¿Qué clase de magistrados?
Es la pregunta que todo ciudadano se hace a medida que se acerca el momento en que el Presidente de la República hará dos nuevas designaciones para reemplazar a los magistrados a los que se les vence su periodo de diez años en la Corte Suprema de Justicia el 31 de diciembre. Pues hay magistrados buenos y los hay malos. Los hay que son motivo de orgullo y los que son motivo de vergüenza. Más allá del trabajo de la Comisión Evaluadora, que hará lo que buenamente se pueda hacer, la responsabilidad de presentar designaciones de calidad es del Órgano Ejecutivo.
Esperamos que la Comisión no sirva como coartada para colocar en la Corte a personas de dudosa independencia frente al gobierno. El cargo exige mucho más que los requisitos que establece la Constitución. Se necesitan personas con integridad a toda prueba, con trayectoria sin mancha, que gocen del respeto profesional de sus pares, que no tengan vínculos de parentesco con los miembros del equipo de gobierno, que no sean sus socios o asociados; en fin, que puedan ejercer el poder que se les entregue con nobleza, altura y dignidad. El país no puede aceptar como bueno nada que sea menos que eso. Mientras no se conozcan oficialmente las designaciones, no se puede dejar de mostrar preocupación por lo que va a acontecer.