmente frustrante ver cómo se gastan decenas si no cientos de miles de balboas en publicidad para promover antivalores como la mentira, la impuntualidad, la desconfianza y el consumo irrestricto de alcohol. También es criticable que una entidad estatal invierta nuestros impuestos en una campaña que acribilla la lengua oficial, con la supuesta intención de llegarle al público joven.
La publicidad de una conocida marca de cerveza que busca inducir a los consumidores a mentirle a su propia madre, engañar a su jefe o incumplir un compromiso para seguir libando el producto publicitado.
Otra es la del Tribunal Electoral que escribe la invitación a inscribirse en el Padrón Electoral, utilizando la manera en que los jóvenes digitan los mensajes que envían por Internet y teléfonos celulares, es decir, con códigos nefastos. Ambas propuestas son destructivas porque buscan reafirmar conductas que minan los valores morales y el buen uso del lenguaje. Son destructivas porque subliman mensajes que no enaltecen ni la moral ni la lengua oficial de la República, sino que relativizan los medios a los fines. Si una empresa dice por una parte que no vende licor a los menores de edad y por otra parte se gasta una campaña costosísima para validar la mentira ¿no podemos preguntarnos sobre la sinceridad de lo primero? ¿Qué diferencia hay en mentirle a la madre o al jefe sobre el lugar en donde estamos y mentirle al expendedor de licor sobre la edad que tenemos para consumir bebidas alcohólicas?
Por otra parte, si una entidad estatal promueve la confianza en el sufragio con una tenaz defensa del documento oficial para votar, pero luego acribilla el lenguaje oficial con una publicidad mal orientada ¿no podemos preguntarnos acerca del criterio de quien autorizó la campaña? ¿Qué diferencia hay entre adulterar el lenguaje oficial y adulterar la cédula oficial? No todo vale en publicidad, y es hora que le pongamos el cascabel al gato.

101 años de Panamá América

 
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