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¿Qué dejó la OEA? "Mensajes subliminales" y ministros irresponsables


CUANDO ME desempeñé como jefe de la Misión Permanente de Panamá en la OEA, nunca promoví que Panamá fuera sede de su Asamblea General, por tres razones: Una, su enorme costo, que no justifican sus magros resultados; dos, porque sosteníamos que su formato debe cambiarse, para discutir los temas que verdaderamente importan, colocando en primer lugar de su agenda, la adopción de un compromiso, serio y realista, para combatir la pobreza; y tres, porque las asambleas anuales no son necesarias.
Nunca esperé que la reciente asamblea lograra algo de relevancia sino todo lo contrario. Este año se repitió la misma película. Se aprobaron 70 u 80 resoluciones para renovar mandatos, algunos de los cuales se arrastran por años, con cacofónica rutina, sin ninguna trascendencia; y se agregaron otros, sin especificar cómo financiarlos.
El tema central, "la energía para el desarrollo", se abordó con mucha retórica, pero no se trató su problema de fondo, el de sus precios que nos imponen los carteles comercializadores y que sangran sin piedad nuestras subdesarrolladas economías.
Con el señuelo de que es "un triunfo de nuestra diplomacia y un honor para Panamá" nos "enchoclaron" la sede de un "centro de energía" que nos costará muchos millones hospedar. Esas sedes causan enormes gastos, por las infraestructuras y equipos con que hay que dotarlas y los privilegios, exoneraciones y franquicias que se les reconocen.
¿Cuánto nos costó la asamblea general de la OEA, en gastos directos e indirectos? La Cumbre Iberoamericana costó cinco millones de dólares. La asamblea, quizá, un poco menos; pero todavía es una salvajada de plata, que bien pudo usarse para satisfacer, aunque fuera en una pequeña parte, el hambre que padecen muchos miles de nuestros compatriotas y equipar escuelas y centros de salud. ¿Se justificó gastar tanto dinero? ¿A cambio de qué? ¿Qué nos dejó la OEA? Esas preguntas están pendientes de respuesta. Ahí las dejamos, a ver si los promotores del "magno evento de la insustancialidad" se atreven a contestarlas.
Anunciada con bombos y platillos y sin límites de costos, cuando esta columna vea la luz pública, ya los perredistas habrán celebrado haber alcanzado su meta de los 500,000 inscritos. Nunca dudé que lo lograrían, después de haber inundado el mundo de los rumores de "inocentes mensajes subliminales", tales como: Todo nombramiento en la burocracia estatal, para que pueda materializarse debe pasar el filtro de los inscritos en partidos; quienes estén nombrados en el gobierno y no sean miembros del "glorioso partido gobernante", "podrían" no figurar entre los seleccionados para su inclusión en la Carrera Administrativa, cuya ley, "por pura coincidencia", discute en estos días la aplanadora oficialista; para conseguir becas y "otras ayudas sociales" (esto lo divulgan hace rato las secciones de "bochinches" políticos de los diarios locales) es recomendable haberse inscrito; si usted tiene su carné de inscripción, tiene mejores posibilidades de que lo convoquen para las capacitaciones del INADEH y para que, eventualmente, pueda conseguir un empleo en los trabajos de la ampliación del Canal, y algunos otros más.
Con los altos niveles de desempleo que existen en Panamá, a nadie sorprenderá y menos impresionará, que el PRD celebre sus 500,000 adherentes, pero ellos saben que no es una victoria ganada en buena lid. Como antes he señalado, quienes nos gobiernan son una especie política sui generis, aquella que de tanto repetir sus mentiras llega a creérselas.
En este gobierno de "la patria nueva", lo hemos comprobado una y mil veces, no existe nada que se parezca a la vergüenza política. Varios miembros del gabinete, aparte de haber dado patéticas muestras de incapacidad para manejar los asuntos que competen a sus ministerios, se pavonean en los medios de comunicación, en sus infructuosos afanes por justificar lo injustificable. En el primer año de gobierno, el guión favorito era culpar de todo a los gobiernos anteriores. Como ese sonsonete hace rato que es un disco rayado, siguiendo el patrón conocido como "el síndrome de la incompetencia escapista", que ya es marca de fábrica de los gobernantes de turno, ahora se recurre a "otros chivos expiatorios".
Entre los ministros más especializados en la práctica del "síndrome de la incompetencia escapista" se destaca, con honores, como ya habrán podido suponer, el caballero que se arroga el título de "rector de la educación panameña". Su última desfachatez ha sido la acusación, irresponsable y temeraria, de que "los profesores prometen notas a los estudiantes a cambio de que participen en marchas de protesta". Si el señor Cañizares no tiene pruebas para sustentar esa afirmación, lo que debe hacer en un término perentorio, entonces habrá cometido los delitos de falsedad y calumnia y si tiene algo de vergüenza, debe renuncia al cargo que mal ocupa. Por muchos menos, en otras latitudes, los ministros se consideran obligados a dejar sus cargos o, sus jefes, en estos casos, quienes los nombraron les solicitan la renuncia. No espero que eso pase en estos tiempos de "la patria nueva". Como digo, es asunto de vergüenza política y, en Panamá esa es una virtud muy escasa.

101 años de Panamá América

 
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