¡Que Dios nos proteja a todos!
Nombre femenino de origen germánico, Irma significa "Aquella con gran fortaleza". Como mano al guante le ajustó el calificativo a la novena tormenta de la temporada de huracanes en el Atlántico 2017, de paso la mayor de todos los tiempos, justo posterior a la tormenta tropical Harvey, cuyas inundaciones hicieron estragos en el puerto tejano de Houston y al incipiente José, ya convertido en huracán.
A escasas semanas de que Estados Unidos se excusara del Acuerdo de París, un convenio firmado por 97 países dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que establece medidas para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero a través de la mitigación y adaptación de los ecosistemas a efectos del calentamiento global, la madre naturaleza nos pasa la factura para reiterarle al señor Trump que el calentamiento global es real y no una trama urdida por China para hurtarle el liderazgo industrial al país norteño.
Aprendí a respetar la temporada de huracanes, que anualmente se adueña del Caribe desde inicios de junio hasta finales de octubre, por experiencia propia, resultado de los 14 años que moré al sur del estado de Florida por compromisos profesionales. Posterior al huracán Andrew en 1992, donde mi residencia en Cutler Ridge, al sur de Miami, acabó como los cascajos de Panamá La Vieja, quedé inmunizado asegurando que al paso de futuros ciclones me alejaría geográfica y discretamente porque jamás vale la pena poner en riesgo la vida por algunas bobadas materiales. Ante el anuncio del evidente arribo del huracán Irma a las costas floridanas este fin de semana, el pasado miércoles el gobernador Richard Scott instó en conferencia de prensa desde el Centro de Operaciones de Emergencia del condado Miami-Dade, en Doral, a la evacuación. "Recuerden: Podemos reconstruir su casa, pero no podemos reponer su vida", vigoroso planteamiento ante un evento natural de tal fortaleza.
Con vientos máximos sostenidos de 300 kilómetros por hora, Irma es un huracán que exige respeto, siendo su circunferencia mayor a la superficie del estado de Florida, tercero en población en Estados Unidos. Pero vivir en esta península tropical conlleva enormes riesgos por formar parte de la zona de huracanes del Atlántico, tema que muchos de los 3 millones de sus recientes inmigrantes no conciben, sobremanera cuando la frecuencia y vitalidad de los embistes seguirá en aumento precisamente por ese calentamiento global que aún no entra en el razonamiento de un desquiciado Washington.
Sin desear tomar gabela sobre los hermanos caribeños, quienes actualmente sufren los embates, cada vez más furiosos de la naturaleza, por causas totalmente fuera de su control y quienes han sido laboriosos y geniales en el desarrollo de empeños turísticos, a pesar de las nutridas arremetidas de huracanes, levantándose con mayor ahínco posterior a cada bofetada, doy gracias a Dios que Panamá goza de un entorno libre de estas tétricas manifestaciones, que lastimosamente no hemos sabido aprovechar por una descomunal ceguera en voluntad, liderazgo, creatividad y perseverancia. Nuestras oraciones acompañan en estos momentos a todos aquellos que sufren el cruel embiste de la naturaleza para que de sus ruinas broten nuevamente exitosos designios mientras nuestras reflexiones están con Panamá, con lo que es y lo que puede ser.
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