Punto de Vista Nada que celebrar y mucho que lamentar
Estos días se ha conmemorado el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín. Fecha para celebrar. En cambio es para lamentar el mismo aniversario del ‘consenso de Washington’: la peor versión del capitalismo que los siglos han visto (el neoliberalismo) cuyo antecedente fue la atroz involución conservadora perpetrada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los ochenta.
El cineasta Costa Gavras, formula así esa lamentación: “Cuando cayó el muro de Berlín pensamos que por fin el mundo sería diferente. Pero fue peor.” En la dogmática aplicación del neoliberal ‘consenso de Washington’ están las causas de la crisis que ha colocado el mundo al borde del desastre. Redactado por un oscuro economista del “Institute for International Economics” en noviembre de 1989, pretendía ser un listado de directrices económicas para América Latina. Pero el FMI, Banco Mundial y otras entidades internacionales lo canonizaron como programa económico para impulsar el crecimiento mundial. Demasiado tarde, la crisis les ha arrancado la venda de los ojos. En esa dogmática lista de políticas económicas que es el ‘consenso de Washington’, se impone recortar el gasto público social. También quienes tienen más, que paguen menos. Así como imprescindible liberalizar el comercio internacional (los países ricos hacen lo que quieren, los pobres han de renunciar a sus aranceles). Además de privatizar lo público (¿porqué impedir que una minoría se enriquezca?). Eso es el ‘consenso de Washington’. Como Chicago en los años 30, el de Capone, Moran y Frank Nitti; esto quiero, esto cojo.
En la versión del humorista español El Roto, el desorden neoliberal perpetrado hace 20 años se sintetiza en un humor ilustrado con siniestras figuras de hombres poderosos, bien vestidos y gesto feroz o con abrumadas imágenes de pobres sorprendidos: Todo lo que dé dinero debe ser privado, y lo que arroje pérdidas, público.
Recurrimos de nuevo a Costa Gavras cuando dice que “volvemos a los años anteriores a la Revolución Francesa, en los que una minoría, la nobleza, lo tenía todo.”
Hay que enfilar el hilo en la aguja. Por ejemplo, volver a pelear por un impuesto a los movimientos especulativos de capital. Lo propuso en 1971 quien fue Nobel de Economía en 1982, James Tobin. La tasa Tobin es un 0,1% sobre el capital que se mueva para especular. Otro Nobel de Economía, Stiglitz, se ha sumado a quienes reclaman la implantación de dicha tasa. Para mostrar que es posible, el gobierno de Lula impondrá un Impuesto de Operaciones Financieras (2%) al capital extranjero de operaciones especulativas con divisas en Brasil. No es la revolución, pero todo es empezar.
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