¿Qué harías por un voto?
Se trata de una pregunta dirigida exclusivamente a los candidatos a puestos de elección popular; aún si usted no lo es, intente ponerse por un momento en esa posición, y elabore un ensayo de respuesta al cuestionamiento formulado. ¿No les llama la atención que ningún candidato se interese en hacer reuniones masivas en los latos estratos de la sociedad, ni mucho menos ofreciendo "regalitos" a esa categoría privilegiada de electores? Imagínese las largas filas esperando impacientes recibir como útil "souvenir" político, un buen celular con la carátula del candidato, o finos lentes de sol, ornamentado con los colores representativos del partido, y hasta un bonito estuche de artículos de belleza de renombrada marca comercial. ¿Será entonces que a los candidatos no les interesa el voto de esos grupos y por, tanto, nada se les ofrece?
Por el contrario, en las escenas que se publicitan a diario, aparecen los candidatos codeándose con las multitudes famélicas, repartiendo besos y abrazos, cargando niños "barrigones", y ofreciéndoles a todos el cielo y la tierra, a cambio simplemente del voto; nada más que el voto. En estos sectores de la población se concentra la mayoría del electorado, que día a día soporta las miserias de un sistema, del que curiosamente el candidato resulta ser su férreo defensor. Estas tiernas y conmovedoras imágenes, forman parte de una campaña publicitaria, sesudamente diseñada para presentar al candidato como un personaje identificado con las necesidades de las mayorías, que pondrá a su gobierno, al servicio de los pobres.
No hay límite para el candidato en su interés de ganar el voto de los pobres; bailará "reggae", comerá con la mano "arroz pincho", beberá agua en la misma totuma que toman todos, montará autobuses, contará chistes malos, usará el servicio comunitario de una barraca, caminará descalzo en polvorientas veredas; en fin, rayará en el ridículo, si es necesario, todo por un voto.
Al final de estas jornadas, será examinado de pies a cabeza para eliminar vestigios de piojos, una que otra ronchita, una espinita incrustada en el pie, y sobre todo quitarse ese desagradable olor de tanto negro y cholo con el que se tuvo que codear.
Realmente que esos malestares se minimizarán al escuchar de sus manejadores, el balance de la jornada. ¿Creerán que nos "comemos" el cuento? Sí, pues no tienen otra forma de abordar a las masas; de lo contrario se esforzarían por enseriar su contacto con el público, evitando escenificar tan burdos espectáculos.