Punto de definición
No es nada fácil dirigir un país, como ya habrá podido comprobar el nuevo gobierno. Esa es quizás la primera lección que recibe todo nuevo gobernante, porque una cosa es la promesa de campaña y otra la ejecución gubernamental. ¿Por qué? Porque las promesas de campaña son críticas a la ejecución del antecesor; bien recibidas por un electorado que intuye la necesidad de los cambios, pero cuando estos comienzan a gestarse se pone a prueba la diferencia entre un estadista y un político. Seis meses después de haber desembarcado en el Palacio de las Garzas parece haber acabado la luna de miel de la administración Martinelli con la sociedad, incluidos sus propios electores, y ha comenzado un punto de definición que le exige responder a dos preguntas: ¿hacia dónde va el país? o ¿hacia dónde quiere llevar el país? En ambos casos, la correlación de fuerzas define el rumbo, pero en el primero determina el peso del entorno, en el segundo la decisión del propio Gobierno. Y es aquí donde les corresponde la palabra al mandatario y a su equipo de Gobierno. ¿Es un riesgo? Por supuesto, la vida misma está llena de esos riesgos. Pero depende de la certeza que inspira la decisión, del coraje para realizarlo, pero sobre todo de la sintonía de esa decisión con las demandas históricas de la sociedad, y de la capacidad del Gobierno para articular consensos con la propia sociedad. Sin estos últimos, difícilmente se puede hacer un buen Gobierno.