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A qué deberíamos aspirar (II)


Si en nuestro corazón no hay resonancia ante las manifestaciones de Dios, que son continuas y que aparecen en el verdor exuberante de una montaña o en el sueño apacible de un niño, o en los seres humanos que viven una miseria escandalosa con sus viviendas de piso de tierra y paredes de cartón; si nuestra alma no siente compasión ante el dolor de muchos, la desesperación y la angustia de los que hoy no tienen qué comer, entonces estamos muertos en vida. Dios sufre en los que llevan tantas cruces y Él clama por medio de ellos.

Debemos aspirar a tener rectas intenciones y acciones, que apunten siempre al mejoramiento del ser humano. Debemos buscar romper los muros que nos dividen y nos hacen fanáticos religiosos, políticos, raciales y sociales. Debemos tender puentes de comunicación con aquellos que no piensan como nosotros y entender, aunque no compartamos sus ideas, que cada persona tiene derecho a buscar la verdad y expresarla. Somos ciudadanos del mundo y las fronteras que hemos erigido los seres humanos son superficiales en relación con la fuente de vida de la que provenimos que es Dios. Por encima de cualquier diferencia, somos hermanos, hijos de un mismo Padre.

Debemos aspirar a vivir en el "ahora", anclados en el hoy, sabiendo que Dios es el eternamente presente y solamente en este momento podemos tener una relación profunda con Él y con cualquier realidad. El pasado ya está muerto y vivir en él es consumirse en nostalgias y complejos de culpa. Aferrarse a lo ya vivido, sea bueno o malo, quitando al presente su riqueza única de proporcionar vida y energía, es terminar raquítico humanamente. Pensar obsesivamente en el futuro, creando miedos y alterando por ello el sistema nervioso, provoca enfermedad mental y física. Hoy es el día del Señor y ser consciente del valor del presente, me permite conectar con la fuente de la vida que es Dios.

Al final de cuentas, nuestra meta es la de sumergirnos en el misterio insondable, sublime, siempre gozoso y luminoso de la Santísima Trinidad, donde en la eternidad estaremos embelesados contemplando la belleza infinita de Dios. Qué triste es no aspirar a nada y peor, no aspirar a las cosas celestiales. Mientras más tenga hambre de Dios y quede saciado por Él, será invencible a la maldad. Amén.

101 años de Panamá América

 
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